Carlos Rivera
Contra la burocracia cultural de izquierda
La cultura no debe ser utilizada políticamente por el gobierno

En el año 2013 quise conocer un emprendimiento de la Municipalidad Metropolitana de Lima dirigido por la ex alcaldesa, Susana Villarán. Las noticias daban cuenta de un verdadero esfuerzo para asumir la xultura como una forma complementaria del desarrollo. Era un reclamo constante trabajar una verdadera política sobre los criterios de un órgano competente con presupuesto y profesionales administrando estas actividades y programas.
La gestión de la Municipalidad Metropolitana de Lima entendió estas necesidades. Se constituyó la Subgerencia de Cultura, que promovió un sinfín de actividades, intervenciones y programas sobre las diferentes expresiones artísticas que se desarrollaban en la capital. Llegué a Lima con el entusiasmo de empaparme de esa idea y replicar esa iniciativa en las actividades que desarrollaba a través de mi asociación en la ciudad de Arequipa.
Lo recuerdo bien. Fui a visitar las oficinas de la Municipalidad en la Plaza Mayor. Me dijeron que luego de las diez de la mañana estarían más libres para brindarme una orientación. Afuera, varios grupos de artistas jóvenes preparaban un cónclave al aire libre, era una mezcla de actividades que motivaron mis nobles sonrisas. Una joven de la Sub Gerencia de Cultura salía a la calle a conversar con los representantes de los grupos, mientras los policías ordenaban a la gente que esperaban alguna improvisada actividad. La joven estaba acompañada por una asistente, y juntas parecían ejecutivas de una trasnacional.
Esperé 20 minutos y salió Susana Villarán rodeada de una comitiva. Los artistas improvisaron sus números y coreografías. Villarán tenía un séquito de once jóvenes que yo había visto por la mañana en las oficinas de la subgerencia. Besos, aplausos. Un par de jóvenes cargaban un parlante, entre cuatro personas jalaban un cable y el micrófono como si pesara una tonelada. Dos jo´venes más por ahí confundidas con la gente tomaban fotos del baño de popularidad de la alcaldesa. Unos registraban en su libretitas los pormenores de la actividad. Otro grupo repartía trípticos de las actividades.
Villarán dijo algunas cosas para el olvido, la muchedumbre aplaudió los artistas y bailarines se perdieron en medio de la plaza. Yo staba decepcionado de cómo alguien con una buena iniciativa por la cultura la contaminaba con una inútil burocracia. La misma inutilidad de creer que porque Susana Baca canta bacán debía ser ministra de Cultura. Y ya sabemos su pobre papel en el Ministerio durante el gobierno de Ollanta Humala.
Estas situaciones se repiten en algunos gobiernos regionales, municipios y hasta en el Ministerio de Cultura. Justifican gollerías a los amigos, consultorías al gestor cultural que se fajó por la democracia, reconocimiento al poeta o escritor de izquierda que luchó contra la “china maldita”. El incentivo (en forma de auspicio) al editor que apoyó la campaña para que crea que al gobierno le importa mucho la cultura. Hay que darle diplomas a la gentita que nos apoyaron en las redes sociales y caen bien a todo el mundo.
La cultura no puede verse como una expresión ideológica partidaria o el arma política de un gobierno, en la que unos cuantos sacan provecho. Las instituciones públicas deben velar porque esta sea plural, diversa y valorar a los artistas, gestores y creadores en su verdadera dimensión sin taras o prejuicios de cualquier tipo.
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