Carlos Adrianzén
En fase terminal
Con los últimos gobiernos, en el Perú han crecido la pobreza y la corrupción
Vivimos tiempos en los que el Estado peruano agoniza. Incumple su propia Ley, su corrupción burocrática llega a la médula y es incapaz efectivamente de ofertar seguridad ciudadana, servicios públicos básicos o hasta de gestionar un proceso electoral con un mínimo de credibilidad. La mayoría sufre esta realidad, mientras que una minoría no desea verla.
Pero esto último ya es irrelevante. Hoy, bajo una perspectiva de mediano plazo y contrariamente a lo que se repite, el ambiente peruano ya dibuja certidumbres. Los próximos cinco años proyectan nítidamente una serie de cambios adaptativos superpuestos.
Múltiples modificaciones endógenas en el ámbito interno dentro de: (1) una fase macro de virtual estancamiento con estabilidad nominal; (2) cambios tecnológicos segmentados, pero pronunciados (IA et al); (3) deterioros sostenidos en los patrones de gobernanza estatal (particularmente sellados en nuestros scores publicados de corrupción burocrática, incumplimiento de la Ley y eficacia gubernamental a todo nivel); (4) alteraciones demográficas perceptibles en el entorno (inmigración, envejecimiento y menor fertilidad); y para redondear un escenario ya complejo, (5) estamos actualmente cerrando una fase de selección burocrática de un próximo gobierno. Una opción con retórica afín al estilo chileno (Keiko Fujimori, KF); y otro bolo afín al estilo cubano-venezolano (Roberto Sánchez, RS). La certidumbre añadida por este último acápite pasa por su polarización hacia esquemas de manejo más (RS) y menos (KF) estatistas-subterráneos.
Pero, paralelamente, los cambios en el ámbito externo se verán reflejados por: (1) una marcada polarización política en el orden global; (2) un incremento persistente de la incertidumbre en los planos del comportamiento previsible de los Bancos Centrales; y (3) la evolución de un nuevo shock petrolero, con efectos aún pendientes de dilucidar en relación a la evolución mediata de nuestros términos de intercambio.
Nada será igual, salvo nuestras creencias. Pero no se confunda. Por un tiempo y parafraseando a di Lampedusa, todo cambiará para que nada cambie.
La enorme distancia entre lo regular (KF) y lo destructivo (RS)
En estos días la burocracia electoral –luego de un proceso muy oscuro y reputacionalmente tóxico– seleccionará entre, (I) una opción económica tímidamente enfocada en recuperar tasas más altas de inversión privada –ergo, de crecimiento y reducción de pobreza (KF)–, y (II) una oferta demagógica tradicional; básicamente pro-mamones, con un aparato estatal simultáneamente descapitalizado y prostituido (RS). Sí; con los Cerrones, Antauros, Delegaciones Diplomáticas, Gremios, Columnas periodísticas, Curitas y dizque intelectuales de rigor.
Bajo esta perspectiva transitaremos desde un quinquenio accidentado y económicamente mediocre (2021-2026) hacia otro (2026-2031) que mutaría hacia –selección progresista de por medio–, otro oscilante entre lo regular y lo autodestructivo. Frente a esta disyuntiva –que ya es recurrente en las tierras de Ricardo Palma y Chabuca Granda–, tres hechos estilizados nos recuerdan dónde podríamos terminar a lo largo de estos próximos cinco largos años.

Reconozcamos pues las lecciones básicas del primer gráfico:
El crecimiento económico registrado desde fines de los noventa se dio con tremendas ayudas externas. Nuestro mayor mérito fue aprovecharlas con reformas de mercado a medias.
Aunque esto no se considera usualmente en las discusiones económicas cotidianas, parte significativa de la explicación de la reducción de la tasa de incidencia de pobreza (o de su sólido predictor, el producto por habitante en dólares constantes) tiene una asociación demográfica. Nuestra tasa de crecimiento demográfico –incluyendo el efecto de la diáspora venezolana frente a la dictadura chavista– cayó a su tercera parte.
Es por esto que les dejo la primera pregunta: ¿Imaginémonos cuánto se habría podido reducir la incidencia de la pobreza peruana –sin la carga asociada a la diáspora venezolana y sin las antirreformas al mercado– en los aciagos tiempos del caviarismo-senderista y sus colaboradores?
Pero esto no es todo. Vayamos hacia el segundo gráfico:

Mis amiguitos rojos estuvieron furiosos. Aunque en el año 1994 o en el 2012 nos acercamos a la mitad del camino de un ritmo inversor alto, estas señales se desvanecieron. Téngalo en cuenta: con tasas de inversión bruta cercanas al 50% del PBI, o de inversión extranjera directa del orden del 15% del PBI, el Perú habría cambiado significativa y sostenidamente. No solamente no existiría una población frustrada y empobrecida como la que requieren desesperadamente los socialistas y mercantilistas locales, se habría tenido que desarrollar una institucionalidad capitalista, ordenada y limpia. Como lo muestra el gráfico B, desde Humala a Castillo, hicieron todo lo que pudieron por revertir reformas de mercado y prostituir instituciones. Y tuvieron cierto éxito.
O acaso: ¿Se puede usted imaginar el triste lugar de ellos (los Sagastis, Humalas, Cerrones, Vizcarras, Castillos o Sánchez) y de sus progresistas mercaderes, en un ambiente social poco corrupto, cumplidor de la Ley y con una gobernanza estatal efectiva?
El tercer gráfico aquí dibuja la estocada izquierdista que explica dónde estamos hoy –y posiblemente, hacia qué escenarios nos encaminamos–. ¿Acaso inexorablemente?

Desde hace dos décadas, claramente los scores de control de la corrupción burocrática ingresaron a un proceso de sostenido deterioro. Este cuadro daña simultáneamente nuestro crecimiento, tasa de acumulación y fundamentalmente la eficacia de lo estatal. Nótese: particularmente en planos como seguridad ciudadana, la calidad de la oferta de servicios públicos y hasta la capacidad de administrar Justicia o Procesos Electorales. Y este cuadro no es algo sostenible sin un enorme subsidio externo.
Reconociendo esta tendencia algo nos debe quedar claro. Luego de la selección del JNE, vendrán años difíciles. La reversión de este proceso no será ni algo inminente, per se. Así como, políticamente, no resultará fácil ni popular, hacerlo. Lo autorregresivo de la corrupción burocrática se retroalimentaría año tras año (ver subgrafo escondido). Esto, adicionalmente, alimentaría la exclusión; ergo, informalidad. En este plano, otra pregunta emerge: ¿Por qué razones, década tras década, dictadores y mercantilistas izquierdistoides hablan de tener las manos limpias, pero ninguno es ni cercanamente efectivo controlando su corrupción burocrática?
Fin del Estado peruano
Pero veamos las cosas en fría perspectiva. La Figura A nos recuerda que las torpísimas políticas públicas peruanas, reflejadas en nuestro magro crecimiento económico, resultan el correlato directo de la elevada pobreza que registran porcentajes significativo nuestra gente. La figura B nos machaca que la receta de una sociedad extractiva –mercantilista y socialista–; construye lo poco atractivos que somos para los inversionistas locales y extranjeros. La tercera figura descubre el avance institucional de la izquierda, con scores de corrupción cercanos a los gobiernos de los carteles en México. El Estado opresor avanza, es irrelevante que políticamente repitamos el síndrome de Estocolmo.
Más temprano que tarde nos haremos la pregunta: ¿Cuánto de esta opresión estatal nos conviene tener como nación? ¿Tal vez nada?
















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