Mariana de los Ríos

Valor sentimental y los límites del arte

Reseña crítica de la más importante película europea del 2025

Valor sentimental y los límites del arte
Mariana de los Ríos
19 de enero del 2026

 

Valor sentimental, dirigida por Joachim Trier, se ha consolidado como una de las películas europeas más relevantes de la temporada cinematográfica reciente y una seria contendiente en la carrera hacia los premios Óscar 2026. Fiel a una filmografía marcada por la introspección psicológica y el análisis de los vínculos humanos, Trier (Copenhague, 1974) construye aquí una obra sobria y exigente, que se mueve entre el drama familiar y la reflexión metacinematográfica. Lejos de los excesos emocionales, la película apuesta por una narrativa contenida que privilegia los silencios, las miradas y los conflictos no resueltos.

La historia gira en torno a Gustav Borg –interpretado por Stellan Skarsgård–, un reconocido director de cine que, tras años de distancia emocional, intenta retomar el contacto con sus hijas adultas, Nora y Agnes. El reencuentro se produce en el marco de un nuevo proyecto cinematográfico de carácter autobiográfico, para el cual Gustav propone a Nora –la verdadera protagonista de la película, interpretada por la noruega Renate Reinsve– participar como actriz. Esta invitación reabre heridas del pasado, expone resentimientos largamente contenidos y obliga a los personajes a confrontar no solo su historia familiar, sino también las implicancias éticas y emocionales de transformar la experiencia vivida en materia artística.

Uno de los mayores aciertos de la película es su negativa a presentar el conflicto como un simple proceso de reconciliación. El relato evita los arcos narrativos convencionales y se instala en una zona de ambigüedad moral, donde ninguna posición aparece plenamente justificada ni completamente condenada. Gustav no es retratado únicamente como un padre ausente, sino también como un creador incapaz de separar su identidad artística de sus vínculos personales. Esta complejidad impide una lectura maniquea y obliga al espectador a sostener tensiones incómodas.

En ese marco, Valor sentimental desarrolla una reflexión incisiva sobre la función del arte como supuesto vehículo de la verdad. El proyecto cinematográfico de Gustav se presenta como un intento de ordenar el pasado y otorgarle sentido, pero la película cuestiona de manera persistente esa pretensión. La creación artística aparece como un acto de interpretación y de poder, en el que la experiencia es moldeada según la necesidad del autor. La verdad, sugiere la película, no emerge intacta del arte, sino transformada y, en ocasiones, distorsionada.

La relación entre Gustav y Nora concentra este cuestionamiento de forma particularmente eficaz. Para ella, la propuesta de su padre no es un gesto reparador, sino una apropiación simbólica de su dolor. La película expone así una dimensión ética del acto creativo: cuando el arte utiliza experiencias ajenas, incluso familiares, puede convertirse en una forma de violencia emocional. Trier no condena explícitamente esta operación, pero la muestra en toda su ambigüedad, dejando que el conflicto se despliegue sin resolución clara.

Asimismo, la noción de catarsis es tratada con escepticismo. Valor sentimental se distancia de la idea clásica según la cual la confrontación con el pasado conduce a una purificación emocional. Las revelaciones y enfrentamientos que atraviesan los personajes no los liberan de sus cargas, sino que los colocan frente a una conciencia más lúcida y, a la vez, más dolorosa de sus vínculos. La película propone una visión del arte y de la memoria como procesos que abren preguntas, pero no garantizan consuelo.

Desde el punto de vista formal, la película refuerza estas ideas mediante una puesta en escena austera y precisa. La fotografía evita el subrayado emocional y acompaña la narración con una distancia que favorece la observación crítica. La dirección de actores privilegia la contención, permitiendo que los conflictos emerjan de gestos mínimos y diálogos fragmentados. Este enfoque contribuye a una experiencia cinematográfica que exige atención activa y rehúye el impacto inmediato.

Las interpretaciones, en especial la de Renate Reinsve, aportan una profundidad notable al conjunto. Su actuación encarna con precisión la tensión entre vulnerabilidad y resistencia, evitando cualquier deriva melodramática. Stellan Skarsgård, por su parte, compone un Gustav complejo, en el que conviven el prestigio profesional y una evidente fragilidad emocional. El equilibrio entre ambos registros actorales sostiene gran parte de la potencia dramática de la película.

En conjunto, Valor sentimental resulta una obra madura y reflexiva, que utiliza el drama familiar para abordar temas más amplios, como el arte, la memoria y la responsabilidad del creador. Sin ofrecer respuestas definitivas, la película plantea dudas incómodas y necesarias sobre la legitimidad de convertir la experiencia íntima en relato público. En ese gesto crítico, Joachim Trier confirma su lugar como uno de los cineastas más lúcidos del cine contemporáneo.

Mariana de los Ríos
19 de enero del 2026

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