Rocío Valverde

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Mujeres exploradoras

Sobre la reina del desierto Lady Hester

Mujeres exploradoras
Rocío Valverde
19 de junio del 2017

Sobre la reina del desierto Lady Hester

Esta semana celebramos un año más de museumweek, la semana de los museos. Y ya que este año se va a homenajear especialmente la figura de la mujer he querido traer la historia de una loquísima exploradora británica.

Lady Hester Stanhope nació en el año 1776, en el seno de una familia de clase alta. Fue la anfitriona de su tío William Pitt The Younger, ministro británico, quien lideró a Gran Bretaña en la guerra contra el Imperio de Napoleón. Durante estos años ella recibía a nobles y políticos, entre otros flamantes invitados en su casa y practicaba el arte de la conversación.

Tras a la muerte de su tío William Pitt, el gobierno británico le otorgó una pensión vitalicia de 1,200 libras al año. Esta suma de dinero no le era suficiente para continuar con su vida de socialité. Tres años más tarde la infortuna tocaría nuevamente sus puertas, trayendo noticias de su hermano y su cercano amigo el general John Moore. Ambos habían fallecido en la batalla de la Coruña. Se dice que John Moore con su último aliento pronunció el nombre de Lady Hester. Este hecho afectó seriamente a Lady Hester quien decidió izar las velas y marcharse del país.

Ahora, al sentirse una mujer completamente liberada de una sociedad hipócrita que la juzgaba por su falta de autocensura decidió, darles algo de qué hablar. La primera parada de su barco fue en Gibraltar, donde conoció a Michael Bruce, un joven de 21 años. Pasó lo que se imaginan y se convirtió en la comidilla de la sociedad británica. Fue Lady Hester quien, rompiendo toda norma social, le dio la noticia al padre de Michael: eran amantes. Los amantes junto al entourage de la aristócrata viajaron a Constantinopla. Cuenta su biógrafo que en este lugar del mundo presenciaron una decapitación pública. Al ser presentada con la cabeza simplemente dijo: “Es una pena que pasen esta cabeza como si fuera una piña”. Ni ascos, ni muecas, ni lágrimas.

Esto nos debería servir como advertencia del carácter de esta desenfadada mujer. Lady Hester dejó Constantinopla y se dirigió a Egipto, donde su barco naufragó y estuvo al filo de la muerte. Habiendo perdido todo su guardarropa, Lady Hester decidió adoptar la vestimenta típica de los hombres turcos. Su delgada figura se perdía en los pantalones bombachos y el turbán. Los locales no daban crédito a lo que veían sus ojos, así que concluyeron que este “ser” debía ser parte de la realeza, pues no tenían otra explicación para esta desafiante y andrógina figura.

Su fama la acompañó durante todo su camino atravesando sin velo —repito, sin velo— Damasco y Palmira. Fue en estas tierras donde la bautizaron con el título de “Reina del desierto”. Fue tras ello que Lady Hester comenzó a fantasear con profecías mesiánicas y escribió: “Yo soy el sol, las estrellas, la perla, el león, la luz que baja del cielo”.

Cuenta que en cuando Lady Hester vivía en Londres, el loco de la ciudad le dijo que ella había sido destinada a convertirse en la Reina de Jerusalén. No podemos decir si fueron los efectos de la peste los que dañaron su cerebro, pero esta mujer comenzó a creer firmemente que en verdad era la Reina de Jerusalén y a actuar como tal dándole alimento y ropa a todos los mendigos que encontraba en el camino.

Fue en la tierra sagrada donde realizó lo que conocemos como la primera investigación arqueológica. Lady Hester obtuvo un mapa del tesoro, con el que pensaba que podía encontrar todo el oro perdido del Sultán, pero en su afán encontró una estatua sin cabeza. Lady Hester, tras apuntar con extremo detalle lo referido a su excavación, decidió que para probar su buena fe y distinguirse de sus compatriotas saqueadores debía romper la estatua. Así pues esta fue destruida en mil pedazos y echada al mar.

La dama del turbán se asentó por fin en la ciudad de Djoun y su palacio se convirtió en refugio de heridos y desplazados. El fin de Lady Hester empezaría en 1825, cuando le llegaron a los oídos la noticia del suicidio de su hermano pequeño James. Desde aquel día decidió que existían días de mala y buena suerte. En los días de buena suerte andaba por su palacio, en los otros simplemente no salía de su habitación, pero nunca más dejaría su residencia.

En 1838 el gobierno británico decidió quitarle su pensión vitalicia, lo que provocó la inmediata respuesta de la monarca en bancarrota. Lady Hester, la reina del desierto, no dejaría que le quitaran la pensión sin darles un pedazo de lengua. Quería que le quedara claro a la Reina Victoria que ella renunciaba a la pensión y de paso también a su ciudadanía británica. Juró desde ese momento que reformaría su palacio a modo de monumental sarcófago hasta que se le hiciera justicia. Esta nunca llegó y su cuerpo en estado de descomposición y rodeado de gatos salvaje sería encontrado un año más tarde.

Este fue un pincelazo del cuadro de la vida de Lady Hester, una mujer loca como ninguna, rompedora de esquemas y reglas, y una figura que inspiró hasta al mismísimo Picasso. Cuadros de su vivienda, así como la correspondencia que mantuvo con su confidente, se encuentran en el museo de Victoria y Alberto en Londres. Un museo al que recomiendo sigan mañana en Twitter.

 

Rocío Valverde

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19 de junio del 2017

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