El Ministerio de Energía y Minas estaría a punto de come...
Los golpes de los eventos climáticos a la industria pesquera serán devastadores si el Estado se limita a observar. La Comisión Multisectorial ENFEN, en su Comunicado Oficial N.° 14-2026, mantiene la Alerta de El Niño costero y proyecta que el fenómeno continuará con una magnitud entre fuerte y extraordinaria hasta el verano de 2027. El documento precisa, además, que el stock norte-centro de anchoveta permanecerá frente a la costa central, dentro de las diez millas náuticas y a profundidades mayores a su promedio histórico. ¿Por qué esta cifra técnica debería preocupar a todo el país y no solo a los armadores? Porque detrás de esas coordenadas se juega una parte decisiva de la economía nacional.
La anchoveta no es simplemente un pez pequeño que viaja en cardúmenes por nuestro litoral. Es el origen de la harina y el aceite de pescado que el Perú exporta al mundo, insumos esenciales para la acuicultura y la alimentación animal global. Detrás de cada tonelada que llega a puerto hay una cadena que moviliza embarcaciones, tripulantes, plantas de procesamiento, técnicos, estibadores, transportistas, proveedores, puertos y miles de familias. Defender la pesca industrial no significa defender privilegios; significa defender una capacidad productiva que genera empleo formal, divisas, inversión y presencia peruana en los mercados internacionales.
Produce estableció para la primera temporada de anchoveta Norte-Centro de 2026 una cuota de 1,91 millones de toneladas, mediante la Resolución Ministerial N.° 000085-2026-Produce, a partir de la recomendación científica del Instituto del Mar del Perú (Imarpe). La cifra ya era 36% menor que los tres millones de toneladas autorizados en la primera temporada de 2025. Pero ni siquiera ese límite, ajustado a una realidad biológica compleja, pudo aprovecharse plenamente. El 11 de junio, Produce suspendió las actividades extractivas en el espacio marítimo comprendido entre el extremo norte del dominio marítimo peruano y los 16 grados de latitud sur, aplicando el enfoque precautorio. La norma no fue una concesión política ni un gesto administrativo: fue la respuesta obligada frente a un mar alterado, a una mayor presencia de juveniles y a condiciones ambientales que impedían una extracción responsable.
La Sociedad Nacional de Pesquería ha advertido que, antes de la suspensión, apenas se había capturado alrededor de una cuarta parte de la cuota de la primera temporada. Esa cifra revela la magnitud del golpe. Una temporada interrumpida implica menos producción de harina y aceite de pescado, menor actividad en las plantas y una caída en los ingresos de toda la cadena industrial. ¿Significa esto que habría que exigir capturas a cualquier precio? De ninguna manera. La anchoveta es un recurso renovable, pero solo lo será si se respeta su ciclo reproductivo, si se protege a los juveniles y si las decisiones de apertura, suspensión o cierre se sustentan en la evidencia de Imarpe. Cuando el mar cambia, la ciencia debe conducir a la política pública, no la presión gremial ni el cálculo electoral.
El problema, entonces, no es que el Estado aplique el principio precautorio; el problema sería que se limite a suspender sin construir una respuesta nacional para preservar la capacidad industrial durante la contingencia. El Gobierno debe fortalecer el presupuesto, la flota científica y la capacidad operativa de Imarpe para monitorear en tiempo real la biomasa, la distribución y la condición reproductiva de la anchoveta. Produce debe asegurar que sus decisiones sean oportunas, predecibles y técnicamente comunicadas, de modo que la industria pueda organizar sus operaciones, su empleo y sus compromisos comerciales. Y el Ejecutivo debe diseñar mecanismos transitorios para impedir que una crisis climática temporal destruya el capital humano, las capacidades instaladas y el empleo formal que tardaron décadas en construirse. Un país que exporta ciencia pesquera al mundo no puede improvisar frente a su propio fenómeno de El Niño.
El sector privado tampoco puede asumir un papel pasivo. La industria debe reforzar su inversión en tecnología de detección, selectividad, trazabilidad y procesamiento eficiente, y debe participar activamente en la generación de información científica. La pesca industrial peruana ya ha demostrado que puede ser sostenible, competitiva y moderna cuando trabaja bajo cuotas, vigilancia satelital y criterios biológicos rigurosos. El desafío de El Niño exige profundizar ese camino, no abandonarlo.
El Perú no puede resignarse a que cada calentamiento del mar paralice una de sus principales fuentes de riqueza. La anchoveta volverá a encontrar condiciones favorables, pero la recuperación dependerá de que el país preserve hoy la flota, las plantas, los trabajadores y el conocimiento que hacen posible transformar ese recurso en desarrollo. En tiempos de El Niño, proteger la pesca industrial es proteger el empleo, las exportaciones y la capacidad del Perú de volver a ponerse de pie cuando el mar recupere su ritmo.
















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