César Félix Sánchez
Richard Swing como paradigma
¿Podría ser un verdadero líder transformador sapiencial?

El viernes pasado el doctor Richard Swing acudió al Congreso a cumplir con su deber de declarar en la Comisión de Fiscalización. Ese era el aparente plato fuerte de la sesión, según los medios. Pero el antipasto fue la participación de la doctora Sonia Guillén, exministra de Cultura, quien, de manera memorable, confesó que no sabía a ciencia cierta si Swing la había renunciado o no, porque era un tema «subjetivo». Y además declinó pronunciarse sobre las capacidades profesionales del individuo en cuestión, ya que este no era «el espacio donde tenga que calificar», aunque luego señaló que su «contratación se dio en base a las referencias de su currículum». Es decir: no se pronuncia sobre sus capacidades, pero sostiene que su contratación se dio por su currículum. Estamos ante un individuo de capacidades indemostrables, según la ministra, pero que tiene un currículum lo suficientemente bueno como para ser contratado por el mismísimo Ministerio de Cultura con un sueldo de seis cifras. Otro oxímoron más del Gobierno de la «negación fáctica» y la «meseta irregular».
Sin embargo, más allá de los pintoresquismos y confusiones de Swing –y sin querer desmerecer su bien ganada imagen de personaje grotesco–, el verdadero plato de fondo era la comparecencia de la incombustible y muy reciclada Patricia Balbuena, exministra de Cultura del vizcarrato y actual viceministra de Desarrollo e Inclusión Social, bajo cuya gestión se inició el swing de los S/ 170,000 en 2018. Balbuena, personaje polifacético y casi renacentista por su desempeño en tan amplias y diversas disciplinas, ha demostrado sus talentos y capacidades de supervivencia, sobreviviendo, de la mano de Vizcarra, a la licitación ganada por una empresa que pertenecía a su propio viceministro, entre otras lindezas. Porque de ahí, creo yo, se empezará a desenredar la madeja. Pero la actual viceministra se excusó de asistir hoy, junto con otro incombustible, Jorge Apoloni. Quizá no haya querido codearse con su antigua «persona de confianza» ante cámaras.
Swing, durante la pesada y extraña sesión, reivindicó sus múltiples medallas de deportista de competición –emulando al nuevo héroe menor de la progresía digital de los últimos días probablemente– y mencionó «las muchas diplomas» (sic) recibidas a lo largo de su vida en reconocimiento a sus abundantes méritos, otorgados por peruanos de ultramar, incluso. Eso sí, se olvidó de explicar las firmas supuestamente falsificadas de Vizcarra de los diplomas que emitía en sus eventos.
Pero ¿quizá no estaremos siendo demasiado duros con Richard? ¿Nuestros prejuicios fujiapristas y ultraconservadores no nos estarán jugando una pasada epistemológica? Porque pensemos: hace algún tiempo algunos talibanes sugirieron que tener como rostro de Aprendo en casa a una actriz cuya fama provenía de algunas escenas de adultos en películas no aptas para niños, podía significar, en algún caso, un incentivo obvio para que los alumnos procuren ampliar sus conocimientos investigando más sobre su profesora; y de todas maneras, una falta de respeto a los miles de maestros con estudios de pedagogía a los que ella reemplaza y representa. Pero felizmente, el decano de la Prensa Nacional, siempre preparado para luchar por la justicia social, fulminó a tales sectarios como «machistas e ignorantes» que «revelaron la violencia enquistada en lo profundo de una sociedad que es incapaz de diferenciar la realidad de la ficción» y que «critica la forma de vestir antes que el conocimiento o las ideas, o las habilidades o el talento» y «donde es más importante cómo se ven las personas que lo que realmente pueden aportar».
¿No ha dicho el doctor Swing que sus delirantes vídeos filtrados anunciado su condición de consejero de Duque y Piñera eran ficción? ¿No habrán sido sus escándalos mediáticos también sofisticadas performances destinadas a demostrar la inexistencia de la realidad en el mundo de la posmodernidad? Por otro lado, ¿no lo estaremos prejuzgando por sus atuendos de colores contrastantes, por sus joyas extravagantes y por sus danzas con pañuelitos, que nuestro eurocentrismo desdeña como chabacanas?
Porque otra de las grandes enseñanzas del Gobierno de la Nueva Normalidad es, por ejemplo, que el registro estándar del castellano corresponde a una imposición de las clases dominantes, que la imponen como «correcta» cuando nada hace que un registro sea mejor que otro. ¿No estaremos en un caso semejante? ¿No serán las manifestaciones culturales de Richard Swing, como el Triángulo del Éxito, tan respetables como las Cantatas de Bach o el Baldaquino de Bernini, según un criterio antiesencialista y poscolonial que tenga en cuenta la diversidad? ¿O quizá más, porque pertenecen a sectores tradicionalmente oprimidos por el heteropatriarcado machista y racista?
La pregunta es: ¿no estaremos siendo richardswingófobos? Porque si no hay esencias, si hasta el sexo es un bien disponible que puede cambiarse a voluntad y el «género es una construcción social», como implica el Currículum Nacional de Educación del 2017, entonces Richard Swing puede ser un verdadero líder transformador sapiencial si él se autopercibe como tal y más aún si el Estado lo reconoce. No somos nadie para juzgar.
Más allá del sarcasmo, la historia de Richard Swing nos revela mucho sobre el Gobierno actual. A la millonaria embriaguez de la publicidad y las consultorías, sistemáticos asaltos legales al erario y sobornos legales a los grandes medios, le acompaña perfectamente una religión política relativista y progre oficial, impuesta desde las aulas y desde los órganos de gobierno, en donde, como diría el viejo tango de Discépolo, «¡todo es igual! ¡nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! ¡No hay aplazaos ni escalafón! (…) ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!». O un consultor de ministerios. O un primer ministro. O un presidente de la nación.
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