Manuel Gago
Nuestra instituciones electorales son jacobinas
El JNE y la ONPE han quedado totalmente desacreditados
Después de la primera vuelta electoral seguimos estancados frente a un panorama sombrío. Perú parece predestinado a la ruina; el pasado y presente lo vienen demostrando. ¿Existen explicaciones razonadas sobre aquello que tiene efectos destructivos? Que cada quien elucubre lo que crea, porque no habrá acuerdo. La democracia –que está en peligro– permite la libre opinión.
En la ONPE y el JNE no queda nada confiable después de sus deplorables desempeños. La intención de bloquear el pase a la segunda vuelta de Rafael López Aliaga es evidente. Pero según sus autoridades los plazos deben cumplirse sin considerar la gravedad de todo lo ocurrido. Los resultados de la votación serían resueltos de acuerdo a ley, ignorando la voluntad de los ciudadanos, minimizados y hasta ridiculizados.
Bueno pues, a la luz de los hechos, las instituciones nacionales, incluidas las electorales, hace 26 años fueron tomadas por los jacobinos, por quienes creen que “la razón es autosuficiente para conocer la realidad de una sociedad y propone una reingeniería social y completa de las instituciones”. Recurrimos así a Contrarrevolución en Los Andes (2024), de Víctor Andrés Ponce. Para el escritor, periodista y filósofo, en Perú –por la inestabilidad y fracasos republicanos– siempre es difícil hablar de instituciones.
Por la intelectualidad izquierdista, cuyo propósito es desestimar el instinto para poner sobre el pedestal la racionalidad, y por considerar que las instituciones pueden ser perfectas e ideales, al margen de los límites e imperfecciones de la realidad histórica, estamos como estamos: tocando fondo otra vez. Esa izquierda soberbia, vestida de superioridad moral e intelectual, niega que la razón alimentada de sentimientos, emociones y experiencias, tiene límites. La historia y las tradiciones de una sociedad son fuente de sentido común y de sabiduría basada en fuentes históricas, tradiciones e instituciones existentes.
Estas instituciones fueron concebidas por un igualitarismo ilustrado, el que canceló las instituciones virreinales, barrió con las instituciones anteriores a ella e ignora siglos de historia y tradiciones. Frente a esas instituciones usted y yo somos “figuras solitarias, frágiles e impotentes”. Frente a esos poderes amparados en la preeminencia de la razón somos avasallados, a punto de ser esclavizados.
¿Qué hacer frente a esta excesiva razón materializada en normas, leyes y plazos inamovibles? Resistir. No contaminarse. Mantenerse íntegro en el lado correcto. La firmeza nunca fue valor nacional. Las distintas maneras de dominación configuraron una ciudadanía volátil y aplanada para la felicidad de quienes planean un Perú de gentes enajenadas. Recurrir a Immanuel Kant: reta a ser “peones esforzados del conocimiento y la moralidad, portadores del raciocinio y guardianes de la libertad”.
La ONPE surgió por una modernidad artificial. Repetimos, las instituciones deben ser reflejo de la dinámica ciudadana. Tomarla fue pan comido. Sus autoridades, apartadas de la realidad, niegan la voluntad de la población que busca ser representada por su voto, ahora violentado. Para Kant las construcciones morales de la historia y los valores éticos no parten de la razón sino de los deseos en busca de la felicidad personal. Los organismos electorales y la mayor parte de las instituciones nacionales aparecen como entidades intocables, rígidas y apegadas a las normas, sin discrecionalidad necesaria cuando la norma no es suficiente.
El jefe de la ONPE, Piero Corvetto, renunció pero la matriz deshonesta continúa intacta. ¡Qué pena! Quienes deberían estar del lado correcto de la historia se desentienden del fraude; el poder efímero atrae y ciega. No importa la descomposición social que se avecina, importa el cumplimiento de una ley hecha por una razón empoderada que una vez más le da la espalda al país.
















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