Aldo Llanos

Las injusticias políticas y los aristócratas del templo

Ideologías que se develan en la práctica como verdaderas pseudorreligiones

Las injusticias políticas y los aristócratas del templo
Aldo Llanos
06 de mayo del 2022


Uno de los acontecimientos que describen perfectamente las prácticas políticas injustas pero efectistas, de cara a las masas, es el juicio y posterior condena a Jesucristo. ¿Quiénes llevaron a cabo esta injusticia? Pues ni más ni menos que los “aristócratas del templo”, aquellos que se comprenden a sí mismos como los únicos capaces de vivir plenamente la “única” espiritualidad (ya ni siquiera digo “una” espiritualidad) y que sostienen concepciones religiosas cerradas en sí mismas. 

Según los Evangelios, el prefecto de la provincia romana de Judea, Poncio Pilatos, a insistencia de la masa azuzada por los aristócratas del templo, efectuó públicamente una amnistía de carácter popular y de alcance jurídico: liberar a un preso por aclamación popular en Pascua. Pilatos, en aquella ocasión, dio a elegir, mediante una suerte de referéndum, la liberación de dos candidatos, Jesús o Barrabás. El resultado era previsible. El terreno ya había sido abonado para que se decante el voto por la opción “digitada”. Los partidarios de Barrabás habían sido movilizados para la ocasión y se le lavó la cara a quién los evangelistas describen como un revoltoso y ladrón.

Probablemente Barrabás fue parte de los movimientos de insurrección contra los romanos, razón por la cual habría cometido una serie de crímenes, desde el saqueo hasta el asesinato. Sin embargo, su figura fue promocionada para la ocasión como la de un “luchador social contra la opresión”, en un acto de cálculo político obviando los crímenes cometidos. ¿Y Jesús? ¿Y la verdad? Pero hay más. Para San Mateo, a insistencia de Pilatos para liberar a Jesús y no derramar sangre inocente, la masa responde a gritos: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mateo 27, 25) 

Aquí se marca una diferencia sustancial entre los aristócratas del templo y quienes son adoradores en Espíritu y en Verdad, los pobres de Dios, los anawin, aquellos que en última instancia nunca pondrán sus esperanzas en el poder sino en Dios. Para los aristócratas del templo y sus corifeos, la sangre del inocente es una maldición y una amenaza, pero para los anawin, aquella sangre derramada no es una condena sino la prueba de su salvación. Es la “sangre de la nueva alianza derramada para el perdón de los pecados” (Mateo 26, 28). 

Por otra parte, Pilatos era la encarnación del poder imperial romano, autoritario y cruel con todos aquellos que no se sujetasen a su propuesta política y social. Jesús, en sí mismo, no era un problema para Roma, ya que no implicaba una alteración del proyecto romano. En efecto, tal y como se desprende del Evangelio, Pilatos veía el problema en la zona de los aristócratas del templo y no en su propia zona. Sin embargo, para estos últimos, con tal de eliminar a Jesús, era necesario apelar a la defensa de Roma y el emperador, con tal de poder callarlo y desaparecerlo.

¿Acaso no causa perplejidad que alguien creyente sea capaz de traicionar sus propias convicciones trascendentes por conveniencias mundanas? ¿Acaso no causa estupefacción escuchar a alguien creyente ser capaz de legitimar la violencia (en cualquiera de sus formas) por motivaciones terrenales, aunque estas estén adornadas de excusas religiosas?

Entonces cabe preguntarse, ¿el reino de Dios en este mundo no debería tener ni un ápice de político? Jesús, durante el interrogatorio de Pilatos, le había respondido que era Rey y que su reino estaba sustentado por el testimonio de la Verdad. ¿Qué clase de reino es este en la cual la Verdad es piedra angular?, ¿Cómo hacer hoy política anclada en la Verdad y no en las verdades? Si las verdades humanas son siempre “recusables” es necesaria una política que contemple esto (ya que es lo propiamente humano) y que, a su vez, permita ser reflejo de la Verdad: Dios es el creador del mundo y toda actividad humana, deberá dar testimonio de esto. Se trata de “poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 183). Dios es la medida de todas las cosas y la medida del quehacer político. 

Tal y como lo advertía Benedicto XVI, si no reconocemos esto solo habrá lugar para las verdades humanas y no para la Verdad, y con ello, sólo queda el camino del pragmatismo político tal y como lo llevaron a cabo los aristócratas del templo. Tanto los de ayer como los de hoy. Aunque embadurnen sus pragmatismos con enunciados religiosos. 

Pero no se confundan, los aristócratas del templo no son exclusivamente religiosos. Hoy que las ideologías políticas se develan en la práctica como verdaderas pseudorreligiones, allí se incuban también sus propios aristócratas del templo. Capaces de incendiar la pradera, aunque muchos inocentes mueran calcinados. Capaces de enfrentar peruano contra peruano con tal de capturar el poder. Capaces de acuñar como lema nacional “salvo el poder (político y terrenal) todo lo demás (como la Verdad), es ilusión”. Porque para ellos el fin justifica los medios, aunque de por medio, se apele a la democracia, o la defensa de los más vulnerables. 

Aldo Llanos
06 de mayo del 2022

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