Neptalí Carpio

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Los ricos de la prosperidad informal de Lima

Sobre el libro “Lima y sus arenas” de Danilo Martuccelli

Los ricos de la prosperidad informal de Lima
Neptalí Carpio
28 de julio del 2017

Sobre el libro “Lima y sus arenas” de Danilo Martuccelli

Tanto se prolonga la informalidad, como un problema irresuelto en el Perú, que termina por convertirse en un fenómeno multifacético, casi crónico, que se expande en diversas esferas de la economía, la política y la cultura. Una expresión de ello es la existencia de una clase social que emerge de ese sector, con mucho dinero y con una influencia poderosa, aunque aparentemente silenciosa frente al Estado.

En el mundo de la sociología han aparecido nuevos estudios sobre este problema, con aristas diferentes e innovadoras, en comparación con los estudios de Hernando de Soto, reunidos en El otro sendero, o José Matos Mar, en Desborde popular y crisis del Estado, en la década de los ochenta. Más de treinta años después de la publicación de esos libros paradigmáticos, la ciudad de Lima ahora es otra. Su evolución no tiene nada de predecible, pero tampoco es un sinsentido.

Rompiendo parámetros sociológicos, un reciente libro —Lima y sus arenas (Cauce Editores, 2015)—, publicado por el francés Danilo Martuccelli, ha intentado responder a estas preguntas. Según el sociólogo francés, las transformaciones más sobresalientes en nuestra capital son de carácter social y cultural. El autor sostiene que la sociabilidad limeña se articula a través de una matriz informal que estructura la ciudad como múltiples arenas de conflicto y que determinan la viabilidad de un nuevo proyecto ciudadano. Esto indica que —salvo la sociología— la ciencia política y la economía no poseen la capacidad para interpretar este fenómeno. Durante los últimos 25 años Lima viene proyectando nuevas formas de socialización. Existen nuevas formas de relacionarse entre los limeños, lo cual ha hecho de la capital un universo con sentido propio.

Aún es difícil que un peruano descifre su identidad, pero es natural que un limeño si lo haga. Incluso, el enfoque dualista de algunos sociólogos ha sido rebasado. Esta nueva ciudad se inventa desde algunos rasgos esenciales. En primer lugar, surge sobre los límites de lo que siempre hemos llamado el “pueblo”. En segundo lugar, la informalidad ha devenido en el cimiento social de los limeños. En tercer lugar, la informalidad no es una rebelión contra el Estado; es llamar al “sálvese quien pueda” constantemente, ante entidades estatales y una Municipalidad de Lima incapaces de cumplir sus funciones esenciales.

Ahora bien, ¿quién ha construido esta nueva Lima? El personaje central de su modernidad no son las clases altas que renunciaron a liderar su desarrollo; tampoco es el universo clasemediero, proveniente de los barrios tradicionales. El actor central ahora es el informal enriquecido. El boom económico ha creado sus propios gustos de consumo. Ellos se imponen en la construcción de una sociabilidad común citadina, pero no en el sentido político del término. Se ha creado un sustrato moderno y común que nadie planificó.

Contrariamente al análisis contestatario que suele dominar nuestra producción intelectual, el libro se cierra optimistamente. Aun informal y desamparado, el nuevo individuo limeño —achorado, igualitario y con mucho dinero— es potencialmente el ciudadano de una democracia futura. Estamos en una Lima menos racista y jerárquica que antes, pero también más informal y achorada. Cuando, por ejemplo, uno lee a Martuccelli se nos viene a la memoria Thomas Hobbes: el fundamento último que demuestra la igualdad de los individuos es que cada uno puede ser el verdugo del otro. Es la emergencia germinal del individuo y la horizontalidad.

Lo que se enuncia en Lima y sus arenas son las condiciones de posibilidad para algo mejor. La horizontalidad y el individuo como el gran insumo de un nuevo orden. Se señala la despolitización radical de esa sociedad más horizontal e individual; pero también, como afirma Antonio Zapata, la élite chola que surge de esta informalidad y que luego construye poderosas empresas ya formales, “no es que respete mucho a los pobres. Esa elite es bien explotadora. Si preguntas a los trabajadores de Topy Top por los dueños, los detestan más que a los dueños de las empresas imperialistas” (La República, 23/07/2017).

¿Cómo transformar entonces esta ciudad en un cuerpo político capaz de materializar el horizonte democrático y ciudadano si los actores más ricos que surgen de esta informalidad son muy poco propositivos? El problema es que esta prosperidad informal es muda. Lo que sí asoma es una demanda de un gobierno metropolitano y entidades estatales más horizontales, más ancladas con “esas Limas” que crecientemente se llaman Lima Sur, Lima Norte, San Juan de Lurigancho, el Callao y el Centro “moderno”.
 

Neptalí Carpio

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28 de julio del 2017

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