Oscar Schiappa-Pietra

Trump: el arte de cómo no negociar el conflicto con Irán

Un conflicto que evidencia los errores del presidente de EE.UU.

Trump: el arte de cómo no negociar el conflicto con Irán
Oscar Schiappa-Pietra
27 de agosto del 2026

 

Contrariamente a su autoproclamada habilidad como estratega y negociador, Donald Trump evidencia una y otra vez sus grandes carencias en tales temas. Esto viene evidenciándose con acentuada intensidad respecto al conflicto armado que los Estados Unidos e Israel desencadenaron contra Irán desde el 28 de febrero último. En este artículo identificamos y analizamos algunos rasgos que evidencian tal impericia por parte del actual presidente de los Estados Unidos. Las conclusiones que se derivan de este análisis pueden ser de gran valor orientador para quienes planifican y negocian en diversos ámbitos.

Empecemos subrayando que el conflicto armado y la negociación diplomática representan dos extremos opuestos dentro del mismo espectro político: en el primer caso, se procura imponer un desenlace a través de la fuerza del poder militar; en el segundo, se intenta forjar resultados a través de la persuasión, el mutuo entendimiento y los compromisos compartidos. Usualmente, la terminación de los conflictos armados se plasma en acuerdos negociados por medios diplomáticos. Esta es una de las implicancias de la conocida máxima enunciada por Carl von Clausewitz: “La guerra no es meramente un acto político, sino también un verdadero instrumento político, una continuación del comercio político, una realización del mismo por otros medios”.

(1) El rasgo más saltante en la decisión de los Estados Unidos de atacar militarmente a Irán y de asesinar a los principales líderes del régimen de este país es el de su falta de claridad estratégica, principalmente respecto a los objetivos que se esperaban alcanzar. Pocas horas después de iniciarse las hostilidades, el presidente Trump, en un discurso a la nación, justificó su decisión de ordenar el inicio de hostilidades militares contra Irán enunciando cuatro pretendidos objetivos militares precedidos por uno político. Este último era el derrocamiento del régimen iraní a través de una ilusoria insurgencia popular que supuestamente resultaría de la acción militar estadounidense-israelí: “Finalmente, al gran y orgulloso pueblo de Irán, les digo esta noche que la hora de su libertad está cerca. […] Cuando terminemos [el ataque armado] tomen el control de su gobierno. Será suyo. Esta será probablemente su única oportunidad en generaciones”, dijo Trump. Y los objetivos militares fueron descritos por él así: (1) “Vamos a destruir sus misiles y arrasar su industria armamentística. Quedará totalmente aniquilada de nuevo.” (2) “Vamos a aniquilar su armada.” (3) “Nos aseguraremos de que los grupos terroristas afines a la región ya no puedan desestabilizar la región ni el mundo…” (4) “Y nos aseguraremos de que Irán no obtenga un arma nuclear. Es un mensaje muy sencillo. Nunca tendrán un arma nuclear.” 

Entrando al sexto mes desde el inicio de la agresión militar estadounidense-israelí, ninguno de esos cinco objetivos se ha alcanzado, y durante el lapso transcurrido las principales autoridades del gobierno de Trump han redefinido de modos diversos, o con distintos énfasis, los objetivos perseguidos. El senador estadounidense Chris Van Hollen lo ha resumido muy acertadamente: “La guerra de Irán es una guerra en busca de una misión”. Lejos de avanzar hacia una victoria militar o un acuerdo negociado, el conflicto sigue agravándose y prolongándose, sin vislumbrarse alternativas de solución. 

(2) Esa falta de claridad estratégica se ha visto reflejada también en diversas otras dimensiones: la subvaloración de las capacidades de respuestas militares y políticas de Irán, el soslayo de la necesidad de forjar alianzas internacionales y dentro de los Estados Unidos, la creencia que se alcanzaría una victoria militar y política en breve plazo, etc. 

(3) La misma falta de claridad ha llevado al gobierno de Donald Trump a asumir erróneamente que sus logros militares tácticos equivalen a una victoria estratégica. El primero de marzo de 2026, a pocas horas de haber iniciado el ataque militar contra Irán, el presidente Trump declaró: “Todo el mando militar [iraní] también ha desaparecido, y muchos de ellos quieren rendirse... Están llamando por miles.” Y cuatro días después, el 5 de marzo, la Casa Blanca declaró: “La Operación Furia Épica está cosechando un éxito abrumador y devastador contra el principal Estado patrocinador del terrorismo en el mundo.”

Luego de más de cinco meses de iniciadas las hostilidades, es clamorosamente evidente que los logros militares tácticos estadounidenses no se han traducido en una victoria estratégica. Así, por ejemplo, mediante el bloqueo unilateral del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz, Irán ha introducido en su conflicto con los Estados Unidos una dimensión política y geoeconómica inmensamente poderosa, y ha forzado a la redefinición del contenido de la negociación diplomática entre ambos países. Habiendo soportado los duros embates de una eficaz agresión militar táctica por parte de los Estados Unidos, Irán ha logrado contrabalancear sus efectos con el aumento del propio poder estratégico en este conflicto.

(4) El asesinato del Ayatollah Ali Khamenei y de varios otros de los principales dirigentes religiosos, políticos y militares de Irán, sin haber logrado el derrocamiento del régimen, ha generado allí un complejo proceso de reacomodo y fraccionamiento gubernamental, así como de mayor radicalización antiestadounidense entre las autoridades de ese país. Estos son factores que dificultan aún más el desescalamiento de hostilidades bélicas y el avance de negociaciones diplomáticas. A la animadversión iraní acumulada durante las últimas décadas se agrega ahora un acendrado propósito de venganza por los daños adicionales que Estados Unidos viene causándoles. Este indeseable efecto debió ser parte del inexistente o ineficaz planeamiento estratégico de las hostilidades por parte de los Estados Unidos. 

(5) Además, el asesinato de las principales autoridades gubernamentales de Irán y el ataque militar estadounidense-israelí fue acompañado de declaraciones categóricas sobre el objetivo de procurar el derrocamiento del régimen, lo cual radicalizó la respuesta de éste, al ser evidente que el conflicto tenía para los nuevos gobernantes iraníes un carácter existencial, que ponía en cuestión la sobrevivencia misma del gobierno y de ellos. En adición, evidenciando una vez más la falta de claridad estratégica por parte del gobierno estadounidense, y a la luz tanto de la prolongación del conflicto como de su total ineficacia para generar el pretendido derrocamiento, Trump viró sus pretensiones y su discurso, contradiciendo lo que antes había afirmado categóricamente: “El cambio de régimen no era nuestro objetivo. Nunca hablamos de un cambio de régimen”. 

(6) Los cambiantes y contradictorios mensajes por parte del gobierno de Donald Trump a través de redes sociales, declaraciones públicas y dentro del propio proceso de negociación diplomática, dificulta enormemente el logro de acuerdos, pues hace más gravoso para la contraparte iraní y para los gobiernos mediadores formular propuestas de solución.

(7) La incontinencia y volatilidad verbal de Donald Trump, a las cuales nos hemos referido antes, ha alcanzado proporciones ciclópeas en el contexto del conflicto con Irán, lo cual enreda el camino hacia el logro de una solución negociada, a la vez que erosiona su propia credibilidad y reputación. Los propios ciudadanos estadounidenses han bautizado a Donald Trump con el poco halagüeño acrónimo de TACO: Trump Always Chickens Out (“Trump siempre se acobarda”). 

En este caso –como en el de muchas otras situaciones que involucran importantes intereses estatales– se incurre en el error de propiciar excesiva cobertura de prensa o de saturar las redes sociales con declaraciones impertinentes, lo cual acaba tornándose en un muy gravitante factor distorsionador y limitante del proceso de negociación diplomática. Ese exceso anula el valioso candor que debería caracterizar a quienes participan en los procesos de negociación, e induce a las partes a adoptar posturas rígidas sin arriesgarse a explorar opciones innovadoras. Contrariamente, la discreción -que no debe ser confundida con falta de transparencia- suele ser un rasgo coadyuvante para la mayor eficacia de las negociaciones, particularmente dentro de entornos diplomáticos. 

(8) Un error fundamental en todo proceso de negociación es el de la falta de precisión en la redacción de los documentos que consagran los acuerdos alcanzados entre las partes en disputa. La imprecisión textual facilita el surgimiento de divergencias entre ellas sobre lo supuestamente acordado, alimentando así la probabilidad de reavivar de modo exacerbado el conflicto. 

Eso es exactamente lo que ha ocurrido a raíz de la suscripción del Memorando de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán, fechado el 19 de junio de 2026. La cláusula quinta de este documento estipula: “Tras la firma de este Memorando de Entendimiento, la República Islámica de Irán adoptará de inmediato las medidas necesarias para garantizar que el tránsito de buques mercantes desde el Golfo Pérsico al Mar de Omán y viceversa se reanude en un plazo de 30 días hasta alcanzar el volumen anterior a la guerra, teniendo en cuenta la necesidad de eliminar los obstáculos técnicos y la neutralización de las minas por parte de Irán”. La impericia de los negociadores y gobernantes estadounidenses los llevó a aceptar una redacción tan imprecisa y multívoca. Irán entiende -sin requerir forzar la interpretación de esa cláusula- que la misma le reconoce autoridad exclusiva para controlar (y eventualmente restringir o condicionar) el tráfico marítimo en la importantísima vía del Estrecho de Ormuz, mientras Estados Unidos sostiene lo opuesto.

Acertadamente por ello, el diplomático David Raikow ha denominado a este documento como Memorando de Malentendimiento.

(9) Un factor fundamental en la conducta militar dentro de un conflicto armado, que debiera facilitar el tránsito hacia una solución diplomáticamente negociada es el de la legitimidad, entendida como la conducta ajustada a preceptos éticos y legales. En reiteradas ocasiones a lo largo de este conflicto, el presidente Donald Trump ha declarado públicamente amenazas de ataque estadounidense para destruir infraestructura de uso civil en Irán. Eso contradice flagrantemente los principios éticos de la Guerra Justa, y las normas tanto consuetudinarias como convencionales del Derecho Internacional Humanitario, además de implicar la violación de diversas obligaciones establecidas en la Carta de las Naciones Unidas.

La legitimidad no es un aspecto accesorio o una aspiración meramente idealista para viabilizar el tránsito de un conflicto armado hacia una solución diplomáticamente negociada. Es, por el contrario, un requisito indispensable para crear condiciones mínimas de entendimiento que hagan tolerable un proceso de negociación, y es condición fundamental para forjar alianzas con otros actores a fin de fortalecer la propia postura política.

(10) En todo escenario de conflicto, pero aún más acentuadamente en el caso de un conflicto armado internacional, es indispensable forjar alianzas que fortalezcan la postura política propia y generen posibilidades de apoyo militar. La política exterior del gobierno de Donald Trump y los continuos exabruptos suyos a través de redes sociales o de declaraciones ante la prensa, le impiden a Estados Unidos concertar el apoyo de otros países tanto para dar mayor poderío a las acciones militares contra Irán como para mejorar su propia capacidad negociadora. Las irracionales imposiciones de aranceles adicionales a muy diversos países tradicionalmente aliados de los Estados Unidos, así como las veladas amenazas de ocupar Groenlandia, y las irrespetuosas declaraciones del presidente Trump sobre otros jefes de Estado, entre diversas otras inconductas, han dañado gravemente la capacidad de concertación diplomática de ese país en apoyo de su postura frente a Irán. A ello se agrega que los Estados Unidos e Israel desencadenaron la agresión militar contra Irán sin haber previamente consultado o concertado con sus tradicionales países aliados, y en particular con los demás países árabes del Medio Oriente, y sin haber obtenido una autorización de las Naciones Unidas. 

Este aislamiento autoinfligido por parte de los Estados Unidos viene debilitando enormemente sus capacidades políticas y su poder militar para enfrentar al régimen de Irán.

El presidente Trump tampoco concertó este despliegue bélico con el Congreso de los Estados Unidos, ni procuró obtener su autorización para emprenderlo, lo cual redujo el apoyo político al universo de sus propios partidarios.

En suma, es imposible obviar como conclusión que esta agresión militar estadounidense-israelí y las (hasta ahora) fallidas negociaciones diplomáticas para acabarla han resultado un fiasco de épicas proporciones. El desafío actual radica en desenredar el conflicto para procurar una solución pacífica negociada, es decir que responda tanto a los intereses de Estados Unidos como a los de Irán. Lograrlo es una tarea de mayúscula dificultad, e implica desandar mucho de lo hecho hasta ahora.

Se requiere establecer una tregua en las hostilidades militares; poner fin a los agravios y amenazas a través de redes sociales y declaraciones ante la prensa; reemplazar el equipo negociador estadounidense por uno compuesto de diplomáticos experimentados; fortalecer alianzas entre países que puedan desempeñar una efectiva labor mediadora; diseñar propuestas institucionales para la gobernanza multilateral del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz; acotar las pretensiones maximalistas de los Estados Unidos respecto de Irán; reestablecer la vigencia de los acuerdos sobre control nuclear iraní reflejados en el Joint Comprehensive Plan of Action (Plan de Acción Integral Conjunto), suscrito en 2015 e insistentemente denostado por Donald Trump; y, adoptar una perspectiva estratégica regional, priorizando en particular la largamente preterida atención al clamor para la creación del Estado de Palestina y la protección de sus habitantes.

Oscar Schiappa-Pietra
27 de agosto del 2026

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