Renatto Bautista

Quien habla mal del Hijo, habla mal del Padre

Y quien habla mal de la Madre, habla mal del Hijo

Quien habla mal del Hijo, habla mal del Padre
Renatto Bautista
15 de junio del 2026

 

“Quien habla mal del Hijo, habla mal del Padre” es nuestro primer concepto respecto al debate teológico que originó el Concilio de Nicea (20 de mayo del 325 al 25 de julio del 325). La postura blasfema del obispo Arrio (250-336), al negar la naturaleza divina de Cristo, afirmaba que el Hijo está subordinado al Dios Padre, configurando así un credo no trinitario que la Iglesia rechazó con toda firmeza. Las iglesias con sucesión apostólica —aquella continuidad ininterrumpida del ministerio episcopal desde los Apóstoles, transmitida mediante la imposición de manos con la invocación del Espíritu Santo- son defensoras irrenunciables de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas consustanciales en un solo Dios. Entre ellas se cuentan la Iglesia Católica Romana, las Iglesias Ortodoxas Orientales -como la griega, la rusa, la etíope y la copta de Alejandría-, la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia Asiria de Oriente, los cristianos de Santo Tomás en la India, y aquellas iglesias luteranas (y reformadas en general) que reivindican y conservan fielmente dicha sucesión. 

Todas ellas coinciden en que no puede existir cristiano coherente que reste importancia a la divinidad de Cristo solo por haber asumido naturaleza humana naciendo del cuerpo de María. Quienes niegan esa divinidad o "humanizan" a Cristo con comparaciones maniqueas con cualquier ser humano demuestran que, al hablar mal del Hijo, también hablan mal del Padre. Por eso hizo bien el Concilio de Nicea en desterrar al heterodoxo Arrio, insolente con Dios uno y trino.

“Quien habla mal de la Madre, habla mal del Hijo” es nuestro segundo concepto, y aquí resulta necesario y justo precisar un hecho histórico que muchos ignoran o distorsionan deliberadamente. Todas las iglesias con sucesión apostólica de línea ortodoxa reconocen a la Virgen María en su encomienda única e irrepetible dentro del plan salvífico de Dios. Tanto la Iglesia Católica occidental como las Iglesias Ortodoxas Orientales reconocen a María como Aeiparthenos, que significa "siempre virgen". La veneran con el título de Theotokos, Madre de Dios; título que es una afirmación cristológica fundamental. 

Pues la maternidad de María no se predica de la naturaleza divina de Cristo-que es eterna e incompatible con cualquier origen como creación- sino de su Persona. Y dado que en esa Persona están las dos naturalezas (divina y humana) del Verbo eterno, María es madre de Dios. 

Por eso Theotokos es ante todo una afirmación cristológica: No exalta a María, sino que protege la unidad personal de Cristo contra todo intento de dividirlo en dos sujetos distintos, que fue precisamente el error que Nestorio cometió y que el Concilio de Éfeso (431) condenó.

Pero lo que muchos desconocen es que los propios líderes de la Reforma-Lutero, Calvino y Zwinglio- reconocieron y defendieron estos mismos títulos marianos. Zwinglio y Calvino confesaron los atributos de la Madre de Dios como Theotokos y Siempre Virgen. Zwinglio declaraba que María era la "Madre de Dios" y "la más excelsa de las criaturas después de su Hijo". Calvino se pronunció frecuentemente en defensa de la virginidad de María, refutando los argumentos que pretendían que ella hubiera tenido otros hijos tras el nacimiento de Cristo, y afirmó que llamarlo "primogénito" no implica hermanos posteriores. Teodoro de Beza, destacado calvinista de los primeros tiempos, incluyó la virginidad perpetua de María en una lista de acuerdos entre el calvinismo y la Iglesia Católica. La doctrina mariana de los reformadores concuerda con la gran tradición de la Iglesia en lo esencial y con la de los Padres de los primeros siglos, observándose unanimidad en cuanto a la misión especial de María como de su perpetua virginidad. 

Por su parte, Martín Lutero adhirió a los decretos marianos de los concilios ecuménicos y a los dogmas de la Iglesia, éstos son: María fue perpetuamente virgen y Theotokos, Madre de Dios. 

El estudioso luterano Jaroslav Pelikan fue categórico: Lutero ni siquiera consideró la posibilidad de que María pudiera tener otros hijos además de Jesús, lo cual es consistente con la aceptación durante toda su vida de la idea de la virginidad perpetua de María.

Lutero la nombra "siempre virgen" en los Artículos de Esmalcalda, confesión de fe luterana escrita en 1537. 

Esto no es un detalle menor: Significa que quienes reclamándose herederos de la Reforma, atacan y se burlan de la Virgen María, no siguen a Lutero, a Calvino ni a Zwinglio; los traicionan. Con el transcurso del tiempo, la posición de María fue disminuyendo, pero esa deriva posterior no puede reclamarse como fidelidad al espíritu original de los reformadores; a mediados del siglo XVII, la confesión de fe de los calvinistas seguía afirmando que "Jesús nació de la Virgen María y que permaneció Virgen antes y después del parto". 

La razón teológica de fondo es la misma desde todas las tradiciones apostólicas y reformadas de línea ortodoxa: La dignidad de la Madre no se sostiene en sí misma, sino que se deriva directamente de la identidad del Hijo. Afirmar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre-como definió el Concilio de Calcedonia en el 451- implica necesariamente reconocer que quien lo engendró en su naturaleza humana no es una figura prescindible ni reducible a mero instrumento biológico. Dios, en su infinita libertad y soberanía, eligió entrar en la historia a través de una Madre: Ese acto no fue accidental ni menor, fue el modo en que el Verbo se hizo carne. Menospreciar a María es, por tanto, menospreciar la Encarnación misma, que es el centro y fundamento de toda la fe cristiana. 

La Virgen María permaneció al pie de la cruz no como espectadora, sino como testigo fiel del cumplimiento de todo lo prometido en el Antiguo Testamento, sabiendo que en ese acto supremo de amor redentor se revelaba plenamente quién era su Hijo. Por eso, atacar a María no es un acto de "pureza bíblica" ni de fidelidad a la Sola Scriptura: Es una incoherencia cristológica de primer orden, que los Padres de la Iglesia, los concilios ecuménicos y los propios iniciadores de la Reforma-Lutero, Calvino y Zwinglio- rechazaron unánimemente, precisamente porque comprendieron que no se puede honrar al Hijo mientras se deshonra la humanidad que Él mismo eligió para entrar al mundo.

A modo de conclusión, la Iglesia Católica, las Iglesias Ortodoxas Orientales, la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia Asiria de Oriente, la Iglesia Copta, el luteranismo de línea ortodoxa y las iglesias reformadas fieles a sus propios iniciadores coincidimos en que quienes hablan mal del Hijo demuestran una actitud irrespetuosa al Padre, y quienes hablan mal de la Madre demuestran una actitud irrespetuosa al Hijo. Esos cristianos son doctrinalmente incoherentes, ajenos tanto a la Tradición Apostólica como al propio espíritu de la Reforma histórica. La fe en Cristo y el respeto a su Madre no son opcionales: Son la marca del cristiano verdaderamente coherente con su fe.

 

Este texto ha sido escrito en colaboración con Martín Bernabé Rivera Maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Politólogo por la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque.

Renatto Bautista
15 de junio del 2026

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