Darío Enríquez

EL IPCC Como instrumento político: la ciencia, el clima y la epistemología

Desde una interfaz política es imposible hacer ciencia sin consignas

EL IPCC Como instrumento político: la ciencia, el clima y la epistemología
Darío Enríquez
06 de febrero del 2026

 

Hablar hoy de cambio climático se ha vuelto difícil no por falta de datos, sino por exceso de consignas y saturación de relatos. La ciencia climática, una disciplina compleja que integra física, química, geología, estadística y dinámica de sistemas complejos, ha quedado atrapada en un dispositivo burocrático que la traduce, la simplifica y, finalmente, la convierte en un instrumento normativo. El caso paradigmático de este proceso es el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), una entidad frecuentemente invocada como autoridad científica suprema, pero cuya naturaleza real merece ser examinada con mayor rigor.

Conviene hacer una distinción fundamental: el IPCC no hace ciencia. No experimenta, no formula hipótesis nuevas ni pone a prueba teorías. Su función declarada es evaluar y sintetizar la literatura científica existente para informar a los gobiernos. Esto no es una acusación ni una descalificación, sino una descripción fiel de su mandato. El IPCC es un órgano de evaluación intergubernamental, no una academia científica ni un laboratorio. Confundir estas categorías conduce a malentendidos profundos y a una sacralización del consenso que es ajena al espíritu científico.

Los informes técnicos del IPCC están redactados por científicos y comunicadores competentes, aunque no infalibles, y se apoyan en miles de estudios revisados por pares. En ese sentido, no son un ejercicio banal. Sin embargo, el producto final que adquiere relevancia pública y política —especialmente el Summary for Policymakers— es el resultado de un proceso de negociación entre científicos y delegados gubernamentales (por lo general, comunicadores). Se modulan prioridades, se pulen aristas incómodas y se invisibiliza la incertidumbre para ofrecer una narrativa ejecutable. El resultado no es ciencia en estado puro, sino información científica parcial y políticamente filtrada.

Este mecanismo introduce un sesgo estructural: el IPCC privilegia el consenso por encima del disenso, la acumulación por encima de la exploración, la certeza comunicable por encima de la incertidumbre real. La ausencia de diversidad visible de voces dentro del IPCC es fruto de una censura institucional y negativamente conservadora. Desde el punto de vista de la gobernanza y la burocracia, podemos comprenderlo. Sin embargo, en epistemología, sabemos que la ciencia progresa precisamente donde el consenso se fractura; allí donde las anomalías desafían la ortodoxia.

Las ideas disruptivas tardan en consolidarse en la literatura; los científicos que cuestionan supuestos centrales suelen enfrentar mayores obstáculos de publicación, financiación y reputación; y el debate técnico se ve fácilmente contaminado por la polarización política. En este contexto, la disidencia legítima —aquella que cuestiona mediciones, proyecciones o parámetros de modelización— es frecuentemente estigmatizada como “negacionismo”, y la crítica metodológica como herejía ideológica.

El problema se agrava cuando la versión mediática del IPCC se impone. El gran público no accede a los matices, rangos de probabilidad o desacuerdos internos, sino a titulares simplificados que convierten condicionales en certezas morales. Así, la ciencia climática termina siendo juzgada no solo por lo que dice, sino sobre todo por cómo es utilizada retóricamente.

¿Qué debería ser el IPCC? Una interfaz honesta. Debería reconocerse como un puente, no como la fuente misma de la verdad. Una visión ideal exigiría mostrar el "andamiaje" de sus conclusiones: hacer visible el disenso razonable y admitir que la ciencia no dicta políticas, sino que informa y notifica. Las decisiones finales son, y deben ser, políticas.

Una ciencia climática sin consignas no niega el calentamiento global ni trivializa sus riesgos. Tampoco canoniza consensos inamovibles. Exige distinguir entre datos y narrativas, entre evidencia y activismo, entre ciencia viva e información burocratizada. Solo desde esa distinción puede recuperarse la confianza pública y devolver a la ciencia su función más noble: no tranquilizar conciencias ni movilizar miedos, sino comprender, descubrir y explicar la realidad con honestidad intelectual.

Darío Enríquez
06 de febrero del 2026

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