Alejandro Arestegui

La guerra cultural y los partidos políticos estadounidenses

Los resultados de las recientes elecciones y la polarización

La guerra cultural y los partidos políticos estadounidenses
Alejandro Arestegui
06 de noviembre del 2026

 

Este martes 3 de noviembre se celebraron las elecciones “de medio término” en los Estados Unidos. Como bien sabrán, los resultados han significado un duro golpe para el trumpismo, MAGA y en general para todo el partido republicano. Más allá de la apabullante victoria de los demócratas, debemos señalar algo preocupante: la mayor polarización por cada elección que pasa y la presencia izquierdista más radical dentro de los demócratas. Esta columna no va a ser el típico análisis postelectoral, de los cuales ya se encuentran circulando bastantes; aquí vamos a hablar del serio problema que atraviesa Estados Unidos y de por qué las elecciones de 2028 serán decisivas.

La polarización en Estados Unidos es cada vez mayor; sin embargo, esta idea ya se evidenciaba desde las últimas décadas del siglo pasado. El libro Culture Wars, de James Davison Hunter, explicó hace 35 años lo que el autor denominaba “guerra cultural”. Davison avizoraba una polarización tan grande en los Estados Unidos que iba a provocar diferencias irreconciliables y prácticamente dos posiciones totalmente contrastables y antagónicas entre sí. Esto es más que evidente en nuestros días tras los últimos resultados del partido demócrata en las elecciones de medio término. 

El término guerra cultural suele ser utilizado con frecuencia en el ámbito político norteamericano. Este término comenzó a utilizarse en la década de los 70 y los 80, pero no fue hasta los años 90 que se popularizó tras la publicación del libro “Culture Wars” de James Davison Hunter en 1991. Es más, cabe mencionar que este libro tuvo un gran impacto dentro del ámbito académico y mediático. En este libro, Hunter explica qué es la guerra cultural en Estados Unidos, cómo surgió y quiénes son los actores detrás de dicho conflicto o lucha cultural. 

Hunter sostiene que, a diferencia de lo que sucedía hace siglos en la modernidad temprana, los antagonismos ya no son entre protestantes y católicos, sino entre grupos de actores culturales muy distintos e históricamente incompatibles. En efecto, la guerra cultural no consiste únicamente en una disputa entre partidos políticos o clases sociales, sino en un enfrentamiento de valores y creencias esenciales acerca del orden moral de la sociedad. Asimismo, este sociólogo norteamericano plantea que la guerra cultural no debe concebirse como una mera suma de conflictos sociales, como el aborto o las luchas por los derechos de las mujeres. La guerra cultural comprende todos estos asuntos, aunque su origen se encuentra, en realidad, en distintas concepciones sociales y morales. Por ello, Hunter sostiene que el conflicto cultural en Estados Unidos enfrenta a ortodoxos y progresistas. Los ortodoxos sostienen una concepción moral tradicional y absoluta, sustentada en principios religiosos, mientras que los progresistas promueven una moral flexible y relativa, que suele adaptarse al contexto social y a las transformaciones culturales. En este contexto, Hunter caracteriza la guerra cultural como una hostilidad política y social cimentada en distintos sistemas de comprensión moral. Estas hostilidades buscan imponer un ethos cultural y moral. Además, no se trata de simples actitudes que puedan modificarse de un día para otro, sino de creencias fundamentales que brindan identidad y cohesión a quienes viven conforme a esos principios y valores.

Aparte de ello, Hunter afirma que, en la actualidad, las divisiones políticas no tienen un origen teológico ni eclesiástico, sino que derivan de distintas cosmovisiones. Para este autor, los conflictos culturales ya no se enfocan en asuntos doctrinales, sino en nuestras ideas más básicas acerca de cómo organizar nuestras vidas y de cómo debería ser la sociedad en su conjunto. Por eso, hoy la guerra cultural se concentra en temas como el aborto, la cuota de género, los derechos de los homosexuales y el multiculturalismo. Hunter sostiene que las categorías de ortodoxos y progresistas son imperfectas, aunque aclara que busca describir brevemente dos visiones morales opuestas. Así, según él, ambos términos aluden a credos doctrinales concretos o a prácticas religiosas específicas. Lo que comparten los ortodoxos es su compromiso y lealtad a una autoría externa y trascendente que establece qué es lo bueno, qué es la verdad, qué es la bondad, cómo debemos vivir y quiénes somos en realidad. En cambio, los progresistas suelen definir la autoría moral a partir del espíritu de la era moderna, es decir, de un espíritu racionalista y subjetivista. Por ello, para los progresistas, la moralidad es un proceso o una realidad en permanente evolución. Además, incluso los progresistas religiosos suelen ajustar sus dogmas religiosos a la época actual.

Por ello, todas las conmociones progresistas comparten la tendencia a volver a simbolizar las creencias históricas conforme a los supuestos que predominan en la vida contemporánea. Por otra parte, Hunter indica que, en última instancia, el conflicto cultural constituye una lucha por la dominación. En este contexto, lo que está en juego es el poder, es decir, la capacidad de alcanzar y conservar el poder para definir la realidad misma. Por ello las elecciones pasadas son un reflejo de la guerra cultural que está gestándose en suelo estadounidense. Esta vez, los progresistas ganaron de forma contundente, pero no cualquier progresista, sino el ala socialista de estos. Quizás estamos ante el ala más radical y de extrema izquierda que poco a poco trata de tomar las riendas de uno de los partidos hegemónicos dentro de los Estados Unidos. No son un partido aparte, la izquierda radical dentro del partido demócrata generalmente que antes representaba Bernie Sanders. 

En estas elecciones intermedias, los Socialistas Democráticos de América lograron expandir significativamente su representación, consolidando el grupo de socialistas más grande en la historia de la Cámara de Representantes. A nivel federal, la organización sumó nuevos legisladores en la Cámara Baja, mientras que en el Senado y las gobernaciones figuraron candidatos progresistas con simpatía o respaldos del sector. Dentro de los Nuevos miembros electos, aparte de Tlaib u Ocasio-Cortez que fueron reelegidos se unen Darializa Ávila y Claire Valdez por Nueva York, Melat Kiros por Colorado, Donavan McKinney por Míchigan y Chris Rabb por Pensilvania. En el senado, tanto Abdul El-Sayed de Míchigan se une al ala radical demócrata y Angie Nixon de Florida ganó las internas demócratas, pero perdió por poco en las elecciones estatales contra los republicanos.

Estos resultados nos ofrecen tres conclusiones claras. La primera es que la guerra cultural que Hunter previó hace años se está gestando en Estados Unidos. La segunda es que el ala socialista radical de los demócratas reta al establishment partidario y amenaza con contaminar al país con leyes intervencionistas y estatistas. La tercera y última conclusión es que los republicanos deben reorganizarse y que ramas como la House Liberty Caucus desplacen a los populistas del MAGA. Si los republicanos no logran revertir esta situación en estos dos años que le queda a la administración Trump, otra vez los progresistas llevarían la delantera en la guerra cultural. 

 

Alejandro Arestegui
06 de noviembre del 2026

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