En la hipótesis de que Keiko Fujimori sea proclamada presidente...
Una de las conclusiones preliminares que se puede establecer luego de las recientes elecciones nacionales es que en el Perú existen dos sociedades, dos economías. Si bien no se trata de una novedad en el diagnóstico, el hecho de que la segunda vuelta del 2026 se reedite lo que sucedió en los balotajes del 2006, del 2011 y del 2021 nos indica que –no obstante las reformas económicas de los noventa, el crecimiento del PBI y la reducción de pobreza– una mitad de la sociedad suele demandar el cambio de modelo.
Vale anotar que en las segundas vueltas del 2006, del 2011, del 2021 y del 2026 se enfrentaron una propuesta que defendía la Constitución y el Estado de derecho y otra revolucionaria que planteaba una constituyente y un nuevo modelo económico basado en el regreso del Estado empresario y la colectivización de la economía. Sin embargo, desde las reformas económicas de los noventa la economía se ha multiplicado por cinco y el crecimiento redujo la pobreza del 60% de la población al 20% antes de la pandemia y el gobierno de Pedro Castillo. Hoy está en 25.7%.
Asimismo, vale señalar que en todos los estudios económicos sobre el Perú se ha establecido que en las últimas décadas los quintiles más pobres siempre han crecido más que los sectores más ricos. Cualquier estudio de economía serio entonces puede demostrar que el modelo económico siempre fomentó un crecimiento propobre. ¿Cómo entender entonces que en cuatro segundas vueltas, de las seis que se protagonizaron luego del fin del fujimorismo de los noventa, se hayan enfrentado una propuesta prosistema versus otra antisistema?
Los historiadores señalan que las revoluciones se producen en las sociedades que crecen, que abandonan la pobreza. Los pobres nunca hacen revoluciones porque apenas pueden sobrevivir. Sin embargo, en un determinado momento las diferencias en las velocidades del crecimiento llegan a ser inaceptables para algunos. Y es lo que está sucediendo en el Perú: surgen países diferentes entre Lima y las provincias, entre la costa y el área rural y entre las grandes ciudades costeras, como la propia Lima. Hay una indignación legítima sobre por qué algunos crecen a velocidad crucero en tanto que otros avanzan, pero con la lentitud de las carretas.
Una especie de cordillera se ha levantado entre el Perú moderno y el Perú tradicional. En regiones agroexportadoras como Ica la pobreza disminuye en 5% mientras que en otras regiones –como Cajamarca, Loreto, Puno y Ayacucho– la pobreza adiciona 40 puntos. Y esa cordillera es el Estado que dilapida la riqueza nacional que produce el sector privado como nunca antes en la historia nacional.
En el Perú las empresas mineras, agroexportadoras, pesqueras y el sector privado en general financian el 80% de los ingresos nacionales. Y entre el 2019 y el 2025 se han invertido casi tres veces la cantidad requerida para resolver los problemas del agua potable, del alcantarillado, de las carreteras, de las postas médicas y de las escuelas. Sin embargo, siguen existiendo 3.5 millones de peruanos sin agua potable y alrededor de 7 millones sin alcantarillado. Todas las obras para resolver estos problemas son ejecutadas por los gobiernos regionales y municipales. ¿Hacia dónde se va el dinero? En otras palabras, la descentralización se ha convertido en el espacio de saqueo de la riqueza nacional que produce el sector privado y se abona a través de los impuestos.
El Perú nada en recursos para resolver el problema del agua potable en menos de un año, pero el Estado, la descentralización lo impide. En ese contexto llega el radical, el extremista comunista, y desarrolla su fábula: no hay agua potable porque los empresarios se llevan la riqueza.
¿Qué demuestra esta realidad y el desenlace electoral? Que las izquierdas y los sectores progresistas que defienden este tipo de Estado y la actual descentralización necesitan crear dos sociedades, dos países, con el objeto de desarrollar una estrategia de poder. Necesitan pobres y regiones excluidas de los servicios mientras se saquea la riqueza nacional.
Si Keiko Fujimori ganara la elección es incuestionable que tendrá que derribar a combazos el actual Estado y deberá promover una cruzada nacional para cancelar la actual descentralización y posibilitar que las regiones sin servicio tengan agua potable, alcantarillado y escuelas del siglo XXI. Riqueza sobra, pero hay un saqueo devastador en el Estado.
















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