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La segunda vuelta del 2026 será definitiva para definir la colisión entre una propuesta a favor del sistema, a favor de la defensa de la Constitución y del Estado de derecho, y otra que promueve el antisistema, a través de la instalación de una asamblea constituyente. Un marxista clásico, aplicando las herramientas del viejo Marx, sostendría que la segunda vuelta que se escenificará en las siguientes semanas definirá la contradicción entre revolución y contrarrevolución. Y el señalado comunista no estaría muy desquiciado con respecto a la realidad.
Desde el fin del fujimorismo de los noventa en el Perú se escenifica una colisión entre sistema versus antisistema, a tal extremo que, sin mayores exageraciones, se puede sostener que en las elecciones del 2006, del 2011 y del 2021 la colisión entre una propuesta revolucionaria, de corte colectivista ortodoxo, y una alternativa democrática y constitucional sacudió las segundas vueltas de los señalados comicios.
En el 2006, gracias al liderazgo de Alan García, el Perú se salvó del Ollanta Humala del polo rojo, en ese entonces convertido en soldado de Hugo Chávez y el Foro de Sao Paulo. Sin la genialidad de García, sin las fortalezas de entonces del aprismo, el Perú quizá se habría embarcado en el camino de Venezuela y Bolivia. En las elecciones del 2011 el triunfo de Humala en la segunda vuelta se produjo en medio de una resistencia social y política que lideró el fujimorismo. Ese tipo de escenario llevó al nacionalista a morigerar su colectivismo radical y a aceptar la hoja de ruta planteada por Mario Vargas Llosa. En los comicios del 2021 comenzaron a aparecer con nitidez las ineficiencias e irregularidades del sistema electoral –a semejanza de lo que sucedía en el sistema judicial y las demás instituciones– y Pedro Castillo le ganó a Keiko Fujimori por menos de 50,000 votos.
¿Qué pretendemos señalar con estas anotaciones de la reciente historia? Que el colectivismo ortodoxo ya llegó al gobierno y, al margen de la irresponsabilidad y frivolidad del progresismo, de la llamada izquierda caviar, que suele sostener que el antisistema no representa mayor amenaza, el Perú frente a la propuesta bolivariana demostró una resistencia social, económica y cultural que evitó que las corrientes socialistas y comunistas desorganizaran el Perú y terminarán tomando en el poder (que es diferente al gobierno). Y ya sabemos que cuando el colectivismo toma el poder no lo suelta por varias décadas.
La colisión entre sistema y antisistema, si bien no ha modificado el modelo económico ni ha quebrado el régimen económico constitucional –allí está el papel rector en la economía del BCR– sí ha lentificado el crecimiento y ha desarrollado una involución en el Estado que bloquea las inversiones y fomenta la informalidad. El crecimiento del Estado, la sobrerregulación y tramitología que se multiplican de aquí para allá, la expansión de la informalidad y la reducción de la formalidad se combinan con una tendencia a la anarquía política e institucional. Y en medio de esta situación, un desborde criminal que afecta a toda la sociedad en tanto las economías ilegales avanza y se multiplican.
En otras palabras, se ha llegado a un momento en que la colisión entre sistema y antisistema debe definirse; el país ha ingresado a una disyuntiva en que el Perú consolida su Estado de derecho y avanza con una nueva oleada de reformas que lo impulsen al desarrollo, o se convierta en un Estado fallido o involuciona hacia un colectivismo totalitario. El Estado fallido o el colectivismo, entonces, significarían perder al Perú para las próximas generaciones.
Por estas consideraciones, todos los peruanos de buena voluntad, todas las corrientes desde el centro hasta la derecha que se oponen abiertamente al proyecto de la asamblea constituyente, deben movilizarse, organizarse en el barrio, en el centro de trabajo, en los parques y plazas para defender el Perú de la amenaza comunista.
El día de las elecciones la candidatura de la centro derecha no debe contar con 90,000 personeros sino con 600,000 (a semejanza de la oposición venezolana). Deben organizarse tres o cuatro centros de cómputo en los cuales los miles de personeros de la ciudadanía envíen las actas de sus mesas respectivas y se produzca un conteo de votos en tiempo real que sea observado por los 34 millones de peruanos y el mundo entero. Ante la menor irregularidad y deficiencia desde las 7:00 a.m. deben producirse denuncias internacionales para acelerar la instalación de las mesas.
Si queremos salvar al Perú de la amenaza colectivista esta vez la centro derecha debe ganar por más de diez puntos. El análisis concreto de la situación concreta indica esa posibilidad. ¡Falta la voluntad!
















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