Fernando Peña

La frase de Macera y el retrato de un país en crisis

El poder no se ejerce para ordenar, sino para aprovechar el desorden

La frase de Macera y el retrato de un país en crisis
Fernando Peña
12 de febrero del 2026

 

Cuando Pablo Macera dijo que el Perú es un burdel no estaba haciendo una boutade intelectual ni buscando escandalizar por gusto. Estaba poniendo en palabras crudas algo que muchos intuimos, algo que se siente en la piel cuando uno mira el país con honestidad: el desorden convertido en sistema, el caos como normalidad, la falta de horizonte como destino.

La palabra es dura, sí. Incómoda. Pero precisamente por eso funciona. Porque un burdel no es solo un lugar de transacción inmediata: es un espacio donde todo se compra, donde nadie se queda, donde no hay futuro ni proyecto común, donde el cuerpo –y en este caso el país– se usa, se gasta y se desecha. Macera no insultaba al Perú; describe la manera en que el Perú ha sido tratado y, peor aún, la manera en que hemos terminado aceptando que funcione.

Basta mirar nuestra historia reciente para entenderlo. Crisis tras crisis. Gobiernos que no terminan, presidentes que desfilan como clientes apurados, instituciones que no construyen nada duradero porque solo están ahí para el momento, para el beneficio inmediato. Todo es precario, improvisado, provisional. Nadie invierte en el largo plazo porque el largo plazo, en el Perú, parece una ingenuidad.

La política es el ejemplo más obsceno. No hay proyecto de país, no hay visión compartida, no hay continuidad. Hay sobrevivencia. Hay cálculo. Hay reparto… Hay transa. El poder no se ejerce para ordenar, sino para aprovechar el desorden. Y en ese contexto, hablar de futuro suena casi inconveniente, como si fuera una promesa que ya nadie se atreve a creer.

Ese es el verdadero drama que encierra la frase de Macera: no solo el caos, sino la renuncia a la perspectiva. Un país que vive al día, que repite sus errores con una disciplina casi asombrosa, que se indigna un rato y luego sigue igual. Un país donde la inestabilidad política no es una excepción, sino la regla; donde la crisis no interrumpe la normalidad, sino que la define.

Y lo más acerbo es que nos hemos acostumbrado. Hemos aprendido a convivir con el desorden como si fuera parte de nuestra identidad, como si no hubiera alternativa. Nos dicen que siempre ha sido así, que así somos, que no se puede pedir más. Esa resignación es quizá la forma más profunda de violencia que se ejerce sobre nosotros.

Por eso la frase contraría. Porque no permite el autoengaño. Porque no adorna el desastre con retórica patriótica. Porque nos obliga a preguntarnos si queremos seguir viviendo en un país sin reglas claras, sin rumbo, sin mañana, o si en algún momento vamos a exigir algo más que sobrevivir entre crisis.

Macera no nos estaba despreciando. Nos estaba provocando. Y tal vez eso sea lo más incómodo: aceptar que, mientras no rompamos con esta lógica del caos administrado, del desorden rentable, de la inestabilidad como negocio, el país seguirá siendo usado, una y otra vez, sin que nadie se haga ciertamente responsable de su destino.

Fernando Peña
12 de febrero del 2026

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