Las reformas electorales que impulsaron el progresismo y las i...
Existe una regularidad en las encuestas de opinión desde varias semanas atrás: dos candidatos de la centro derecha –es decir, Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori– encabezan las encuestas de opinión. Asimismo, aproximadamente más del 40% del electorado no define su voto. En este contexto, es incuestionable que solo existen dos posibles desenlaces desde un simple ejercicio del análisis político: que López Aliaga y Keiko Fujimori protagonicen la segunda vuelta o que surja un tercer candidato desde los pequeños que cambie el escenario en general.
A nuestro entender cualquier sector de la izquierda que resucite el humor y las propuestas de Pedro Castillo tiene escasas posibilidades de aparecer en el escenario –por más que el progresismo y las izquierdas y algunos sectores jueguen con la posibilidad– porque, en el acto, evoca el momento que la mayoría de los peruanos identifica con el inicio del declive nacional, incluso en las provincias del sur. Es decir, el gobierno de Castillo y la violencia insurreccional. De allí que lo más probable es que si surge un tercer candidato que cambie el escenario no pertenezca a la izquierda. De allí también la necesidad de que el candidato Carlos Álvarez reflexione sobre sus reiterados anuncios de renuncia en la lid electoral: le restan gravedad a su postulación y lo sacan del juego del tercer lugar.
En este escenario nos gustaría señalar por qué consideramos que una segunda vuelta entre dos centro derechas podría representar un gran acontecimiento para el Perú. En nuestro sistema político el principio de autoridad del Estado de derecho, el principio de autoridad que emana de la Constitución está pulverizado. ¿Cómo podría existir principio de autoridad si en un periodo en que debió haber dos jefes de Estado han existido siete e, incluso, algunos pretenden timbear con una nueva vacancia? Si la presidencia de la República es la magistratura que concentra más poder político, económico y coercitivo, ¿cómo puede haber principio de autoridad luego de este vapuleo presidencial? Algunos incluso sostienen que ha llegado la hora del régimen parlamentario.
No se puede negar que la crisis de la institución presidencial empezó con la colisión entre pepekausas y fujimoristas luego de las elecciones del 2016, que culminó con la renuncia de Pedro Pablo Kuzcynski, la ascensión de Martín Vizcarra y la posterior llegada de Pedro Castillo al poder. Sin embargo, más allá de los errores de las centro derechas luego de esa elección, las sucesivas vacancias, la recurrente polaridad entre vacancia presidencial y disolución legislativa, tiene una causa incuestionable, una raíz que lo explica todo.
Luego del fin del gobierno de Alberto Fujimori la izquierda, a través del informe de la Comisión de la Verdad, desarrolló una narrativa que polarizó al país a semejanza de cualquier sociedad en guerra civil. El Perú era una democracia con relato de guerra civil. Un sector debía ser eliminado.
En este contexto, en las elecciones del 2001 fue elegido Alejandro Toledo y Alan García quedó en segundo lugar. En la siguiente elección fue elegido Alan García y Ollanta Humala ocupó el segundo lugar. En las siguientes elecciones fue elegido Humala y Keiko Fujimori se ubicó en el segundo lugar. A estas alturas, luego de tres lustros de democracia, el Perú tenía una tradición política –como cualquier comunidad política que alcanza el desarrollo– el perdedor de la segunda vuelta ocupaba la presidencia en la siguiente elección. Alternancia y pluralidad como suelen sostener los progresismos.
Sin embargo, la labor destructiva de las izquierdas y el sector caviar organizó un veto descomunal, inaceptable en cualquier sistema republicano, y Keiko Fujimori perdió las elecciones con imputaciones y reportajes inventados e, incluso, en medio de denuncias de irregularidades electorales. En ese momento se desató la crisis del sistema político que nos llevó a Castillo, nos hizo pasar por Dina Boluarte, por el actual Congreso, hasta el actual José Jerí.
La sucesión de siete presidentes en vez de dos no solo ha volado por los aires el principio de autoridad, sino que explica la creciente anarquía social y política que se grafica en el avance de la ola criminal, el avance de la minería ilegal y las economías ilegales.
En este contexto, imaginar una segunda vuelta sin dos centro derechas es reproducir el escenario de los últimos años de destrucción del sistema republicano. No puede haber un nuevo capítulo de una guerra de destrucción. De allí la enorme trascendencia de una segunda vuelta entre dos centro derechas que, luego de la batalla electoral, formen una gran coalición para sacar adelante el Perú.
Así lo mandan los manuales clásicos de la política, de modo que los dos candidatos de la centro derecha deberían evitar agredirse al menos hasta la segunda vuelta. Interpreten el clamor de las mayorías.
















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