Tino Santander
El Perú se merece más

La campaña electoral se ha convertido en una feria de vanidades. Los llamados políticos independientes, tecnócratas y consultores se promocionan para ubicarse en donde tengan posibilidades de ganar y se venden como indispensables para el triunfo del candidato que los acoge.
El pastor Humberto Lay, Presidente de la Comisión de Ética del Congreso, por ejemplo, no ha tenido ningún reparo moral en alizarse con César Acuña, el candidato de la “plata como cancha”. ¿Qué aporta Lay? Su condición religiosa, la adhesión de su grupo evangélico y su nombre, todo ello a cambio de ser candidato a segundo vicepresidente y un puesto importante en la lista parlamentaria.
Con esta alianza Acuña busca ganar indulgencias ante las acusaciones sobre el oscuro origen de su fortuna, las golpizas a su ex esposa o haber seducido a una menor de 16 años con quien tuvo un hijo extramatrimonial. También quiere limpiar la imagen de su universidad, cuestionada por entregar títulos sin calidad académica y ser la fuente financiera de su millonaria campaña. Acuña nos recuerda las humillantes frases que el Libertador Simón Bolívar nos dirigió a los peruanos: “…oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo”
Pero el pastor Lay no va sólo en las listas de partido de Acuña, lleva además a otros misericordiosos cristianos de su confianza como candidatos al Congreso. Es como si le hubiese ofrecido a Acuña acercarlo a Dios y al cielo a cambio de una gran donación política.
Acuña se presenta como un provinciano emergente, el cholo que hace dinero desde la pobreza y se convierte en empresario popular y logra fortuna con esfuerzo. Sin embargo, su ex esposa, Rosa Núñez, ha revelado que fue el padre de ella quien aportó el dinero para iniciar el negocio. Al respecto, en el norte circula la versión de que el padre de Acuña estuvo preso diez años por narcotráfico. La noticia tiene que ser deslindada de inmediato por el candidato. Responder a estas acusaciones y otras con la frase "mientras más me ofenden, más votos gano", como lo hace, parece un acto de soberbia que no prueba nada a su favor.
El candidato de Alianza por el Progreso (APP) ofrece dádivas, becas, compra conciencias y somete voluntades, con su dinero, para esconder sus clamorosas incapacidades personales, políticas y éticas. Pero la percepción popular finalmente lo descubrirá y traerá abajo sus desmedidas ambiciones.
John Fernández, militante evangélico de la iglesia del pastor Lay ha dicho: “no quieren que un serrano con plata gobierne el Perú, y por eso lo atacan”. Ese no puede ser el criterio para elegir a un Presidente. No basta con ser serrano y tener plata.
Un presidente, primero, debe ser honesto, conocer y comprender al Perú, saber su historia, discernir sobre su diversidad cultural y geográfica, entender cuáles son los principales problemas nacionales e internacionales. En cambio, el propietario de la Universidad César Vallejo se jacta de su ignorancia en esos temas al declarar que jamás ha leído un libro.
La nación no puede volver a ser gobernada por incapaces, pues la experiencia del nacionalismo nos enseña que ese camino nos lleva al retroceso, sobre todo a los más humildes. El país no soportaría otra desgracia de entregarle el gobierno a un aventurero.
Necesitamos un gobernante que lidere el crecimiento económico con justicia social exigida por la inmensa mayoría. El Perú oficial ciego, sordo, frívolo y anestesiado por la publicidad y el marketing, no comprende aún que bajo sus pies dominantes se gesta una rebelión democrática gigantesca.
Por Tino Santander Joo
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