Aldo Llanos
La importancia de la espiritualidad en el gobierno político
A propósito de la elección del nuevo alcalde de Lima

Rafael López Aliaga es el nuevo alcalde de Lima. Y aunque la campaña por el sillón municipal haya estado “fría” en este proceso, muchas cosas siguen diciéndose de él por redes sociales. Uno de los tantos sambenitos que pesan sobre él, desde hace tiempo, es el de su pertenencia al Opus Dei. Esta crítica es simplista y superficial, pero bien vale preguntarse qué tanto puede aportar el vivir esta espiritualidad al ejercicio del cargo político.
Para empezar, debemos recordar una cita de San Josemaría: “Todo trabajo es hermoso a los ojos de Dios, si se hace con amor y se termina con esmero. (…) Ante Dios tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante, si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir” (febrero, 1967). De aquí se extraen dos ideas fuerza al respecto, la primera, que la medida de un trabajo bien hecho es el amor (lo que implica “finura en los detalles” y “afán de servir”); y la segunda, que toda labor tiene como finalidad agradar a Dios siendo el camino, el amor a los demás.
¿Qué puede extraerse de esto? Que una autoridad elegida al vivir la espiritualidad de la Obra, no descubre a Dios fuera de su trabajo sino precisamente, en medio de este. En ese sentido, no se trata de una mística de “ojos cerrados”, como se simboliza a Buda en meditación, sino, de una de “ojos abiertos” que le permite descubrir a Dios en medio de todos los trabajos y quehaceres.
Cuando se vive la espiritualidad del Opus Dei bien entendida no se confunde religión con política, lo que lleva a pensar equivocadamente que el Reino de Dios se alcanza cuando triunfa un “partido católico” o se establece una “política católica”. Nada más equivocado. El Reino se alcanza cuando dejo entrar en mi corazón a un Dios que, apuesta por mí, aunque yo no de la talla y aunque esté lleno de errores, porque es a partir de esta experiencia personal, cuando la autoridad elegida impregnará con la alegría de ese encuentro todas sus decisiones en búsqueda del bien común.
Pero también evitará considerar que la religión y la política están totalmente separadas situando a la espiritualidad en el ámbito de lo privado y a su labor como gobernante, en el ámbito de lo público, porque la fe, como don que sostiene una espiritualidad, es método de conocimiento que le permitirá con esa luz mirar la coyuntura de Lima y sus problemas, cuestionándolo sobre qué puede hacer por sus habitantes en el orden práctico y prudencial y “ganándose” el cielo con ello.
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