Darío Enríquez

¿Sabes de dónde vienen las cosas?

Creación de riqueza y neocolonialismo ambiental

¿Sabes de dónde vienen las cosas?
Darío Enríquez
20 de febrero del 2026

 

¿Alguna vez cuestionaste tu conciencia ambiental como un lujo que otros no pueden costear? En un mundo donde el “desarrollo sostenible” se dicta desde oficinas climatizadas en Europa, preguntémonos si realmente salvamos el planeta o simplemente cerramos la puerta a quienes luchan contra la pobreza. Aquí exponemos la fantasía del neocolonialismo “verde” y una verdad incómoda que las modas académicas prefieren ignorar: no hay justicia social sin creación de riqueza.

 

La esencia de la riqueza

La pregunta “¿de dónde vienen las cosas?” abre el debate sobre la creación de riqueza. Definámosla objetivamente: es la acción humana transformando recursos naturales en bienes y servicios que elevan el nivel de vida. Ni magia ni ideología, sino productividad organizada que realiza lo potencial.

 

El camino de los países desarrollados

Occidente alcanzó prosperidad mediante un modelo extractivo intensivo. La industrialización se alimentó de carbón, hierro, petróleo, bosques y mares, sin restricciones ambientales ni morales. Esta acumulación inicial financió educación, infraestructura, ciencia y tecnología, consolidando un círculo virtuoso de crecimiento. El costo fue alto: contaminación, colonización y condiciones laborales duras.

Sin embargo, hay un matiz crucial. Aunque las condiciones fabriles iniciales fueron severas, comparadas con la ruralidad de entonces representaban un avance. El paso del campo a la fábrica ofreció salarios, estabilidad y movilidad social. Con el tiempo, esos países elevaron el estándar de sus trabajadores hasta niveles hoy admirados. La explotación existió, pero fue el precio de una transición que terminó beneficiando a millones, incluso fuera de su espacio geográfico.

 

Eurocentrismo y neocolonialismo “verde”

Un problema surge: desde esa posición privilegiada, se impone al mundo un nuevo paradigma. Bajo la “defensa ambiental” eurocéntrica, dictan reglas desde la comodidad de quienes ya son ricos. Se critica el “sobreconsumo” ignorando que en los países en desarrollo, millones enfrentan el desafío diario de sufrir hambre, consumiendo apenas lo suficiente para sobrevivir.

Quienes devastaron sus recursos para enriquecerse exigen ahora a los pobres que limiten los suyos. Se imponen modelos inciertos —economía circular, decrecimiento, visión verde— mientras se niega derecho a una industrialización intensiva, único camino probado para generar riqueza. Es un paradójico neocolonialismo disfrazado de altruismo que perpetúa la pobreza bajo la bandera de salvar el planeta.

 

La circularidad como supervivencia

Irónicamente, la economía circular, novedosa en países ricos, es práctica común entre los pobres desde siempre. No por moda, sino por necesidad. Nada se desperdicia: ropa heredada, envases reutilizados y aparatos reparados. Mientras las sociedades opulentas desechan lo nuevo apenas pierde brillo, los pobres ejercen una circularidad cotidiana forzada por la escasez.

 

Justicia social y responsabilidad propia

Los países que ejercieron justicia social repartiendo riqueza antes de crearla, terminaron empobrecidos. La redistribución sin crecimiento, guiada por mantras ideológicos, reduce la productividad y ahoga los emprendimientos. La justicia auténtica no es repartir pobreza, sino ampliar la base de riqueza.

Aunque la narrativa del agravio histórico tiene fundamento, a menudo es usada por élites locales como pretexto para no asumir responsabilidad. La verdadera justicia no es reclamar lo que pasó hace 500 años, sino generar riqueza propia, dejar de estorbar a quienes quieren producir hoy y distribuir mejor los resultados.

 
La ficción de la sostenibilidad

Hablar de sostenibilidad sin reconocer la pobreza es un discurso vacío e hipócrita. No se puede “salvar al planeta” excluyendo a quienes carecen de agua, energía o alimentos. La sostenibilidad no debe ser excusa para perpetuar la inacción o bloquear la generación de valor. El desarrollo no es un misterio de fe, sino un proceso que requiere menos abracadabras y más motores.

 

Conclusión

Seguir culpando al pasado o abrazar modelos de decrecimiento donde otros carecen de lo básico no es ética, es cinismo. La verdadera sostenibilidad comienza cuando un país deja de pedir permiso para prosperar y empieza a generar valor. Lo demás es mala poesía desde el privilegio. Tú decides: ¿quieres ser parte de la solución o seguir atado al neocolonialismo disfrazado de bondad?

Darío Enríquez
20 de febrero del 2026

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