El acuerdo nacional de un Estado, de una sociedad, está conform...
El Perú parece encaminarse al relevo del presidente José Jerí y, de esta manera, se acumularía la sucesión de ocho jefes de Estado en un periodo en que solo debió haber dos. Una inestabilidad política superlativa que corresponde a un Estado, a una democracia fallida, en que las instituciones solo representan declaraciones de papel.
Se puede argumentar que los hombres pasan, pero las instituciones se preservan. Sin embargo, la institución de la Presidencia de la República –según la Constitución Política la institución que más poder concentra– se ha convertido en algo parecido a la definición de la transitoriedad.
Una de las condiciones de cualquier institución en un Estado de derecho es que se cumplan los plazos establecidos de un mandato soberano (es decir, elegido por el sufragio). En el caso de la Presidencia parecen no cumplirse ni los mandatos regulares ni los mandatos excepcionales de un jefe de Estado que asume como titular del Legislativo porque no existe la sucesión constitucional del presidente y los vicepresidentes.
Nadie puede negar que la conducta del presidente José Jerí –registrado en varios videos, sosteniendo reuniones privadas y misteriosas con un proveedor del Estado– debe investigarse y procesarse. Sin embargo, cualquier procedimiento de la justicia debería tramitarse luego de que el presidente Jerí cumpla con el mandato constitucional encargado luego de vacancia de Dina Boluarte, sobre todo faltando tres meses para las elecciones generales y menos de seis para entregar el poder.
En una democracia de relativa salud cuando el jefe de Estado enfrenta una crisis que puede ser terminal se suele recurrir al cambio de gabinete y a la búsqueda de un consenso nacional para encontrar caminos y salidas a los entrampes. Las bancadas del Legislativo deberían contemplar esta posibilidad para evitar un salto a lo desconocido a semanas de las elecciones generales.
Sin embargo, las bancadas legislativas y los movimientos políticos están en plena campaña electoral y parece muy remoto que consideran razones de Estado, las razones de proyecto nacional para encauzar las legítimas críticas e iras ciudadanas contra de los yerros del jefe de Estado, hacia una salida con sentido común. Y si a esto le agregamos la balcanización de la política, que determina que la política se convierta en la decisión de una persona o que el político sin partidos sea la constante, lo más probable entonces es que el Perú avance a un nuevo relevo en la jefatura de Estado.
Si en medio del desconcierto de las derechas las izquierdas aprovechan esta oportunidad para bloquear o tomar el poder, el Perú se habrá deslizado al abismo a semanas de las elecciones generales en que las tendencias indican claramente que dos candidatos de la centro derecha pueden pasar a la segunda vuelta.
El Perú, los peruanos y las bancadas de buena voluntad, deben tramitar este grave momento con extremada prudencia.
















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