Fernando Peña

La paradoja del Perú

Un país desbordado de riqueza, pero que sigue atrapado en la precariedad política y moral

La paradoja del Perú
Fernando Peña
28 de enero del 2026

 

El Perú aún sigue siendo una contradicción permanente. Un país desbordado de riqueza –natural, cultural, histórica y humana–, pero que sigue atrapado en una precariedad política y moral que no se condice con todo lo que podría ser. Tenemos casi todo, salvo lo esencial: un rumbo compartido y una dirigencia a la altura de ese desafío.

La paradoja peruana no está en la falta de recursos, sino en la incapacidad de convertirlos en un proyecto colectivo. Somos un país minero, agrícola, marítimo, amazónico, turístico y creativo. Pocos territorios en el mundo concentran tanta diversidad y potencial. Pero esa abundancia convive con la improvisación, la desigualdad persistente y una sensación crónica de frustración. Como si el Perú siempre estuviera a punto de despegar, pero algo –o alguien– apagara los motores a último momento.

Ese “algo” tiene nombre: la ausencia de un proyecto nacional. No uno declamado en discursos grandilocuentes o en planes que duermen en los anaqueles del Estado, sino un acuerdo básico sobre qué país queremos ser y cómo vamos a construirlo. Un horizonte que trascienda gobiernos, ideologías y cálculos electorales. Sin ese norte, el Perú avanza a trompicones, reaccionando a las crisis, administrando la urgencia, pero sin pensar estratégicamente su futuro.

A esta carencia se suma un problema aún más profundo: la debilidad –cuando no la degradación– de su clase dirigente. El Perú no solo adolece de malos gobiernos; padece una crisis de liderazgo. Políticos sin vocación pública, élites desconectadas del país real, tecnócratas sin sensibilidad social –con una perspectiva meramente citadina– y politicastros que confunden el poder con botín. La política se ha convertido, demasiadas veces, en un espacio de oportunismo antes que de servicio.

No se trata de idealizar el pasado ni de negar avances. El Perú ha crecido, ha reducido la pobreza, ha ganado visibilidad internacional. Pero ese progreso ha sido frágil, desigual y, sobre todo, sin cimientos éticos sólidos. Cuando la corrupción se cronifica y la mediocridad se vuelve hábito, el crecimiento pierde sentido y la democracia se vacía.

Mientras tanto, la población sobrevive como puede. Emprende, trabaja, migra, resiste. El peruano común suele ir varios pasos adelante del Estado que lo gobierna. Hay talento, esfuerzo y creatividad de sobra en los barrios, en las provincias, en los jóvenes que no se resignan. Lo que falta es un sistema que los convoque, que los represente y que no los traicione.

El infortunio del Perú no es estar condenado al fracaso, sino acostumbrarse a vivir por debajo de sus posibilidades. Normalizar la crisis, relativizar la corrupción, resignarse a la mediocridad. Y esa, quizás, es la incongruencia más dolorosa: un país inmenso, conducido por una pequeñez moral que le impide reconocerse y proyectarse.

Romper este círculo no será rápido ni sencillo. Demanda ciudadanía, organización, instituciones más fuertes y, sobre todo, una nueva generación de líderes íntegros, capaces de pensar el Perú más allá de su propio beneficio. Un proyecto nacional no se decreta: se construye. Pero, para empezar, hace falta algo básico y urgente: voluntad de poder y decencia.

El Perú no necesita milagros. Necesita visión, ética y coraje. Todo lo demás ya lo tiene.

Fernando Peña
28 de enero del 2026

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