Darío Enríquez
Superar el fetiche de la transformación digital
Del imperativo tecnológico al discurrir digital
La expresión “transformación digital” se ha convertido en un mantra contemporáneo. Se repite en conferencias, planes de gobierno y discursos empresariales como si fuese el horizonte definitivo de la humanidad. Lo que comenzó como descripción técnica terminó convertido en un imperativo categórico con tintes mesiánicos. Detrás de esa promesa de progreso se esconde un aire impostado, un exceso retórico que recuerda al “fin de la historia” proclamado por Francis Fukuyama en los años noventa. El riesgo es claro: presentar la digitalización como destino incontestable, como si bastara migrar procesos al entorno digital para resolverlo todo.
Crítica a la noción de “transformación”
El término transformación sugiere ruptura y superación definitiva. Sin embargo, muchas iniciativas digitales se reducen a ajustes superficiales: nuevas interfaces, trámites digitalizados, plataformas de moda. Se trata, en muchos casos, de “cambiar diversas pequeñas cosas para que nada cambie en el fondo”. La épica tecnológica se convierte en disfraz para legitimar continuidades nocivas.
Además, la insistencia en la transformación digital tiende a invisibilizar lo analógico. Los bienes materiales, los servicios presenciales y las relaciones humanas directas siguen siendo protagonistas de la vida social. No todo puede desmaterializarse ni virtualizarse. Alimentación, vivienda, salud, transporte y cultura tangible recuerdan que lo analógico no solamente persiste, sino que sostiene la existencia.
La batalla semántica: de lo “virtual” a lo “digital”
Conviene recordar que virtual significaba “inminente, casi realizado, supuesto”. Con el tiempo, se desplazó hacia el campo tecnológico para designar lo digital. Este tránsito semántico no es inocente: lo virtual pasó de ser posibilidad a convertirse en entorno. La digitalización se apropió del término y lo convirtió en sinónimo de modernidad. Sin embargo, esa apropiación borra matices y reduce la complejidad de los procesos sociales a un lenguaje tecnocrático.
Alternativa conceptual: el discurrir digital
Frente a la grandilocuencia de la transformación, proponemos el discurrir digital. Discurrir implica fluir, avanzar con razonamiento, explorar caminos sin pretensión épica. El prefijo dis- sugiere multiplicidad de direcciones; el verbo currĕre alude al movimiento. La palabra remite tanto al tránsito como al ejercicio del pensamiento (discursus).
El discurrir digital no apunta a un destino final, sino a un proceso abierto y racional. Reconoce la importancia de la tecnología, pero la integra como parte de un continuo histórico, no como ruptura absoluta. Evita el snobismo y la falsa épica: la digitalización se convierte en herramienta para mejorar la calidad de vida, no en fetiche para exhibir superioridad. Se trata de adoptar lo útil y pertinente, sin caer en la ilusión de que lo digital resolverá todos los problemas.
El discurrir frente a la deriva
Es fundamental distinguir el discurrir de la “deriva”. Mientras que la deriva implica un movimiento errático sin propósito, el discurrir evoca la libertad del agente que fluye con dirección, pero sin las ataduras de una épica impostada. Es el esfuerzo humano de siempre por alcanzar nuevas cotas de calidad de vida. Es una visión sistémica que reconoce la coexistencia necesaria entre átomos y bits.
Conclusión
La crítica a la transformación digital no implica tecnofobia, sino un llamado a la sobriedad conceptual. La digitalización es relevante, pero no constituye un “non plus ultra”. La verdadera vanguardia no reside en abandonar nuestra naturaleza material, sino en integrar el avance técnico sin perder el sentido de la trayectoria humana.
Lo analógico sigue siendo esencial y lo digital debe discurrir junto a él. Hablar de discurrir digital permite recuperar la dimensión dinámica y abierta de la tecnología. Debemos escapar del fetiche transformador y situar la digitalización en un marco más realista y humano. El progreso no debería ser una metamorfosis hacia lo artificial, sino la libertad de movernos —de discurrir— en un mundo donde la técnica esté al servicio de la vida, y no al revés.
















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