Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

El dolor de la lucidez

Para formar a las nuevas generaciones y educarlas con el ejemplo

El dolor de la lucidez
Raúl Mendoza Cánepa
09 de abril del 2018

 

"Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez" nos dice Fernando Robles (interpretado por Federico Luppi) en la película Lugares comunes (Argentina, 2002). Quizás pocos entiendan que “ser en el mundo” nos implica en la tarea de enseñar y pensar. Lo hace el maestro, pero también el padre, el amigo, el periodista, el cineasta, el extraño. Pocos nos percatamos de la hondura de la huella que dejamos en los otros.

En ocasiones los maestros asumen que enseñar es “dar cuenta de”, cuando se trata de producir un cataclismo interior, inducir a crear, a cuestionar, a sublevarse ante el error, ante el dogmatismo o la estupidez. Cierta vez, frente a una de mis hijas (ilustrada de algunos dramas de la vida), elaboré deliberadamente una frase errónea. Surtió efecto, fui objeto de la reprimenda de una menor que demostró su aprendizaje y su capacidad de cuestionar, quebrando la falacia del argumento ad verecundiam (“ es verdad porque mi padre lo dice”). Repito la frase del gran Constantino Carvallo: “Educar con el ejemplo quiere decir mostrarme, ser auténticamente yo frente a otro para que nuestra vida, nuestros éxitos y fracasos, nuestras virtudes y defectos, puedan ser tomados como ejemplo de lo que un ser humano, yo mismo, ha logrado ser”.

Busco en el universo virtual y la lucidez es definida de manera somera y a veces reduccionista, casi como lo contrario de la enfermedad mental. Craso error si es que pretendemos construir una sociedad pensante. En un diccionario de antónimos y sinónimos nos acercamos a la definición: “sagacidad, perspicacia, agudeza, entendimiento, inteligencia”. Formar a la persona no es dotarla de datos, es enseñarle a amar el conocimiento —que es enseñarle a amar la escuela, la universidad, los libros, el cine, el teatro, la vida—, lo que la llevará precisamente al estado de la lucidez. Se enseña a ser lúcido, buscando que el propio sujeto se forme y se lo provea. Muchas veces nos preguntamos sobre la necesidad de la escuela, como muchas veces algunos cuestionamos nuestro paso por una facultad de Derecho ¿Para qué estudiar muchas leyes que pronto se olvidarán o libros técnicos que se perderán en el olvido? El tiempo demuestra que nada fue inútil y que las decenas o cientos de libros extraviados en la nebulosa del inconsciente forman finalmente nuestra manera de razonar y ver el mundo. En ocasiones un gran razonamiento se explica a partir de una formación que acaso olvidamos. La genuina enseñanza forma para pensar, no para recordar.

Algunos libros o algunas frases, prescindibles por olvidables, terminan siendo fundamentales años después porque se integran a una suerte de “software personal” bastante sutil e imperceptible para nosotros mismos. En alguna discusión descubrí que una remota y “prescindible” clase de lógica jurídica, guardada en la oscura densidad del inconsciente, me sirvió años después para ganar un debate con un argumento que nunca fue explícito en mis reflexiones personales, pero que “estaba allí”. Una película que vimos hace diez años y que ni de lejos podemos recordar, aparece de pronto para inducirnos a una verdad que creíamos incognoscible. Desconfía de la memoria y no te apures por lo que no recuerdas. De hecho todo lo vivido, leído, visto y experimentado subyace allí dentro de esa sesera que siempre está presta a decirnos que no hay nada en nuestra biografía que “simplemente pase y se aleje”, todo queda y todo construye eso que llamamos “lucidez”.

"Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez, sin límites, sin piedad", dice Fernando Robles a sus jóvenes aspirantes a maestros. La lucidez es conciencia del bien y del mal, de la tragedia, de la marginación, del engaño colectivo, pero también de la esperanza. Ella supone andar despiertos, reacios a ese ideal estado de embriaguez al que se refería Ortega. Andar despiertos duele porque supone ir sin anestesia, sin termómetros, sin amortiguadores ni paraguas por la vida. La lucidez nos desencanta y nos aleja de las entrañables fantasías. Como bien me decía un niño que entendió la lección y al que consulté antes de pergeñar estas letras: “La lucidez comienza el día que dejamos de creer en Santa Claus”.

 

Raúl Mendoza Cánepa
09 de abril del 2018

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