Editorial Política

Elecciones y Gabinete que no tiene confianza. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Reflexiones sobre el desquiciamiento de la política nacional en el país

Elecciones y Gabinete que no tiene confianza. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
  • 20 de marzo del 2026


Una democracia con ocho jefes de Estado en una década, no obstante que la Constitución establece que solo debió haber dos, convierte a cualquier sistema republicano en inviable. Un Gabinete que renuncia a horas de recabar la confianza del Legislativo, y cuando faltan menos de cuatro semanas para las elecciones nacionales, revela un sistema político desquiciado y una sociedad desguarnecida ante cualquier imprevisto. Sin embargo, el Perú continúa, sus instituciones sobreviven y la economía persiste.

Es evidente que las fortalezas económicas de la sociedad, de una u otra manera, son la principal explicación de la resiliencia de la sociedad. Si en el país se combinara crisis política con crisis económica a lo mejor no podríamos seguir sosteniendo que Dios es peruano.

Sin embargo, vale una reflexión sobre cómo hemos llegado a este momento. Es incuestionable que la primera responsabilidad está en la izquierda progresista, en la llamada izquierda caviar que promovió una guerra política entre fujimoristas y antifujimoristas que no correspondía a una democracia sino a una guerra civil. La polarización era la propia de dos bandos civiles en guerra, y en vez de disparar balas se movilizaron a fiscales y jueces para perseguir y encarcelar a los rivales.

En este contexto, el progresismo controló la mayoría de las instituciones y promovió reformas electorales para destruir a los partidos y las colectividades del Legislativo. De alguna manera el sector caviar continuó con el discurso antipartido del fujimorismo de los noventa, mientras la judicialización de la política sacó del juego a líderes políticos como Alan García, Luis Castañeda y los viejos partidos del siglo XX. Por ejemplo, el bastión histórico del Apra en el norte se difuminó y Acción Popular perdió posiciones en el sur y el oriente. En todos los demás lugares, excepto Lima, emergió un sentimiento en contra de los partidos y un humor que podían explotar las fuerzas antisistema.

Otra de las explicaciones del declive de los viejos partidos es su incapacidad de reformarse ideológica y culturalmente para interpretar las nuevas tendencias tectónicas en la sociedad (migraciones y emergencia popular, por ejemplo) y los grandes debates de la globalización que plantea el progresismo mundial, en contra de las grandes tradiciones de Occidente. En este contexto, los partidos se deshabitaron y agonizaron.

Los nuevos políticos que han surgido para llenar este vacío no responden a grandes tradiciones políticas ni a grandes alineamientos ideológicos y políticos, como acaecía en el pasado. La mayoría de los nuevos líderes y candidatos presidenciales son gerentes exitosos, empresarios que han creado riqueza en los mercados y que consideran que las reglas de la política se parecen a las del mercado, en donde todo se debe comprar y vender buscando la máxima rentabilidad. Semejante yerro es una de las causas del momento político actual, en que se destituyó un presidente a semanas de una elección nacional y en que un gabinete dimitió a días del sufragio del 12 de octubre.

En todas estas circunstancias “el cálculo del mercado” indicaba que había que destituir a Jerí para mantener el respaldo de los electores en las próximas elecciones, y que luego se podía elegir a José María Balcázar para avanzar en los ministerios, las oficinas y el cuoteo en general. Y lo mismo pasó con la renuncia del Gabinete Miralles. Y si vemos hacia atrás lo mismo pasó con las dudas frente a la amenaza real del proyecto de Pedro Castillo.

En todas estas circunstancias –y lo mismo vale para la izquierda caviar– la idea de preservar las instituciones de una república en el mediano plazo siempre estuvo ausente, así como el análisis acerca de que el choque entre sistema y antisistema estaba paralizando y destruyendo el Perú. Sin embargo, si en las elecciones del 2026 hay una forma de sanción a este tipo de hacer política se confirmará que la única manera de fortalecer a una república es su continuidad, a pesar de todas las plagas bíblicas.

Ojalá que las elecciones del 2026, que parecen favorecer a la centro derecha, nos traigan el regreso de los partidos y los políticos profesionales, de una partidocracia verdadera, sin la cual es imposible la gobernabilidad y el desarrollo de las libertades.

  • 20 de marzo del 2026

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