Neptalí Carpio

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La ceguera del populismo punitivo

Puede convertirnos en una sociedad más conservadora y autoritaria

La ceguera del populismo punitivo
Neptalí Carpio
15 de junio del 2018

 

No es exagerado señalar que el Perú de hoy vive la agonía de su República, erosionada por la descomposición de su sistema político. Los importantes logros que el Perú obtuvo en el plano de la economía durante los últimos 25 años son ahora bloqueados o languidecen por los efectos de la corrupción, el narcotráfico y un modelo político claramente obsoleto. Lamentablemente, un factor que impide ingresar al necesario momento reflexivo acerca de la naturaleza de esta crisis —su compleja dimensión, las posibles salidas en el marco de una democracia— es la exacerbación del populismo punitivo y la cultura de los “antis” en diversos actores políticos y sociales, una de cuyas expresiones son las redes sociales.

Son varios los autores de la ciencia política, jurídica y sociológica que han tratado el populismo punitivo; sobre todo en los países de Latinoamérica, aquellos que han sufrido guerras internas, fenómenos autoritarios, el crecimiento exponencial de la criminalidad y las crisis económicas. Destacan en este tema tratadistas como David Garland, Anthony Bottoms y Jonathan Simon. Los odios acumulados y las cicatrices dejadas por las víctimas de estos procesos regresivos son exaltados por determinados sectores y, muchas veces, por los propios medios de comunicación, generando una especie de ceguera y morbo colectivo que impiden encender una luz para encontrar el final del túnel.

El populismo punitivo es el uso indebido que realizan los grupos de poder de una situación política, para manipular la opinión pública a su favor, apelando al miedo de los ciudadanos y a sus instintos más elementales. Una de sus expresiones es el intento de instrumentalizar el Código Penal, con penas cada vez más altas, haciendo creer a la población que es ese el camino para combatir la criminalidad o el terrorismo, como ocurre con la propuesta draconiana de implantar la castración química para violadores.

El pueblo se entrega en manos del Leviatán con la ilusión de derrotar a los enemigos sin saber que, como diría luego Locke, se está encerrando en la jaula del león para huir de las zorras y las mofetas; que el Leviatán puede transformarse en ese monstruo caprichoso y autoritario que anula la sociedad civil y reduce a los ciudadanos a una situación más lamentable y amenazante que la que vivieron en el estado de guerra”, señala Juan Pablo Uribe Barrera, un joven colombiano, estudioso del fenómeno en su país y México.

Sin embargo, la evidencia muestra que la construcción de una política punitiva no necesariamente contribuye a la disminución de los delitos. Por el contrario, encrudece la descomposición del tejido social y la cohesión comunitaria. Particularmente cuando el discurso del populismo punitivo se socializa y banaliza, haciendo del sentido y lenguaje comunes, la vara con la que son juzgados y castigados los “potenciales” delincuentes, los sospechosos, los distintos, los extraños de la comunidad.

En populismo punitivo en el Perú tiene una amplia audiencia por el recuerdo de la violencia generada por el grupo terrorista Sendero Luminoso y la inacabable vorágine de la corrupción que vivimos hace más de 30 años, la cual tiene sus raíces en casi toda la historia de nuestra República. En los últimos años se retroalimenta por el aumento de la criminalidad, el narcotráfico y, más recientemente, por la extrema violencia contra la mujer. Se multiplica también por la polarización del antifujimorismo extremo, en un lado; y por el otro, por la costumbre de “terruquear” a personajes de izquierda o cercanos a esta tendencia.

Se podría decir que en la psique colectiva de gran parte de la población el ánimo de venganza o la deliberada utilización de estos temas ha calado hondo, generando las condiciones, no solo para una sociedad más conservadora y, en el fondo, igualmente autoritaria. Por ejemplo, los jóvenes que en estos días marchan demandando que se cierre el Congreso, no se preguntan cómo debería ser otro modelo de representación. Su objetivo es solo tumbarse el parlamento, sin imaginar que una nueva representación podría terminar en los mismos vicios, y quizá peores. En el fondo, gran parte de su comportamiento es igualmente autoritario e intolerante, pero como reflejo inmediato y reactivo frente a un pésimo comportamiento de la mayoría de parlamentarios. La historia está llena de situaciones parecidas. La movilización de esos jóvenes y colectivos sociales podría ser más fértil e incluso más radical si levantaran las banderas de la renovación por tercios del Congreso y la anulación del nefasto voto preferencial.

La ceguera del populismo punitivo, en sus diferentes variantes, impide que la sociedad concentre su accionar en medidas alternativas más eficientes y eficaces para enfrentar los diversos males que estamos comentando. Es el caso, por ejemplo, de abordar con seriedad los temas de la salud mental, la resocialización de las cárceles, la creación de espacios alternativos para que nuestros jóvenes no terminen en la delincuencia y, lo que es más importante, la reforma de nuestro obsoleto sistema político, una de las causas fundamentales de la corrupción. Pero para ello se requiere ingresar a un largo periodo de reflexión, para que prevalezca una agenda de cambios institucionales. El problema parece ser que los promotores del populismo punitivo no quieren ingresar a este momento de reflexión para una nueva generación de reformas. Quieren construir un escenario de miedo, entre la razón y el instinto, creyendo que el mejor escenario para ganar la próxima es este tipo de polarización.

En este marco, a cerca de dos años de cumplirse la elección de la representación congresal que le dio una fuerza política mayoritaria, Fuerza Popular está perdiendo una gran oportunidad para crear un gran reforma de las instituciones y de otros temas que tienen que ver con los problemas de fondo que originan la corrupción, la criminalidad, el crecimiento del narcotráfico y los problemas de salud pública mental. Aún hay un largo trecho de rectificación de tres años. De no ser así, inevitablemente, el año 2021 les pasará la factura con otra derrota.

 

Neptalí Carpio
15 de junio del 2018

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