Heriberto Bustos
El fin del eje bolivariano y el nuevo mapa regional
La caída de Maduro ocasionará un reordenamiento político
Los hechos ocurridos en los primeros días de enero en Venezuela, vinculados a la captura y traslado de Nicolás Maduro a Estados Unidos y a su inmediata repercusión interna, representan un punto de inflexión histórico. No solo alteran de manera decisiva el rumbo político venezolano, sino que también sacuden los cimientos geopolíticos de América Latina, al modificar de forma sustantiva el contexto regional y los equilibrios de poder construidos durante las últimas dos décadas.
Durante más de veinte años, el chavismo funcionó como eje financiero y político de la izquierda radical en la región, articulado principalmente en torno al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América–Tratado de Comercio de los Pueblos). Este bloque nació en 2004, en La Habana, como resultado de la alianza personal e ideológica entre Hugo Chávez y Fidel Castro, y se presentó como una respuesta directa al ALCA promovido por Estados Unidos. Venezuela se posicionó entonces como líder de una supuesta “geopolítica alternativa”. Hoy, sin embargo, más que un motor económico, el ALBA se ha convertido en una alianza ideológica de supervivencia. Con la caída de sus líderes históricos y el giro político de varios países de la región, el bloque se ha reducido a un espacio de retórica antiimperialista, marcado por la fragmentación y la resistencia defensiva frente a sanciones y presiones internacionales.
La caída de Maduro ha provocado, en primer lugar, una profunda división entre los gobiernos latinoamericanos. Países como Brasil, México, Colombia y Chile han condenado la intervención de Estados Unidos, calificándola como una violación de la soberanía y un precedente peligroso para la autonomía regional. En contraste, gobiernos como los de Argentina y Ecuador han celebrado la captura, viéndola como un paso necesario contra el narcoterrorismo y el fin de una dictadura. En este contexto, el presidente interino Jerí fijó la posición del Estado al señalar que en Venezuela existía un régimen dictatorial tolerado por la comunidad internacional y que, tras lo ocurrido, debía recuperarse el orden constitucional con los propios venezolanos, reconociendo al presidente legítimamente electo.
En segundo término, este quiebre ha debilitado seriamente a dos dictaduras históricas aliadas de Caracas. En Cuba, la caída de Maduro supone no solo la pérdida de un socio ideológico, sino también de su principal sustento logístico y financiero, empujando al país a una suerte de economía de guerra. En Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega enfrenta un aislamiento inédito tras derrotas políticas de sus aliados regionales y la reciente calificación de Ortega y Rosario Murillo como narcoterroristas por parte de Estados Unidos, un golpe simbólico y político de enorme peso.
En el plano regional, la caída de Maduro no representa simplemente un cambio de gobierno, sino el colapso de un modelo de resistencia ideológica que marcó a América Latina en el siglo XXI. En el ámbito interno, y en pleno contexto electoral, muchos candidatos identificados con la izquierda intentan ahora distanciarse del chavismo para sobrevivir políticamente, centrando su discurso en la soberanía de los recursos naturales y en proyectos como Chancay, presentados como símbolos de independencia frente al imperialismo.
El desafío central para quienes aspiran a la presidencia ya no será solo elegir un bando en esta nueva guerra fría regional, sino demostrar que es posible atraer inversión estratégica de China sin poner en riesgo la alianza de seguridad con Estados Unidos. En el orden post-Maduro, la ideología pierde fuerza; lo que queda es la urgencia de ofrecer resultados concretos.
















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