Heriberto Bustos
Juego sucio: en el chifa, en la cancha y en las urnas
Es momento de cerrarle el paso a la "viveza" y a la "criollada"
El ruido mediático en torno a las acciones del presidente Jerí, las indisciplinas en Alianza Lima y el turbio armado de las listas electorales parece haberse desvanecido con la rapidez de un rayo. Como sociedad, mostramos una peligrosa amnesia frente a las afrentas morales, corriendo el riesgo de normalizar lo incorrecto. Reuniones clandestinas, falta de profesionalismo y alianzas por conveniencia son caras de una misma moneda: la erosión de la ejemplaridad.
Tanto un presidente como un futbolista de selección o un dirigente político son "espejos". En un espejo roto, la sociedad se refleja distorsionada. Sin ética no hay desarrollo económico sostenible ni competitividad deportiva internacional; mucho menos el afianzamiento de una democracia sana.
Las reuniones clandestinas en el restaurante del empresario Zhihua Yang, bajo capuchas para evadir la identidad, reflejan un profundo desprecio por la transparencia. Esa misma imagen proyectan las fiestas desmedidas en momentos críticos de un club o las constantes denuncias por indisciplina. De igual forma, las inconsistencias ideológicas en la definición de candidatos terminan por sepultar la confianza en nuestras instituciones.
Existe una simetría aterradora entre el despacho presidencial, el vestuario de Matute y los pasillos de los partidos políticos. Mientras Jerí se deslizaba entre las sombras de un chifa clausurado para pactar intereses ajenos al país, a pocos kilómetros, ciertos referentes del fútbol daban su propio golpe a la decencia, y los partidos ultimaban detalles para obtener el visto bueno del JNE a cualquier costo. El Ejecutivo intentó vendernos el cuento de los "caramelos y cuadros chinos" para justificar una presencia injustificable; una excusa tan cínica como el "soy el mejor" de un Carlos Zambrano que, entre excesos y desplantes al profesionalismo, parece haber olvidado que el talento sin disciplina es solo un espectáculo vacío.
Al final, la capucha de Jerí, el chimpún de Zambrano y el pragmatismo amoral de los partidos son síntomas de una élite que se siente tan por encima de la norma que ha perdido el miedo a la vergüenza. Nos están dejando huérfanos de modelos a los cuales admirar sin sentir que, al hacerlo, traicionamos nuestra propia integridad. La ética no es un lujo decorativo; es la columna vertebral de nuestra convivencia. Cada vez que aceptamos la excusa infantil de un político o el desplante de un deportista, cavamos más hondo el foso de nuestra propia decadencia. Es momento de pasar de la queja pasiva a la exigencia activa.
El primer paso para la sanación del país es dejar de aplaudir el talento sin carácter y la astucia sin ética. La recuperación del Perú no vendrá de una reforma legislativa ni de un nuevo director técnico; vendrá de un pacto ciudadano que nazca de nuestra propia indignación y se concrete en las urnas. No podemos seguir siendo cómplices de nuestra propia ruina. En estas elecciones, el voto es nuestra herramienta de higiene pública. Es momento de cerrarle el paso a la "viveza" y a la "criollada" que se disfrazan de pragmatismo.
Castiguemos con el rechazo a quienes ven la política como un chifa de sombras o la cancha como un espacio de impunidad. Solo cuando el honor valga más que un contrato y la decencia sea el requisito mínimo para el liderazgo, empezaremos a construir un país donde se pueda caminar sin capuchas, jugar con orgullo y gobernar con la frente en alto. El cambio no es una promesa electoral, es una decisión ciudadana: no permitas que la corrupción se afirme con tu voto.
















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