Rafael López Aliaga, líder de Renovación Popular,...
Luego del desastre republicano que ha significado la irreflexiva censura de José Jerí y su reemplazo por José María Balcázar (de Perú Libre) como encargado de la presidencia de la República, la responsabilidad política de quienes promovieron este despropósito es incuestionable. Rafael López Aliaga ha cometido un error sideral y debe aceptarlo. Igualmente, los mercaderes del templo, las aves que suelen alimentarse de las carroñas, también están identificados. César Acuña de APP y José Luna de Podemos no solo tienen responsabilidad política, sino una responsabilidad histórica con el devenir de las cosas. Ambos han perpetrado una traición con las posibilidades del Perú por un ministerio, por un mendrugo público.
Sin embargo, para desarrollar un análisis correcto de las cosas también es necesario desvelar un ecosistema político e institucional que se ha convertido en “la energía destructiva de los vacadores de jefes de Estado”. Es decir, los medios, los políticos y los hombres de la vida pública que, por quítame esta paja, suelen promover la destitución de los presidentes invocando supuestos argumentos éticos y de lucha contra la corrupción.
La posibilidad de una república está atascada en una trampa mortal cuando los cuestionamientos desatan los mecanismos de destitución de un presidente a tal extremo que, como en épocas revolucionarias, a los congresistas les importa poco si la censura parlamentaria o la vacancia presidencial era el mecanismo para destituir a Jerí.
¿Una reflexión de este tipo acaso significa bajar la guardia en la lucha contra la corrupción? De ninguna manera. Únicamente significa señalar que cuando una persona cuestionada está en la presidencia de la República –tal como sucede en todas las democracias– la Carta Política establece un procedimiento para procesarlo y sentenciarlo. Jerí seguramente iba a terminar procesado luego de entregar el poder; sin embargo, los populistas de la ética han terminado colocando a la posibilidad de una república al borde del abismo.
Por otro lado, la responsabilidad de un político no está solo en la lucha contra la corrupción, sino también en la gobernabilidad, la viabilidad de una sociedad. Si el político cree que su responsabilidad solo se centra en la lucha contra la corrupción debería postular a la policía, al Ministerio Público o al Poder Judicial. Pero de ninguna manera a la presidencia.
Debemos subrayar una y otra vez que un ecosistema político, institucional y mediático que promueve la guillotina de los jefes de Estado también explica el escenario actual. Sin ese terrible combustible Acuña y Luna no estarían infectando el sistema republicano.
Sin embargo, ¿cómo ha surgido este ecosistema, este populismo ético y judicial? De un gravísimo error conceptual sobre cómo se organiza y funciona una democracia, un sistema republicano. ¿Cuál? El de creer que la democracia solo nace del poder de la mayoría, no obstante que Hitler, Hugo Chávez y Evo Morales destrozaron sus países con el respaldo de las mayorías. Los grandes clásicos del sistema republicano siempre alertaron que el poder de las mayorías para elegir a los representantes puede llevar a la dictadura y a liquidar la libertad, si no se desarrolla un sistema de instituciones que controlan el poder de uno, de pocos y de las mayorías.
Subrayemos este concepto: el control del poder de las instituciones. En una república las mayorías eligen a las instituciones, pero el gobierno solo se ejerce a través de las segundas. Se pueden considerar instituciones a las entidades que establecen derechos, obligaciones, jerarquías y, sobre todo, funcionan en un plazo temporal. Sin ese período de tiempo que establece un inicio y un fin del mandato no hay instituciones, sino vacío de poder y ese vacío se llena con anarquía o dictadura.
Una pregunta: ¿Puede haber institución presidencial si en un periodo en que debió haber dos jefes de Estado existen ocho? De ninguna manera. Si se trata de una república presidencialista imperfecta –como la peruana– que solo elige al presidente y al Congreso por sufragio nacional, entonces, si no hay jefe de Estado, ¿acaso no es incuestionable que estamos en anarquía? Y para los populistas de la ética y la lucha contra la corrupción vale señalar que en un estado de anarquía no hay ética ni lucha contra la corrupción posibles.
El ecosistema político e institucional que impulsa a los políticos sin partido, a los caudillos de mediana altura, a destituir al siguiente presidente debería reflexionar a fondo sobre cómo se destruye la posibilidad de una democracia y la libertad. Perú Libre perdió el poder por intentar perpetrar un golpe de Estado, pero destitución presidencial tras destitución presidencial, los vacadores de todos los días le devolvieron el poder al mencionado movimiento comunista.
Reaccionemos para salvar a la República.
VÍCTOR ANDRÉS PONCE
















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