Francisco Swett
¿Determinismo histórico?
Los contrastes entre las dos Américas

No soy miembro de la cofradía del determinismo histórico de Hegel, Marx o Teilhard de Chardin, pero sí me apego a la idea de que la historia imprime características duraderas a la cultura subsecuente. Los procesos históricos son forjados por la voluntad colectiva, en la que el liderazgo y las instituciones cuentan, y las circunstancias definen la realidad. Son las comunidades las que forjan las instituciones y establecen los términos del pacto social; esto es, el tejido que otorga la identidad.
Podemos, por ejemplo, contrastar el devenir de Norte y Sudamérica, tal como lo hacen Daron Acemoglu del MIT y James Robinson de la Universidad de Chicago en su influyente libro Why Nations Fail (Por qué fracasan las naciones), en el que explican los orígenes del poder, de la prosperidad y de la pobreza. La conquista española tuvo efectos variopintos sobre nuestra cultura latinoamericana. Apreciamos la literatura, las artes, tenemos un idioma universal, integramos la doctrina del cristianismo y poseemos la espontaneidad que demuestra sentimiento y capacidad de introspección. Pero somos presa de una enorme pobreza institucional y de la informalidad, y debemos convivir en sociedades en las que persisten las características de la disfuncionalidad existente al momento de su origen. Somos, como grupo humano, el más desigual en cuanto a la distribución de la riqueza y de las oportunidades, y estamos perdiendo la carrera del desarrollo porque estamos irremediablemente rezagados en los campos del conocimiento y la tecnología.
La conquista de España fue una aventura en búsqueda de riquezas, y fueron halladas en lo que es hoy la América Latina. La estrategia conquistadora funcionó desde el momento en que los conquistadores decapitaron a las civilizaciones autóctonas y sometieron a los grupos poblacionales, que pasaron a formar la gran reserva de mano de obra que, trabajando en condiciones de explotación como las mitas y las encomiendas, debió extraer los minerales preciosos y proveer los alimentos. La independencia no cambió las condiciones heredadas del dominio español, y la ostentación del poder a través del ejercicio del monopolio de las oportunidades y de la riqueza fueron preservadas casi incólumes. Latinoamérica no es una región donde priman las instituciones de la democracia; pero sí es un territorio donde caciques, caudillos y grupos oligárquicos se apoderaron del arbitraje económico.
En Norteamérica las circunstancias fueron diferentes. No obstante que los ingleses fueron también motivados por la búsqueda de riquezas y explotación, no hallaron minerales preciosos ni grupos humanos autóctonos a quienes dominar. Los colonos debieron, por la fuerza de las circunstancias, aprender a valerse por sí mismos. Hubo líderes que comprendieron que era necesario dotar a los colonos de incentivos como la propiedad de la tierra; y con el devenir del tiempo aprendieron a organizar formas de gobierno que representaran la voluntad popular. Se dio así paso a formas diferentes de pensar y actuar, que acentuaron el federalismo como expresión de la autonomía.
La esclavitud de los africanos fue, en el orden económico, la fuerza paralela de trabajo equivalente a la extraída de los grupos indígenas del sur. Pero dentro de las falencias y abusos, los norteamericanos formaron un pacto de democracia, apegándose al amparo de la ley, consagrada en una Constitución que subsiste vigorosa, y establecieron una clara línea de sucesión en el ejercicio del poder. Los incentivos para el trabajo y la producción, el imperio de la ley y el Derecho, fueron marcando las diferencias. Mientras nosotros permanecimos en un imperio burocrático marcado por restricciones y privilegios, los del norte fueron ganando poder, comprando tierras (Luisiana y Alaska son buenos ejemplos), y extendiendo sus fronteras a costa de un México empobrecido y políticamente caótico que no supo defender sus territorios de Texas, Nuevo México y Arizona, llegando eventualmente hasta las orillas del Pacífico en California.
¿Qué depara el futuro? No hay determinismos en la historia, y ello significa que nuestra voluntad colectiva debe aprender las lecciones del pasado para cambiar la dirección de nuestro destino. Es el momento de aprovechar la diseminación de la información que hace posible la globalización del conocimiento para afianzarnos en el desarrollo. No como sociedades que buscan la solución en un socialismo que solo ofrece más retraso y convulsión, sino en la apertura colectiva que solo la práctica de la libertad ofrece.
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