Carlos Rivera
Criatura dinamita
Sobre la poeta arequipeña Lily Sánchez

Singulares circunstancias me permitieron conocer a Lily Sánchez cuando ella rozaba los 19 abriles y yo empezaba en estas lides culturales sorteando sus sinsabores. Buenos momentos, pero siempre obrando con buena fe y apasionado cariño por los libros.
En estas horas de feria y tarde dominguera pretendo hacer una cosa simple: reconstruir su itinerario. Vida pública que ya muchos de los presentes conocen y que hoy vemos en la firmeza de su horizonte y algunos sueños cumplidos y proyectos que se vienen.
Desde esos años que la conocí quedé impactado de su vehemencia, con la cual uno debe asimilar como un original aprendizaje de un ser que contagia por sus afiebradas batallas culturales que libra cada día. Cuando el maestro Gonzales Prada arengaba que vengan árboles nuevos a dar frutos nuevos nos hablaba de esta juventud que venía con su empuje a dibujarnos mejor el paisaje del futuro ante una generación caduca.
Lily estudió Literatura en la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín. Aún estudiante cultivó sus discursos realistas (e intimistas) en el colectivo Sabotaje, tenía 19 años y todos los sueños del mundo pensando que la poesía podía llenarle la vida. Ser madre no fue pretexto para claudicar en sus arrebatos artísticos más aun le dieron temas y suspiros que aligeraron los caminos dolorosos y felices propios de la maternidad, esa complementaria sensibilidad de ser mujer y ver en su cuerpo la filosofía plena de la vida. Ser mujer en el siglo XXI aún reviste de prejuicios que la excluyeron históricamente de sus performances en la política y las artes, pero como anunciaba en los años 70 el poeta Octavio Paz que se venía una verdadera revolución de la mujer en todos los frentes y ahora estamos presenciando los frutos de esos sacrificios y luchas. Bien dijo Amalia Puga de Losada en un discurso de 1892:
“El alma de la mujer, delicada y sensible, retrata, cual, si fuera bruñido espejo, la imagen divina del arte, sin dejar olvidados ni el más menudo pliegue de su manto, ni el más débil rayo de su brillante nimbo.” Así podemos encontrar en tu voluntad ese cántico sublime de la palabra congregada a tu férrea voluntad con una dosis de locura.
Yo no creo en la ideología que profesa, somos como la sal y el azúcar, ella cree que el arte salvará al mundo desde una concepción progresista yo creo que no. Cree que la poesía puede darnos felicidad yo creo que más bien profundiza nuestras dudas, nos libera de las angustias y nos permite mirar el abismo y luego navegar en el universo. Pero que a mí me gusten las naranjas y la prosa y ella prefiera empuñar el lápiz no quiere decir que debamos odiarnos y no reconocer su trabajo como gestora cultural y poeta. Mal hacemos en Arequipa con esas bombachas del prejuicio de quienes precisamente se juran estandarte de un limpio y humanista arte aniquilando las voces de los creadores o invalidando su presencia simplemente porque no simpatiza con “nuestra fantástica ideología colectivista” que pretende el paraíso igualitario. El Arte y la cultura deben preservarse ante estas arremetidas autoritarias. Sería tan tonto como no leer a Eguren o a Martin Adán por sus posturas nihilistas y aristocráticas o no leer las excelentes crónicas de Gabriela Wiener porque uno discrepa con su feminismo o perderse los discursos de Adela Montesinos por su militancia comunista de comienzos de siglo XX. Pero esas son historias que merecen otro espacio y acá queremos exponer el talento de Lily.
Cuando ella era estudiante universitaria ya tenía ese germen literario y ensayaba su participación en colectivos y con algunas plaquetas o festivales que colmaban su alocado espíritu. Ser joven y madre, universitaria y amar la poesía no debe ser fácil para nadie y no porque le falte ganas sino porque debe esquivar muchas barreras. Pero ella supo sacar fuerzas donde otros solo ven fracaso. Dejemos que su propia poesía hable de ella:
MATRIZ
Voy a contar las monedas que quedan en mis bolsillos,
arroparé a las niñas y no apagaré la luz.
Voy a pararme con los brazos doloridos
y cargaré el peso de mis sueños interrumpidos.
Soy yo, quien se acurruca en tu sonido.
Soy yo, quien desanuda,
toda la tristeza estancada en mi matriz,
porque duele
duele como cuando te arrancan de raíz.
duele
el tamaño del lamento
que se difumina en el silencio,
arde
y brilla
como esta luz que daña mis ojos
y abriga nuestras memorias
en lo más profundo
de nuestros largos abrazos,
en tu retrato
que no sale de mi bolsillo
Pero tú, no cargas con esta cruz,
mientras soy yo la que sangra,
soy yo, sí, la que sostiene está herida abierta,
la que calla y esconde,
solitaria,
el dolor,
de tu indiferencia
cuando entras en la cama
y te desnudas
todas las noches.
Entonces a lo largo de esta amistad he palpado sus logros. Dirige una revista, anima una editorial, ha realizado homenajes, romerías, recitales como a Oswaldo Reynoso, Luzgardo Medina Egoavil, Gloria Mendoza Borda y hasta ha llevado su trabajo a México, Buenos Aires y Bolivia. Y todo esto a flor de piel, con la sangre de su esfuerzo y perseverancia. Ese camino no fue fácil y estoy seguro que le sacó lágrimas las cuales supo transformarlas en un impulso creativo.
Ya voy acabando mi perorata, sé que ya quieren tirarme tomates, pero quiero despedirme con este verso de Elvira Sastre de su poema “Somos mujeres”:
“He visto en nosotras la armonía de la vida y de la muerte, la quietud del cielo y del suelo, la unión del comienzo y del fin, el fuego de la nieve y la madera, la libertad del sí y el no, el valor de quien llega y quien se va, el don de quien puede y lo consigue. Porque un mundo sin mujeres no es más que un mundo vacío y a oscuras. Y nosotras estamos aquí para despertaros y encender la mecha.”
Lily Sánchez, sigue incendiando la pradera. Acuérdate de estas manos que ahora te dedicamos este generoso aplauso que suena así.
(Discurso dado el 4 de octubre de 2022. Feria Internacional del Libro Arequipa. Foto: Jesús Ramos)
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