Juan C. Valdivia Cano
Educación: motivación y libertad
Las características esenciales de un profesor motivador

“Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar.
y una hermana muy hermosa,
que se llama libertad” (V.P.)
¿Cómo motivar a un público tan desmotivado como el público estudiantil peruano? Por lo menos el publicista chileno Bernardino Bravo Lira tiene una fórmula: arte + show + pesquisa. Para intentar la hazaña, ya que la valla es bien alta: hay que competir con los festivales de rock y las discotecas –señala el aludido–, actividades preferidas, si no únicas, de los pololos . Arte: manejo didáctico pedagógico del aula, virtual o presencial. Show: combate a muerte al aburrimiento, enemigo principal de la educación, si bien más consecuencia que causa; aunque haya que recurrir a Groucho o Melcochita, según momentos y estilos. Pesquisa: el profe que no investiga a fondo, siquiera en su propia materia ¿qué otra cosa le queda sino repetir y aburrir?
Las motivaciones “egoístas” como el reconocimiento y la satisfacción personal son acicate, estímulo o "tentación" de superación más eficaces que las pesadas obligaciones infantiles y juveniles. Lo que nadie puede ahorrar es el inevitable porcentaje de transpiración que implica todo aprendizaje y toda obra humana, aunque haya talento. Se requiere entendimiento y reflexión, claro, pero no es suficiente. El dominio del tema por sí solo tampoco basta en la motivación. Parece que, además, hay que ofrecer un punto de vista personal que ponga en cuestión el sentido común del alumno y lo inquiete, lo sacuda, lo conmueva, lo seduzca o lo joda. Los lugares comunes lo aburren tanto como el discurso moral (estudia, pórtate bien, sé buen chico, etc.). Y hay que atacar, de todas maneras, la causa esencial del mal en nuestra educación: el premoderno “modelo” escolástico (dogmático, autoritario, acrítico, repetitivo, irreflexivo, tedioso) en contubernio con el positivismo pop (cientificismo andino).
Pero no se trata de contar el último chiste del chato Barraza ¿De qué se trata entonces? Entre otras cosas, de extraer constantemente la inagotable materia humorística de los problemas humanos, como lo ha mostrado tan elegantemente el humoroso Adolfo Bioy Casares, por ejemplo. No hay nada que no tenga un lado cómico en la vida, solo que no todos lo perciben (Kafka como humorista, por ejemplo, según el profesor Deleuze, fajándose “por una literatura menor” ). Pero sin salirse del Sílabus, a partir de él más bien.
Motivar bien depende de lo que el profesor diga y haga, obviamente; pero sobre todo de cómo lo diga y cómo lo haga. No hay recetas, ni sebo de culebra. El cómo se motiva es una consecuencia de quién motiva; y no solo de su capacidad intelectual, sino también de sus intuiciones y emociones, afectos, pasiones y sentimientos, de su madurez integral en general. Para expresar todo eso se requiere libertad. La motivación tiene que ser constante, como se dijo, y por ello el profesor motivador requiere ser intuitivo y razonador a la vez para ser creativo, para emular al músico de jazz en su capacidad para improvisar.
Para expresar esas intuiciones elige la sencillez del lenguaje, que implica incluso el uso del lenguaje coloquial, o la replana del barrio maleado; lo que no es equivalente al descuido, ni a la pobreza espiritual. Como Alfredo Bryce usa magistralmente, con precisión quirúrgica, las letras de ciertos boleros clásicos interpoladas en sus preciosos libros. Todo estereotipo debe ser detectado, analizado y eliminado, o usado irónicamente como metalenguaje. El uso de lenguaje técnico solamente es bueno cuando es indispensable, y traduciéndolo siempre al cristiano. Cortesía con el lector, le llamaba a esta actitud don José Ortega. Nadie dice que es sencillo. Tal vez sea lo más difícil: hablar y escribir fácil.
Si la crítica y la autocrítica son ejes esenciales en la investigación, un profesor que quiere cultivar el espíritu crítico de sus alumnos tiene que ser crítico él mismo, obviamente. Atreverse a ser crítico. La crítica está en la base de la creatividad simplemente porque la hace posible. Digo esto porque proponer demasiadas condiciones o requisitos al profesor que quiere ser más motivador es contraproducente. Y como, además, no se suelen priorizar los valores, ese cúmulo de condiciones a cumplir le puede resultar utópico o irrealizable al profesor bisoño, que es el que más importa. Algo así como ideales platónicos más deseables que posibles, y no solo por la cantidad sino también por la falta de selección de valores y por el conformismo. Y eso es desmotivador.
Basta incidir en las características del profesor motivador que se consideren esenciales. Dos o tres, no más. Eso simplifica las cosas: por ejemplo, si el profesor tiene un buen nivel cultural (en el sentido de auto conciencia, madurez integral evidente) y está familiarizado con la materia que enseña, todo lo demás se da por añadidura, si sigue estudiando y preparándose y cambiando hasta el último día de su vida. Como entendió la necesidad, la ha convertido en libertad, placer, di-versión, juego: ahora se re crea en el “trabajo”. Educando desarrolla su propia libertad y eso se transmite aún involuntariamente, por los poros, a los estudiantes. Por lo menos a algunos, los que tienen oídos para oír.
El autoconocimiento, la autoconsciencia, no deben concebirse como un ejercicio puramente cognoscitivo: el autoconocimiento no tiene sentido sino como medio para solucionar problemas y para liberarse de ellos en lo posible. Nadie abre el capote de su auto malogrado sólo para ver qué tiene, sino para arreglarlo. Cuando no es bamba, el autoconocimiento termina en una metamorfosis inevitable. El que se explora, se conoce y se transforma, puede ayudar a otro a conocerse, a explorarse y transformarse; más libre, más seguro, menos imperfecto. El principio de la educación moderna es la libertad. Si no fuera así, si no se considerara el afán de liberación como principio de la enseñanza, se corre el riesgo de ser muy desmotivador. ¿Hacia dónde va entonces la educación si no va hacia la libertad del ser humano?
La educación es desmitificación, como toda auténtica Ilustración. Un profesor no debe negar su necesidad de emancipación mental. Lo único que quedaría, si se dejara de lado la libertad, sería la educación en la aceptación del statu quo; es decir, el descompromiso y el conformismo, o el juego mefistofélico entre los dos. La escolástica y el positivismo son muy funcionales al conformismo educativo, disfrazado de moderno y tecnológico; embadurnados de elementos, máscaras, barniz o cosméticos modernizantes, pero no modernos. Todo esto tiene consecuencias pedagógicas decisivas: se puede traducir en clase como tedio o nihilismo chicha, indiferencia o, para usar un neologismo juvenil, alpinchismo generalizado.
Ese conformismo bloquea el deseo de experimentación y cambio, genera rechazo por él más bien. Se ensayan alternativas sin afán genuino de renovación, sólo por cumplir, lo cual es harto frecuente, desmotivador e inútil: el camino a la desmoralización general. Se comprenderá que un profesor autoritario y tradicionalista (franco o velado) está imposibilitado para ser un buen motivador, por estar la motivación vinculada a la emancipación del espíritu, a la libertad. En consecuencia, tampoco se podría hablar de actitudes democráticas, salvo las fingidas e insinceras que son más contraproducentes y reprobables que las tradicionalistas francas y directas.
La democracia es el sistema que hace posible la libertad, está diseñado para ella. El autoritarismo, por el contrario, concibe siempre la relación profesor-alumno como vertical, lo cual impide una comunión entre ambos, que solo es posible en una relación de confianza mutua y de deberes recíprocos (el profe no es autoridad, como el decano o el rector). Y eso es factible en una relación educativa horizontal donde el profesor es otro estudiante más (Leopoldo Chiappo). Cómo no aburrir si construye una escala jerárquica imaginaria y se sitúa por encima del estudiante ¿cómo hablar después de igualdad, de buena comunicación? Si falta alguna de esas condiciones esenciales ya mencionadas, probablemente no es posible una motivación efectiva: es decir, la capacidad de suscitar entusiasmo, por lo menos entre los estudiantes más capaces (que a veces coinciden con los que tienen nota más alta). Pero si se dan esas pocas pero esenciales, las otras se tendrán que dar como consecuencia, como ya se dijo.
La motivación es para el buen educador, para el maestro radical, el corazón de la enseñanza. Si ella falta todo lo demás se desmorona. No se motiva primero para educar después, se educa motivando. No basta con cambiar profesores, métodos, técnicas, planes de estudio o cursos a dictar. Si la educación no está funcionando, lo que hay que ver es la concepción educativa subyacente que determina lo demás y que generalmente no se toca: los paradigmas educativos fundamentales de una época y de un lugar. Para ello es indispensable cierta aptitud individual e institucional para reconocer defectos y limitaciones: una buena capacidad autocrítica.
La buena motivación depende de la calidad humana e intelectual del profesor y debe empezar por casa: por uno mismo. Hay que unir arte, show y pesquisa, como señala BBL.
PROFESOR DESMOTIVADOR:
- Se cree dueño de la verdad y no es consciente de ello, porque no acepta representar una perspectiva más, entre otras.
- Usa la memoria como instrumento esencial de la enseñanza.
- Concibe la relación profesor estudiante como una relación vertical, en la que aquél es autoridad y éste una especie de subordinado.
- Es autoritario y trabaja más en base al temor, a la amenaza, a la coacción y a la coerción, que al convencimiento y la confianza.
- Coloca su ego y su interés antes que lo que le conviene al alumno y a la relación pedagógica, sin ser muy consciente de ello.
- Es muy “serio” en el sentido formalista de la palabra (adusto, cara de pocos amigos), pero menos serio en el trabajo académico y la investigación. Lo único que suele hacer es reproducir la tradición fingiendo, a veces, innovarla. Cumple por cumplir.
- No es equitativo y suele ser vengativo y malévolo con unos y paternalista con otros.
- Quiere discípulos, seguidores, personas que piensen como él y sean como él, que lo consideren un modelo a seguir.
- Permite y se permite muy pocas libertades en la actividad educativa, porque le teme a la autoridad como a su propio padre o madre. Por eso no la contradice jamás, transmite sumisión y conformismo.
- Es poco original, imaginativo y creativo en las clases. Suele ser muy aburrido. Consecuencia del poco o ningún ejercicio autocrítico
- Deja tareas para sufrir y sudar, y no para aprender a pensar, que es más divertido y más provechoso.
- Suele preferir la cantidad a la calidad, el rating al mérito intrínseco.
- Es una mezcla estéril de escolástica colonial y cientificismo o tecnologismo chicha.
PROFESOR MOTIVADOR:
- Trata de devenir autoconsciente, en el sentido de cultivado, de crítico y autocrítico.
- Basa su trabajo educativo en la libertad, el humor y la persuasión, no en la imposición y el temor.
- Concibe la relación profesor-alumno como una relación horizontal, como una relación entre estudiantes, con iguales deberes mutuos.
- No teme ejercitar su derecho a la libertad de creencia y de conciencia para mantener motivado al alumno, aun a riesgo de caer mal a las autoridades con todas las consecuencias en un país poco o nada democrático.
- Su finalidad constante es enseñar a pensar con autonomía, utilizando la materia del curso que, obviamente, debe conocer críticamente y con punto de vista propio.
- Expresa su punto de vista propio sobre la materia que enseña sin confundirlo con la verdad, (en relación a la cual es más bien bastante escéptico).
- Propicia el desequilibrio, la sorpresa, el cuestionamiento de buena fe, sin ánimo de escandalizar (aunque escandalice).
- Investiga, a fin de que su show mejore constantemente de calidad y sea cada vez más artístico y divertido.
- Sigue la divisa de Nietzsche: “Al maestro radical nada le importa si no es en relación con sus alumnos; ni siquiera él mismo.”
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