Javier Agreda
Donde el agua trabaja: los límites de una novela minimalista
Reseña de la polémica novela del peruano David Silva Rojas
Con Donde el agua trabaja (Almadía, 2026), el escritor peruano David Silva Rojas (Ica, 1981) fue declarado ganador del Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat. Sin embargo, cuando el libro estaba a punto de presentarse en España, el diario El País publicó un artículo según el cual la aplicación Pangram atribuía a una inteligencia artificial la redacción del 99% del texto. La noticia desató una gran polémica en torno al libro y a su autor, que alcanzó incluso a las tres reconocidas escritoras latinoamericanas que integraron el jurado. Más allá del ruido y de las necesarias discusiones sobre el uso de la inteligencia artificial en la creación literaria, aquí intentaremos comentar y analizar la novela en sí misma.
Donde el agua trabaja cuenta la historia de una innominada mujer, procedente de un pueblo de Ayacucho, que llega a la región Ica para trabajar en un fundo dedicado al cultivo de uvas de exportación. Ni el pueblo ni el fundo ni casi ningún otro lugar o personaje tienen nombre propio en el texto. El régimen laboral en ese lugar es particularmente estricto: las trabajadoras permanecen recluidas en las instalaciones de la empresa, salvo algunos domingos, y viven sometidas al autoritarismo y la vigilancia extrema. La protagonista (y narradora) comparte habitación con otra trabajadora, procedente de Huancavelica, con quien establece una amistad solidaria, expresada más en gestos y silencios que en palabras. Con el paso del tiempo, la narradora empieza a sufrir dolencias físicas, consecuencia de las duras condiciones de trabajo, hasta que concluye su ciclo laboral y se aleja de ese mundo.
Como han señalado ya algunas reseñas, lo que más llama la atención es el lenguaje, construido con frases, oraciones e incluso párrafos sumamente breves: “Mi madre asiente. Me abraza corto. Dos palmadas en la espalda. Mis hermanos se quedan quietos. Subo. El escalón está húmedo”. Esta opción estilística funciona en ciertos pasajes, sobre todo cuando se describen acciones y movimientos, como en las escenas en que la protagonista trabaja en el viñedo. Allí, la sucesión de frases cortas puede sugerir la mecanización de las tareas, el cansancio físico y la monotonía de las jornadas. En cambio, el recurso se vuelve problemático cuando debe dar cuenta de situaciones que exigen mayor elaboración, y su abuso hace que la lectura resulte entrecortada, uniforme y, por momentos, tediosa.
Y es que este tipo de economía verbal exige una gran precisión en la elección de las palabras y, sobre todo, en el manejo de las técnicas narrativas, aspectos en los que Silva Rojas muestra sus mayores debilidades. pero aquí la brevedad no siempre se traduce en intensidad; con más frecuencia produce ambigüedad, confusión o una fragmentación innecesaria del relato.
Estas limitaciones afectan a todos los demás componentes del relato. Las descripciones son casi inexistentes y, cuando resultan imprescindibles, se resuelven con unos pocos trazos simples. Así ocurre cuando la protagonista entra por primera vez en las oficinas de la empresa: «Hay escritorios alineados. Computadoras prendidas. Gente sentada. Camisas claras. Pantalones sin arrugas». La escena permite identificar un ambiente laboral, pero no llega a construir una imagen precisa del lugar ni a transmitir lo que este provoca en la protagonista.
Algo parecido sucede con los personajes. El radicalismo del estilo lleva a que apenas haya diálogos; ni siquiera entre la narradora y su compañera de habitación, que la acompaña durante buena parte de la historia y resulta determinante para la trama. De ella sabemos muy poco: su personalidad, su pasado y sus motivaciones permanecen en la sombra, y tampoco hay una descripción física que permita imaginarla. La relación entre ambas se construye casi solo a través de miradas y silencios, lo que limita el desarrollo de un vínculo que debería tener mayor peso emocional.
La trama tiene los mismos problemas. Buena parte de los acontecimientos quedan apenas insinuados, de modo que el lector no puede reconstruir con claridad sus causas y consecuencias. Esto ocurre incluso con episodios fundamentales, como el acoso sexual que aparentemente sufren las trabajadoras y que parece determinar el destino de la compañera. El relato elude justamente los momentos en que sería necesario ofrecer más información para comprender la gravedad de lo sucedido.
Hay, además, un misterioso ruido que inquieta a las trabajadoras: una presencia sonora que adquiere poco a poco un carácter amenazante. Este motivo tiene posibilidades simbólicas interesantes, pues el ruido del agua puede asociarse con la percepción de un peligro que nunca termina de hacerse visible. El título, por ello, cobra una dimensión sugerente cuando se vincula el agua con el trabajo agrícola y con el funcionamiento de una explotación que depende de ese recurso. Sin embargo, estos elementos no llegan a integrarse en una estructura narrativa suficientemente clara.
Lo más evidente es la intención temática: denunciar la explotación laboral en los fundos agroexportadores, las condiciones precarias en las que trabajan muchas mujeres y la discriminación que sufren las trabajadoras de origen andino. El aislamiento, la disciplina impuesta, el agotamiento físico y la vulnerabilidad frente a los abusos conforman un universo opresivo que el autor quiere transmitir. La protagonista anónima y los personajes sin nombre pueden entenderse también como un intento de representar una experiencia colectiva: no se trata solo de una mujer, sino de todas las que están sometidas a condiciones semejantes. Pero esta operación tiene un costo: se corre el riesgo de convertir a los personajes en alegorías de un problema social antes que en seres humanos con historia, personalidad y vida interior propias.
En suma, Donde el agua trabaja plantea un problema social relevante y propone una búsqueda formal que, en principio, resulta interesante. Su lenguaje fragmentario, la economía de recursos y la presencia recurrente del agua como elemento amenazante abren posibilidades literarias que el texto no logra desarrollar plenamente. Una novela puede prescindir de nombres, diálogos y descripciones convencionales, pero no de la capacidad de construir un mundo, transmitir emociones y dar sentido a los hechos que presenta.
















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