Berit Knudsen
Un triunfo sin mandato: midterms 2026 en Estados Unidos
Resultado electoral no implica una adhesión a la agenda del Partido Demócrata
El triunfo demócrata del 3 de noviembre dice más sobre Donald Trump que sobre el Partido Demócrata. Los demócratas recuperaron la Cámara y varios escaños republicanos del Senado, entre ellos Texas, Kansas y Carolina del Sur, estados en los que Trump ganó por más de diez puntos en 2024. Fue un voto de protesta. Por ello, suponer que el resultado implica adhesión a una agenda o la victoria de una de las alas del partido Demócrata es un error.
Los demócratas no son una fuerza homogénea. Analistas afirman que se dividen en un campo centrista y otro progresista que discrepa sobre Israel, China, los aranceles y la inteligencia artificial, con marcadas diferencias al interior de un partido que aún no ha decidido restaurar el orden liderado por Estados Unidos o superarlo. El ala progresista tiene figuras visibles: Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortés y Zohran Mamdani, cuyos aliados desplazaron en junio a dos congresistas en Nueva York. En noviembre Abdul El-Sayed, que defiende Medicare para todos e impuestos a los ricos, ganó en Michigan, convertido en el primer musulmán en ocupar un puesto en el Senado.
Al interior del Partido Demócrata operan los Socialistas Democráticos de América (DSA), plataforma que aboga por la superación gradual del capitalismo, salud universal, educación pública gratuita, fortalecimiento del poder sindical, congelar las rentas y el control de precios, así como la reducción del presupuesto militar, conceptos que no significan lo mismo para todos. Es la mayor organización socialista del país, con unos 129,000 miembros según su copresidenta Megan Romer. Postula a candidatos en las primarias como facción abierta dentro del Partido Demócrata, no como un tercer partido, con una minoría de grupos intransigentes. Reúne tendencias distintas sin formar un bloque.
Pero esa misma noche ganaron el exgobernador Roy Cooper en Carolina del Norte, Chris Pappas en Nuevo Hampshire y Adam Hamilton, pastor que insiste en el bipartidismo, en Kansas. Que los demócratas sean "extremos" o "moderados" depende de a quién se pregunte: en la encuesta de septiembre de Gallup, 43% consideraba extremo al Partido Demócrata, frente a 59% que decía lo mismo del Republicano.
Las razones de la desaprobación de Trump son sobre todo económicas. En enero, una encuesta de AP-NORC halló que 62% desaprobaba su manejo de la economía y 57% creía que perjudicó el costo de vida. La guerra con Irán agravó el cuadro: la gasolina subió 52%, y 64% de los votantes dijo que fue una mala decisión. A ello se suman los aranceles, que dos tercios de los estadounidenses rechazan, y el desgaste de su política migratoria: 57% desaprueba la actuación del ICE. Su aprobación quedó en 37%. Encuestas a pie de urna confirman que para 90% de los votantes el costo de vida pesó mucho.
Pero nada de ello equivale a un respaldo al Partido Demócrata. Hoy 45% de los estadounidenses se declara independiente, un récord, y 26% ve mal a ambos partidos. Los demócratas ganaron con 43% de opinión favorable: la menos mala de dos opciones, no una adhesión.
No se deben medir los resultados como un recuento de adhesiones a un ala u otra. El triunfo de El-Sayed, en un estado donde solo 34% de los probables votantes aprobaba a Trump, muestra que los progresistas pueden ganar en terrenos disputados, pero también que el clima favorecía a cualquier candidato demócrata. La izquierda ganó en intensidad y organización en las primarias; pero quienes decidieron la elección fueron los votantes independientes, jóvenes y movidos por los precios.
Ese voto es condicional. Hasta enero de 2029 la Casa Blanca será republicana, los demócratas controlarán el Congreso y compartirán responsabilidades si la economía no mejora. El problema no es solo demócrata: Trump purgó en las primarias a Cornyn, Massie y Cassidy, y Paxton perdió Texas ante Talarico. Ambos partidos eligen candidatos con electorados intensos, medidos ante uno más amplio y menos fiel.
El riesgo para 2028 es confundir protesta con mandato. El partido que lea noviembre como un cheque en blanco para su ala más fuerte puede descubrir que quienes lo votaron por rechazo a Trump se pueden ir con la misma rapidez.
















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