Cecilia Bákula
Homenaje a exalumnos distinguidos
La Universidad Católica reconoció a cinco destacados profesionales

Dicen los proverbios y la sabiduría, que reconocer y agradecer a otros es de grandes y de sabios. Cierto ha de ser, pues la Pontificia Universidad Católica del Perú, mi Alma Máter, con la que puedo discrepar en muchos aspectos (lo que en nada significa desamor ni mucho menos falta de compromiso con mis labores en esa casa de estudios), trata de ser muy agradecida y reconoce los méritos de sus antiguos alumnos y honra, por lo general, la memoria de quienes han pasado por sus aulas o por sus espacios. Y lo hace con especial voluntad de que el recuerdo de esas personas o el reconocimiento de esas vidas de servicio, no se pierda en el tiempo.
Es así como el último lunes, el 20 de noviembre, tuvo lugar la ceremonia de reconocimiento a los méritos de cinco exalumnos distinguidos. Era importante porque se celebraba la versión XXV; es decir que este reconocimiento anual, cumplía sus Bodas de Plata. Y una universidad, de 106 años lleva ya un cuarto de siglo institucionalizando este reconocimiento y expresión pública de gratitud, lo que habla bien de ella; de ese detalle de gentileza que nunca debe perderse y que es una virtud a promover.
En las hermosas instalaciones del auditorio del teatro del Complejo NOS de la PUCP, en San Isidro, cinco destacados exalumnos recibieron el homenaje de la comunidad universitaria y del público. Quiero destacar las palabras que el señor rector Carlos Garatea, expresó de manera muy cordial, directa y clara lo que desde el punto de vista de la Universidad significaba e importaba por el reconocimiento que se otorgaba aquella noche. No era solo destacar los méritos de cinco profesionales, era mostrar a los jóvenes de hoy, a aquellos que dudaban del futuro del país, a aquellos que pensaban que acá no era posible el éxito, a quienes creían que sólo en la diáspora se vislumbraba el futuro, una realidad tangible y diferente a esa visión. Al mismo tiempo, hizo un llamado a todos para que entendamos y tomemos conciencia de la necesidad de mostrar la esperanza y el éxito como una posibilidad entre nosotros, por y para el país.
Carlos Garatea ha asumido el rectorado en un momento muy crítico para la PUCP y es por ello que el suyo era un llamado a todos porque hacer las cosas bien, como él las viene haciendo, no es nunca obra de uno y menos en una institución en la que se requiere y busca defender y mantener los lineamientos fundacionales, sin claudicar a ellos, en medio de la apertura que el espacio universitario exige.
Los exalumnos que fueron distinguidos en esta oportunidad fueron Alonso Cueto Caballero, Jorge Linares Gálvez, Liliana Rojas-Suárez, Jorge Solís Tovar y Alberto Varillas Montenegro; todos ellos ampliamente conocidos y queridos en sus respectivos campos.
Solo deseo acotar unas palabras respecto a Alonso Cueto cuya obra literaria es abundante y hermosa y cuya sencillez como persona desborda siempre y porque sus padres, Lily y Carlos fueron amigos de los míos y los recuerdo con cariño especial. El ingeniero Solís, que no pudo estar presente en la ceremonia, pero lo hizo a través de su hija, es una figura permanente en la Universidad y siempre ha tenido una sonrisa y todos sabemos que a él se le debe la modernización en lo que a informática se refiere porque lo que hoy es del todo natural para todos, es una “modernidad” relativamente reciente; hombre encantador y creo que él mismo no sabe cuánto se le quiere.
No obstante, alguna diferencia de edad, he desarrollado una hermosa amistad con Alberto Varillas, a quien conocía creo que desde siempre. Por eso reservo estas líneas finales para señalar que aquello que dijo Juan Carlos Crespo, quien tuvo a su cargo hacer la reseña personal, que se compartió el día de homenaje, fue del todo cierto. Gracias mil por tanto cariño, ayuda y por estar siempre dispuesto al trabajo, a un largo café bien conversado y a compartir todo lo que la vida te ha dado, querido Alberto, que es mucho.
En la PUC, las generaciones que egresan dejan de estar separadas por edades y, por supuesto por especialidades; la comunidad universitaria, se une en un sentimiento de pertenencia y eso es, al final, lo genera el sabernos orgullosos herederos de un legado, comprometidos con un futuro y dueños de una formación que nos obliga a dar, servir y retribuir.
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