Cecilia Bákula

Frente a la oscura tiniebla

Sucesos que cierran etapas de la historia universal y peruana

Frente a la oscura tiniebla
Cecilia Bákula
21 de abril del 2019

 

“No es oscura la tiniebla para ti, pues ante ti la noche brilla como el día”
(Sal 138-12)

 

Dos hechos han removido nuestro mundo esta semana; uno a nivel internacional y otro nivel nacional. El incendio ocurrido en un sector importante de la catedral de Notre Dame de París tuvo al mundo eN ascuas porque veíamos en directo, como si se estuviera en el lugar de los hechos, la destrucción de uno de los monumentos más emblemáticos de la historia del mundo, de la vida de occidente, y con un alto contenido simbólico para la cristiandad.

Se trata de una construcción típica y matriz del arte gótico francés, cuya construcción se inició en 1163, destacando el impresionante ábside y la estructura de un techo elaborado íntegramente en madera de roble, para lo que se utilizó no menos de 1300 árboles, lo que equivaldría a unas 20 o más hectáreas de bosque. La aguja, que coronaba el techo y estaba ubicada en el crucero del templo, se desplomó. Sus 96 metros de altura se desplomaron, cayó como si se tratara de un castillo de naipes. Se venía abajo la historia del arte.

Pero en nuestro medio, una tragedia mayor ha ocurrido. Ha muerto Alan García. Mi presidente, mi amigo, el hombre que me honró con su cariño y su plena confianza. El presidente que me convocó a trabajar en su equipo de Gobierno y que me demostró que —no solo por su vasta cultura, sino porque amaba entrañablemente al Perú— quiso que nuestra cultura tuviera un lugar en las decisiones de Gobierno. Por eso creó el hoy Ministerio de Cultura. Nos ha dejado un ser humano con una inteligencia, deslumbrante e increíble; con gran sagacidad y astucia, y una aguda capacidad de análisis.

Alan García ha partido en un acto de valentía que aún hoy me cuesta asumir. Desde el 17 de abril, el Perú ya no es el mismo. Con Alan se fue parte importante de la historia del siglo y de la historia personal de nuestra generación; 40 años de actividad política, cuando menos, han estado marcados por su presencia, por sus actos, opiniones, por el arraigo en el pueblo, por sus decisiones, por sus actos de visión de futuro, por su convicción de que con todos —sin distinción de condición social o económica— este país sí era viable, por su sueño de "un futuro diferente", por su producción intelectual y por la extraordinaria capacidad de comunicar, gracias a una oratoria preclara y fantástica. Pero sobre todo, por la incomprensible actitud de cacería casi carnívora de un sector de la población, minoritario por cierto, que quiso, sin lograrlo, hacer del odio una religión.

La muerte de Alan no puede dejarnos indiferentes, nos enfrenta a la necesidad de reconocer que genera sentimientos contradictorios, como sucede solo con las grandes personalidades. Su muerte me llena de dolor, de ese dolor que se asienta en el corazón y que uno no sabe cómo sacar, pues es una costra que hiere. Pero nos llama también a la necesidad de intentar comprender por qué ese dolor se mezcla con rabia por este país; y por la natural incapacidad para comprender lo sucedido: un magnicidio.

No puedo comprender no solo que ya no esté el hombre, el amigo, el padre, el líder; también me rebela comprobar que hay sectores del Gobierno de mi país que han llegado a conductas tan viles, abusivas e innecesarias, conductas seguidas por un puñado de pseudo comunicadores. Ellos no se percatan de la severa responsabilidad que recae sobre sus hombros, sobre sus palabras, acciones y omisiones; no solo por esta muerte, sino por las consecuencias que ella traerá. Han creado una leyenda que no morirá, un mito que el pueblo seguirá elaborando y rehaciendo con la generosidad del amor popular. Han despertado a una población que no sabía cómo expresar su ira, descontento y desazón. Y han de ser conscientes de que han puesto como pauta, una conducta que se les aplicará. Triste tiempo el nuestro.

Tratando de entender y encontrar sosiego, recurrí a la sabiduría de San Agustín y encontré ese fragmento del Salmo 138 que se aplica, sin duda, a estas circunstancias que comento.

 

Cecilia Bákula
21 de abril del 2019

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