Christian Luján

El asesinato de la inocencia y la abdicación del juicio moral

Cuando la falsa compasión se convierte en cómplice del horror

El asesinato de la inocencia y la abdicación del juicio moral
Christian Luján
26 de agosto del 2026

 

El día 24 de enero del 2023, en Duxbury (Massachusetts, Estados Unidos), Lindsay Clancy estranguló por medio de bandas elásticas a su tres pequeños hijos —Cora, de 5 años; Dawson, de sólo 3 años; y Callan, de apenas 8 meses de vida— en el sótano de su vivienda, mientras su esposo había salido a comprar comida. Tras tres ominosos años de la tragedia, en pleno juicio, la defensa de Lindsay argumenta que ella “no es penalmente responsable” por padecer de psicosis posparto; por su parte, la fiscalía insiste en que ella actuó “deliberadamente y con meticulosidad”. No obstante, mientras en el tribunal se delibera, increíblemente, sobre la culpabilidad penal de Lindsay, un bloque de la sociedad ya ha esgrimido un veredicto moral: la absolución total de Lindsay. Incluso, aunque parezca propio de un bacanal infernal, algunos celebraron y justificaron su deplorable accionar.

Y así sucedió. El pasado 20 de agosto, decenas de mujeres vestidas de rosa llevaron a cabo una vigilia frente al tribunal, entrelazaron sus manos, guardaron un minuto de silencio en “honor” a Clancy y portaron camisetas con el hashtag “Todos Somos Lindsay Clancy”, una escena absolutamente terrorífica. En redes sociales, madres irresponsables se filman abrazando a sus propios hijos mientras citan los diarios de la asesina y acompañan estos rituales espantosos con la frase “Same Lindsay”, muchas de ellas confiesan abiertamente haber tenido pensamientos de hacerle daño a sus propias criaturas. Esta decadente realidad no puede disfrazarse de empatía como diversos sectores progresistas y relativistas pretenden hacer; estamos ante la inversión de la jerarquía moral más básica y elemental que puede sostener una civilización, una que coloca el “sufrimiento” de la victimaria por encima de la vida apagada de los seres más vulnerables e inocentes de cualquier sociedad sensata: los niños (sus hijos en este caso).

Alasdair MacIntyre, en su obra máxima: Tras la virtud, realizó una advertencia totalmente asociada con esta terrible situación. El filósofo comunitarista sostenía que la modernidad tardía había reducido el lenguaje de la moralidad a un emotivismo huérfano de fundamentos: las categoría y juicios sobre lo “bueno” y lo “malo” ya no expresan verdades objetivas y medibles sobre la naturaleza del ser humano, sino que responden a simples preferencias emocionales maquilladas de argumentos racionales e intelectualoides.

En este caso, cuando una mujer acaba con la vida de sus tres pequeños e indefensos hijos y la primera respuesta es un “yo también lo he sentido”, no puede normalizarse ni justificarse tales afirmaciones, ni abrir la Ventana de Overton para aceptar que forma parte de una discusión válida. Debe reconocerse que nos encontramos ante, aunque duela reconocerlo, el colapso mismo de nuestra moralidad, y sí, viene siendo un caso más en el que el sentimiento sustituye al juicio y la pseudo-comprensión pretende reemplazar a la responsabilidad.

Otro escenario monstruoso se dio cuando la gobernadora del mismo Estado donde ocurrió la desgracia arriba señalada, Maura Healey, firmó la ley que elimina todo límite gestacional para realizar un feticidio, eufemísticamente llamado “aborto”. Eso permitiía que las madres terminen con la vida de sus hijos en cualquier etapa del embarazo bajo el supuesto paraguas del “criterio professional” del médico, sin una exigencia de condición médica objetiva como sucede en el aborto de caracter terapeútcio. Massachusetts se transforma así en el onceavo estado sin límites en la diferenciación, en los hechos, entre un feto viable y un recién nacido. No es para nada casual que estos atroces eventos se den en el mismo lugar y casi al mismo tiempo; el hilo conductor que conecta ambos hechos yace en que la vida del niño, cuando estorba, se ha vuelto negociable y, en los peores casos, descartable.

  1. K. Chesterton, intelectual inglés y católico, describió al hogar como el fundamento de toda la comunidad humana. Advertía, en esta línea, también que deja de encontrar sentido al sufrimiento y termina perdiendo una parte esencial de sí misma. Hoy parece que el sentido está completamente invertido: el sufrimiento de una madre se pretende presentar como una justificación suficiente, mientras que el sufrimiento y muerte de tres menores, hijos de esa madre, se reduce al mensaje indolente de decir que “un sistema de salud falló”. El dolor de algunos parece justificar la decisión; el dolor de otros apenas merece ser descrito o señalado.

Que quede absolutamente claro: nada justifica las aberrantes acciones de Lindsay Clancy. Ni una supuesta psicosis, ni una posible depresión, ni el “abandono estatal”, ni el más profundo dolor humano. Quien mata a los niños, peor aún siendo parte de su propia prole no merece nada más que el desprecio, el repudio más concreto y hercúleo de una sociedad civilizada. Los pequeños Cora, Dawson y Callan no tuvieron defensa ni voz, ni defensa alguna, les arrebató la vida la persona que debía cuidarlos y protegerlos. Es por todo esto, que no podemos permitir que una ser tan despiadado con la dignidad humana más mínima se convierta en un símbolo de empatía o compasión, si algo simbolizan Lindsay o la gobernadora Healey, por traerla de vuelta, es la barbarie y la depravación.

Christian Luján
26 de agosto del 2026

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