Las guerras entre Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori y Carlos ...
El acuerdo nacional de un Estado, de una sociedad, está conformado esencialmente por la Constitución Política y el sistema de normas y tradiciones no escritas (common law en inglés) que organizan una comunidad política. Si en una sociedad no existe ese tipo de convergencia entonces la política fracasa, tal como ha venido sucediendo en el Perú.
La Carta Política de 1993, desde sus inicios, fue cuestionada por sus orígenes vinculados a la interrupción constitucional del 5 de abril de 1992. Las izquierdas transformaron este cuestionamiento en una bandera central e, incluso, Ollanta Humala juró como jefe de Estado invocando la Constitución de 1979, en tanto que algunos congresistas elegidos solían hacer lo mismo. El pacto fundacional de cualquier comunidad política entonces estaba quebrado en el Perú.
Sin embargo, la realidad avanzó y la Constitución de 1993 comenzó a ser asumida por la mayoría de la sociedad, sobre todo por su régimen económico que ha salvado al Perú de la mayoría de los contratiempos económicos de Hispanoamérica. En efecto, la autonomía constitucional del BCR, la cancelación del Estado empresario y el papel subsidiario del Estado frente a la inversión privada, la libertad de precios y mercados y el respeto a la propiedad privada y los contratos explican la continuidad económica del Perú, no obstante la perpetua crisis de la política en el país.
A pesar de que hubo siete jefes de Estado en un periodo donde debió haber solo dos, y de la crisis del principio de autoridad democrático, el modelo económico se preserva y sigue causando sorpresa en Latinoamérica.
Sin embargo, las izquierdas, sobre todo las antisistema, nunca aceptaron la Carta Política de 1993, principalmente porque se oponen abiertamente al régimen constitucional que, precisamente, ha preservado la viabilidad de nuestra sociedad. En ese sentido, las izquierdas suelen proponer una asamblea constituyente con el objeto de establecer un nuevo régimen constitucional en el país.
He allí entonces una línea divisoria de la política y el desarrollo de la campaña electoral que nos obliga a hablar de una clara corriente antisistema y que, no obstante, el fracaso universal del socialismo y de los estatismos en el planeta, sigue proponiendo una receta que fabrica pobreza en términos industriales. Es la industria de la pobreza.
Cuando el desarrollo de una corriente antisistema avanza y se entrecruza con una crisis política como la que se desenvuelve en el Perú suele haber elecciones en que se encumbra a candidatos como Pedro Castillo, el peor y el menos preparado en la historia republicana. De allí la enorme irresponsabilidad del progresismo peruano, de las llamadas corrientes caviares, que pretenden convertir a una supuesta ultraderecha en el enemigo principal de la sociedad.
Diversos análisis y proyecciones económicas señalan que si el Perú hubiese seguido creciendo sobre el 6% anual, tal como sucedía en la primera década del nuevo milenio, en el Bicentenario de la República nuestra sociedad habría alcanzado un ingreso per cápita cercano al de un país desarrollado. Sin embargo, eso no fue posible porque las izquierdas escribieron todas las narrativas en contra de la inversión privada y el modelo fue detenido en seco desde el gobierno de Ollanta Humala.
En las diversas regiones del país los movimientos en contra de la minería, de las agroexportaciones, de la pesca industrial y del turismo avanzaron y el capitalismo en el Perú se frenó. Llegó Castillo y el resultado ya es conocido. Sin embargo, la Constitución, el régimen económico constitucional, resistieron como héroes de una gran leyenda ante la crisis generalizada de la política y la frivolidad general de los políticos.
¿A qué vienen estas reflexiones? En este contexto, el gran acuerdo nacional que pueden desarrollar los peruanos de buena voluntad en estas elecciones es la defensa de la Constitución y la lucha en contra de las corrientes antisistema. Olvidar ese objetivo y desatar luchas fratricidas entre las corrientes de la centro derecha, ignorando la amenaza antisistema, es lo peor que le puede suceder a la sociedad.
















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