Carlos Adrianzén

La pregunta de Huerta de Soto

¿Es acaso la existencia del Estado un dogma ideológico?

La pregunta de Huerta de Soto
Carlos Adrianzén
29 de abril del 2026

 

La semana pasada tuvimos en Lima a un excepcional economista español, el doctor Jesús Huerta de Soto. En la Facultad de Economía donde trabajo tuvimos el honor de recibirlo como nuevo Profesor Visitante, en mérito a sus importantes contribuciones a la Escuela Austriaca. Una Escuela a la que, según explicó, debería reconocerse como la Escuela Española, por tener sus cimientos en las contribuciones primigenias de los Escolásticos españoles en la Universidad de Salamanca, mucho antes de la publicación de la Riqueza de las Naciones. 

Ustedes saben bien eso de que, para ser leído profusamente –entonces y ahora– (ergo, influenciar o incluso solo ser tomado en consideración), los economistas deben publicar en idioma inglés. Esa tarde, en una disertación brillante, el profesor Huerta de Soto nos llamó la atención a todos los economistas. Nos recordó que los neoclásicos (en sus incontables variantes), solo seríamos los tontos útiles de los socialistas y de los mercantilistas (también en sus incontables variantes y mutaciones). 

Puntualizó, con toda la racionalidad del mundo, que ni siquiera nos cuestionamos si el enfermizo Hobbes –y su mundo de gentes pre marxistoides; ergo: solitarias, pobres, desagradables, brutas y crueles– debería ser acaso tomado en cuenta. Huerta de Soto dejó claramente establecida la pregunta: ¿es acaso la existencia del Estado un dogma ideológico? ¿Siquiera es algo aconsejable?

 

Mi blasfemia preferida

No puedo negar que esta sería una de mis blasfemias preferidas. Y es que cuestionar la conveniencia de lo estatal, mucho más allá de las creencias de los auto denominados anarco capitalistas (estos últimos también enredados en sus incontables variantes), implica una pregunta terrible para quienes necesitan el aparato estatal en aras a enriquecerse u oprimir. Algo per se injurioso contra sus objetivos, intereses o creencias.

Seguramente, incomodando a todos los seguidores de Hobbes en el planeta, registro con pena que, en Iberoamérica, año tras año, nación tras nación, lo estatal tiende a ser mucho más hediondo y destructivo de lo que quería creer años atrás. La pregunta planteada la noche del jueves pasado en el auditorio Luis Bustamante Belaunde por el doctor Huerta de Soto no es un dogma de fe. Al menos no debería serlo. Debe ser discutida abiertamente por los economistas. 

El primer gráfico de estas líneas –aunque anticipo que esta práctica debe irritar al nuevo profesor visitante– nos deja evidencia meridiana, difícil de esconder. Tenga usted preferencias austriacas, mercantilistas o socialistas. 

Si comparamos los valores promedio quinquenales publicados, desde Canadá hasta Haití, se es mucho más pobre cuando el aparato burocrático es más corrupto. Y se es más burocráticamente corrupto cuanto más grande es el botín y menores las libertades de la plaza. La clave aquí no implica solamente comprender que la asociación global, entre las cifras de corrupción burocrática y los niveles de riqueza por persona, resulta estadísticamente sólida, sino que, bajo los mismos valores de gobernanza estatal publicados por el Banco Mundial, la corrupción burocrática erosiona la eficacia de su gasto y reglas. 

Resulta muy fácil encontrar la conexión entre corrupción, ineficacia gubernamental (en ámbitos como la inseguridad ciudadana o la implementación de procesos electorales limpios) así como la informalidad laboral o tributaria en plazas como el Perú. La figura B nos reta a descubrir si el malhadado vocablo Déficit de Estado maquilla una respuesta evasiva a la pregunta que nos deja Huerta de Soto. Y que solo promociona un aparato estatal destructivo, corrupto e ineficaz. Es decir, un aparato estatal socialista mercantilista. Una traición al pueblo. Esto, tanto en el Perú (la otrora capital del más importante virreinato español, antes de las nefastas reformas borbónicas), cuanto en España hoy y hasta en la Conchinchina.

 

¿Qué nos pasa cuando obviamos la pregunta?

El caso del Perú reciente (plaza que ha optado por regresar a las recetas estatistas desde hace más de una década) nos resulta aquí de particular utilidad. También nos serviría enfocar la debacle económica española de las últimas décadas, pero el espacio conspira contra este deseo. Enfoquemos pues al Perú solamente, en la Figura B.

Nunca olvidemos que, en los hechos, usualmente la senda estatista resulta, sobre todo lo demás, ilusa. Sin fundamento e irreal. Aunque nos hayan hecho creer que estamos muy bien, con los gobiernos peruanos de izquierda –desde el 2012 a la fecha, desde Humala a Balcázar– nos estancamos, perdemos el paso y nos subdesarrollamos. 

Adrede he evitado aquí la crueldad de compararnos con naciones económica y socialmente exitosas –como Singapur– y he optado a compararnos con el producto por persona promedio del planeta. Con ello, las noticias no son buenas. Queda evidente, no solamente como nos alejamos de nuestro ritmo de crecimiento económico post reformas incompletas de mercado. Se descubre cuánto nos atrasamos globalmente confiándole el gobierno a la burocracia y no a la gente.

Llegamos pues a dibujar adictos a un Estado terrible. Una suerte de Leviatán tremendamente monstruoso. Parafraseando al oscuro Hobbes, un ente burocrático muy aislado, paupérrimo, desagradable, bruto y –por encima de todo lo demás– cruel.

 

La pregunta timorata

Aquí otra investigación se cae de madura: ¿acaso la interrogante aconsejable no sería cuanto Estado nos convendría cargar? O la misma pregunta en otros términos: ¿cuánto abuso y opresión deberíamos –voluntaria o involuntariamente– cargar? Pero esta pregunta se desvanece y ridiculiza con otra dual. Es decir, al enfocar si ¿resulta aconsejable inflar un Estado ineficaz y corrupto? Y frente a ella me atrevería añadir: ¿resulta verosímil que esto no suceda?

No olvidemos que los opresores, dictadores o mercaderes, tienen agentes muy efectivos contándonos cuentos de hadas. Y que el deudor intelectual de Harriet Taylor (Karl Marx) nos contaba que la libertad implicaría solo sumisión. La conciencia de nuestras necesidades.

Finalmente, no lo olviden: las preferencias políticas importan. Y que hoy transitamos –a media tinta y globalmente– hacia escenarios woke. Esto, jugando con los vocablos. Dizque bajo formas de capitalismo consciente o de mi oxímoron preferido: el socialismo de mercado. Son tiempos en los que la seudo-solución estatista –etiquetada hoy como una política pública– está de toda moda. Y en los que, además, desde las escuelas primarias hasta las universidades y los templos, la opresión socialista-mercantilista se vende (y a rajatabla) como la cura a todos los males. Siendo esto así, la pregunta nuclear planteada por nuestro ilustre visitante persistirá impopular. 

Pero no se acongoje. El no plantearnos la pregunta claramente cerrará el círculo. Nos llevará a enfrentarla… llegados a un punto crítico. Desdichadamente, con un alto costo para las mayorías y tomando un lapso indeterminado.

Carlos Adrianzén
29 de abril del 2026

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