Carlos Adrianzén

Crónica de otras muertes anunciadas

El fenómeno de El Niño nos encontrará con una frágil institucionalidad

Crónica de otras muertes anunciadas
Carlos Adrianzén
05 de agosto del 2026

 

Se avecinan tiempos extraordinarios. Más allá de la incertidumbre técnica sobre la predicción climática, la NOAA anticipa que el fenómeno de El Niño 2026-2027 tendrá impactos muy significativos en el Perú, con alta probabilidad de alcanzar magnitud fuerte entre fines de 2026 y comienzos de 2027. Esto implicaría lluvias intensas en la costa norte, alteraciones pesqueras y riesgos económicos y sociales.  Pérdidas en producción e infraestructura que, en gran parte, se asocian al fenómeno superpuesto de la falta de previsión.

En este contexto, un “súper Niño” se define como una versión excepcionalmente intensa del fenómeno, caracterizada por un calentamiento del Pacífico central superior a +2 °C durante al menos tres meses consecutivos. Este umbral dispara alteraciones climáticas globales mucho más severas que las de un episodio convencional. 

Frente a este panorama, las certezas sobre la magnitud de los impactos y los daños son escasas.

 

Conexiones de El Niño en el Perú  

La experiencia histórica muestra que cada episodio de El Niño ha tenido impactos específicos variables en la economía peruana, con peculiaridades económicas, políticas y demográficas propias de cada coyuntura.

Las Figuras 1 y 2, elaboradas con las escalas de intensidad hídrica (0–5) y climatológica (0–4) de Imarpe, nos permiten observar una relación: conforme aumenta la intensidad del fenómeno, el crecimiento real por habitante tiende a verse afectado negativamente. Sin embargo, a partir de la década pasada -ver círculo-, estas asociaciones temporales se atenúan en la medida en que el producto por persona se eleva. 

Sobre este plano, la evidencia internacional (Nguyen et al., 2026; Costa & Hooley, 2025; Bodenstein & Scaramucci, 2024) confirma que los desastres naturales resultan menos destructivos en países o regiones más ricas. Cuanto más rica es una región, los impactos negativos resultan mucho menores. 

En el caso peruano, donde el producto por persona se ha duplicado en el periodo analizado, los impactos –ceteris paribus– tienden a ser en promedio relativamente menores. En las regiones más pobres de la costa norte, en cambio, estos resultan mayores.

Asimismo, no es inteligente –ni económica, ni políticamente– olvidar que tenemos una sociedad polarizada. No pocas veces, el manejo del fenómeno se presentaría como un negocio turbio. Que de estos eventos ciertas burocracias y ciertos grupos políticos medran. Las partidas presupuestales resultan un botín enorme para ciertos grupos privados y burocráticos. Recordemos como cierta burocracia corrupta prevaleció en los tiempos de la llamada “reconstrucción con cambios”.

La lección es clara: entendiendo que es iluso tratar de recaudar más tributos en medio de un fenómeno exógeno de escala hoy desconocida, la atención debe concentrarse en las zonas más pobres de los departamentos costeros, donde la vulnerabilidad es mayor.

 

Las otras conexiones  

Más allá de los impactos climáticos, existen tres fallas estructurales que agravan los efectos de El Niño. Se superponen (1) Fallas geográficas y de infraestructura. Como quebradas, lechos de ríos y otras zonas de riesgo que requieren -y no disponen de- monitoreo constante.  Nótese aquí que la prevención, el ordenamiento territorial iluso y el mantenimiento de infraestructuras han sido recurrentemente deplorables.  También influyen (2) Fallas burocráticas y de gobernanza. Corrupción rampante, ineficacia estatal, incumplimiento de la ley y abusos regulatorios. Estas fallas per se también deprimen el crecimiento económico y aumentan la pobreza.  

Aquí la combinación de un súper Niño con una súper cCorrupción puede al final maximizar los daños. Y por supuesto, no olvidemos las fallas ideológicas (3) prevalecientes hoy. Nos guste aceptarlo o no, aún hoy se da una persistencia de ideas económicas trasnochadas en la burocracia estatal. Está por verse si acaso, por la premura del tiempo, los cuadros en esta oportunidad no son los mismos o similares a los de gobiernos pasados.

Hoy en la burocracia nacional, lamentablemente, prevalece la creencia de que la crisis institucional heredada es menor y que casi todo puede resolverse con más impuestos a la clase media, la minería o la agricultura exportadora, así como tomando deuda pública cara y bajo un mayor peso regulatorio.  

Este es una suerte de credo rabioso en el oxímoron denominado tecnocracia de izquierda. Y, así, paradójicamente, estas recetas suelen aplicarse bajo el pretexto de “combatir El Niño”, pero terminan agravando sus efectos.  

 

Deja vu (regresando a 1983)

Las proyecciones disponibles hasta la fecha sugieren que el actual fenómeno de El Niño implica riesgos climáticos y económicos particularmente significativos. La experiencia reciente, incluso considerando eventos de menor magnitud, deja importantes lecciones (véanse las Figuras 1 y 2). Por un lado, muestra que un mayor nivel de desarrollo económico contribuye a mitigar los impactos. Por otro, evidencia que las deficiencias institucionales y los problemas de gobernanza pueden amplificar considerablemente sus efectos. 

En consecuencia, la verdadera amenaza no radica únicamente en la intensidad del fenómeno climático, sino en la combinación de un evento natural severo con una institucionalidad frágil y una gestión pública influida por enfoques ideológicos de carácter mercantilista y socialista.

Prepararse para este escenario exige no solo fortalecer (acumular y reparar en la medida de lo posible) la infraestructura y los mecanismos de prevención, sino también enfrentar tanto los sesgos ideológicos presentes en la burocracia estatal poshumalista, que alimentan políticas fiscales expansivas –recurrentemente fallidas–; o estándares de gobernanza que profundizan la corrupción y la ineficiencia del aparato estatal. Todos estos factores convierten cada desastre natural en una catástrofe de mayores proporciones.

Desde la perspectiva del sector privado, emergen dos lecciones fundamentales. La primera es que debemos asumir que estaremos esencialmente solos frente a la emergencia. Por ello, resulta necesario adoptar medidas de preparación, previsión y mitigación utilizando los recursos disponibles, pues es poco probable que la ayuda necesaria llegue oportunamente desde la burocracia estatal.

La segunda lección es que los gobiernos anteriores mostraron una combinación de inacción y retroceso en materia de infraestructura y preparación para aprovechar adecuadamente los cambios climáticos e hídricos. 

Asimismo, y a modo de cierre, no debemos dejar de ponderar que un fenómeno de El Niño de magnitud catastrófica podría dibujar en una coartada perfecta, con una fácil aceptación, para cualquier gobierno que haya asumido recientemente el poder, permitiéndole atribuir al desastre a decisiones y omisiones previas.

Carlos Adrianzén
05 de agosto del 2026

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