Editorial Política

Democracia y meritocracia para reformar el Estado

Un debate central para la sociedad y el futuro de las nuevas generaciones

Democracia y meritocracia para reformar el Estado
  • 15 de enero del 2026


Uno de los mayores problemas que enfrenta el sistema republicano, o la llamada democracia liberal, es la expansión del populismo y la demagogia de los políticos que buscan congraciarse con los electores de la semana, del mes y del año, sin importar consideraciones en el mediano y largo plazo. En este contexto, el sistema republicano padece una crítica que, en el largo plazo, puede erosionar los fundamentos de las libertades. Se plantea que la meritocracia de los científicos, ingenieros y planificadores debe reemplazar a las repúblicas, el sistema de elección mediante el sufragio que existe en las democracias occidentales.

Semejantes teorías se expanden, sobre todo, luego de los éxitos económicos del capitalismo de Estado en China. Sin embargo, la democracia, el sistema de elección de mayorías, el control del poder y la pluralidad de los sistemas políticos, nunca ha sido contrario o reñido con el surgimiento de burocracias meritocráticas que existen en diversas áreas en las sociedades desarrolladas. La prosperidad y los avances de la libertad en Occidente solo provienen de la libertad y la pluralidad.

Este es un debate profundo que irá creciendo en los próximos años. En el Perú, por ejemplo, este tema atraviesa cualquier área de análisis o acción del Estado, sobre todo mirando la actuación de las bancadas del Legislativo. El populismo simplemente se ha desbordado, planteando la interrogante de si las decisiones en políticas públicas deben estar sujetas a los humores cambiantes de las bancadas o debería existir una meritocracia más allá de esas circunstancias. En cualquier caso, es un problema que debe abordarse para, precisamente, salvar la libertad.

Por ejemplo, la planilla estatal en las últimas dos décadas se ha cuadruplicado, como si el modelo económico considerara que el Estado es la principal fuente de riqueza. En este contexto, los gobiernos regionales aumentaron planillas en 475%, los gobiernos regionales en 364% y el gobierno nacional en 259%. Sin embargo, en este lapso, el PBI se ha multiplicado por tres (de US$ 76,000 millones a US$ 289,000 millones). En otras palabras, el Estado y la planilla crecen más rápido que la economía. Y si esta tendencia se consolida en el tiempo, el Perú, una economía de ingreso medio, avanzará hacia una involución socialista o estatista que solo perpetuaría nuestra sociedad con enormes bolsones de pobreza.

Cualquiera sea el sector de análisis el populismo y la demagogia saltan directamente al rostro. Por ejemplo, el proceso de reforma universitaria que se implementa desde una década atrás mediante la creación de la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) permitió que de un total de 144 universidades existentes se licenciaran 98 de ellas y se separaran a 46 claustros del sistema porque no tenían las condiciones básicas de la calidad universitaria. Sin embargo, con el paso de algunos meses, sin ningún criterio técnico, las bancadas legislativas crearon 40 nuevas universidades. ¿De qué vale el proceso meritocrático de una década si los esfuerzos pueden ser borrados por una decisión política?

El populismo y la demagogia entonces están entre los peores enemigos de la democracia y la libertad, porque en el largo plazo cuestionan el sistema occidental de elección de autoridades, pluralidad y control del poder. Y esta aproximación vale para entender las tolerancias políticas con la minería ilegal, el aumento indiscriminado del gasto estatal a través de leyes –no obstante que los congresistas no tienen iniciativa de gasto– y la tolerancia del Estado de derecho con quienes violan la ley y los sistemas de propiedad.

¿Cómo entonces evitar que la demagogia y el populismo lo contamine todo? La respuesta está nuestra propia Constitución y las islas de excelencia que se han construido. Por ejemplo, la autonomía que la Carta Política le otorga al BCR ha posibilitado un manejo impecable de la economía a tal punto que hoy la mayoría de los observadores reconoce que nuestro banco central es una especie de guardián del modelo.

Si las cosas van por allí, entonces en el Perú se necesita una gran reforma constitucional que construya columnas de meritocracia alejadas de los humores de la coyuntura política. Por ejemplo, se necesita una gran superintendencia de capital humano que conduzca políticas constitucionales en educación y salud. Los gobiernos podrían aplicar relaciones de más o menos estado o mercado, pero nunca crear 40 universidades con criterios políticos. El mismo asunto vale para las inversiones en infraestructuras, en donde la sobrerregulación, la corrupción y las irregularidades le roban el futuro a los peruanos.

En cualquier caso, el Perú necesita multiplicar modelos BCR en el Estado, necesita discutir las relaciones entre democracia y meritocracia. Un tema central para los candidatos de estas elecciones.

  • 15 de enero del 2026

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