Heriberto Bustos

La política del espectáculo y el vacío ético

Un país difícilmente sobrevive a la pérdida total de sus valores

La política del espectáculo y el vacío ético
Heriberto Bustos
12 de febrero del 2026

 

La relación entre ética y política ha sido históricamente tensa, pero hoy parece haberse roto por completo. Lejos, y con un imperceptible eco, quedaron las palabras de Eleanor Roosevelt: “La política no es un juego. Es la forma más solemne de cuidar del destino de los hombres”.

Hoy resulta casi normal que quienes nos gobiernan carezcan de los valores mínimos de integridad y decoro. Allí están, como prueba, expresidentes como Toledo, Humala, Castillo o Vizcarra, quienes, en el colmo de la desvergüenza, exigen liberación mientras rinden cuentas a la justicia. A este escenario se suma una gestión actual que parece rifar los destinos económicos del país al son de la rumba, bajo el aval de sectores enquistados en el Congreso –como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Podemos y Somos Perú–, cuyo cambio de última hora no haría sino atizar más la hoguera de un irresponsable espectáculo. 

Bien sabemos que la política sin ética es puro ejercicio de poder bruto, pero carece de autoridad. La autoridad no se recibe con la banda presidencial ni con el carné de congresista; se construye mediante la coherencia. Cuando un político comete actos bochornosos o incurre en el ridículo, no solo daña su imagen personal, sino que erosiona la dignidad de la institución que representa, dejando al ciudadano huérfano de referentes.

¿Cómo podemos exigir seguridad en las calles si no hay autoridad moral en el Palacio? ¿Cómo podemos esperar que la economía florezca si la confianza —ese activo intangible pero vital— está por los suelos?

Como bien afirmaba Nelson Mandela: “La política puede ser un arma noble para servir al pueblo, si quienes la practican tienen principios y buscan el bien común”. En un clima de inseguridad, la ética actúa como el ancla: es el compromiso innegociable con la verdad. Recuperar esta relación significa entender que quien no es capaz de gobernar sus propios apetitos personales, jamás estará capacitado para gobernar una nación.

Existe el error común de pensar que la ética es un asunto "romántico" y la economía un asunto "práctico". Nada más falso, la corrupción y la falta de valores son, en realidad, los mayores sobrecostos de un país. La integridad es la infraestructura invisible que permite que el dinero del Estado llegue realmente a las escuelas, comisarías y postas médicas; un político ético es eficiente por definición, porque no desvía recursos ni infla presupuestos para intereses particulares.

A pocos meses de un nuevo proceso electoral, el sentimiento que nos une es el cansancio. Un agotamiento que nace de ver cómo la máxima investidura del país se ha convertido en una fuente inagotable de anécdotas penosas que dan la vuelta al mundo. Sin embargo, quedarnos solo en la burla es un error peligroso; lo que presenciamos es el síntoma de una fractura ética que carcome los cimientos de la sociedad.

Es momento de dejar de ser espectadores del ridículo y empezar a ser jueces de la integridad. Recordemos lo señalado por Winston Churchill: “El político se convierte en estadista cuando empieza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

En las elecciones de abril, nuestra tarea no debe ser buscar al outsider más ruidoso ni al más hábil en las redes sociales: el reto es identificar a quienes tengan la solvencia moral para devolverle la dignidad al cargo. Un país puede sobrevivir a una mala racha económica, pero difícilmente sobrevive a la pérdida total de sus valores.

Heriberto Bustos
12 de febrero del 2026

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