Maria del Pilar Tello
De la crisis a la pesadilla política
Ni el voto popular en la máxima consulta electoral se respeta
Hay momentos en la historia de los países en que la crisis deja de ser un episodio y se convierte en una atmósfera autodestructiva. El Perú ha entrado en ese momento. No solo enfrentamos problemas políticos, institucionales o de seguridad. Enfrentamos algo más peligroso: la sensación de estar atrapados en una pesadilla colectiva.
La población percibe que el país ha perdido rumbo y dirección. No se trata únicamente de la fragmentación política o de la precariedad del liderazgo. Es la suma de factores que, acumulados, generan una percepción de descontrol.
La inseguridad es el rostro más visible de esa crisis. El crimen se expande, se organiza, se vuelve más violento y más impune. El Estado, en lugar de responder con claridad estratégica, parece desbordado, reactivo o simplemente ausente. En algunos territorios, la legalidad retrocede y el vacío lo llenan las mafias organizadas que gobiernan sin control ni respuesta política dejando en indefensión al peruano común.
Ni el voto popular en la máxima consulta electoral se respeta. La legitimidad es la base que sostiene el poder político. Sin ella no hay autoridad ni convencimiento. Cuando la sociedad deja de creer en quienes gobiernan, cuando percibe que las decisiones no responden al interés general, cuando sospecha que el sistema está capturado o distorsionado, la democracia se vacía desde dentro.
Es lo que estamos viendo. El Ejecutivo carece de autoridad moral y de capacidad para enfrentar una crisis de esta magnitud. El Congreso, lejos de actuar como contrapeso responsable, está desconectado de los objetivos nacionales y nos ha dado una pasarela de presidentes a cual peor. Y el proceso electoral, que debería ser el mecanismo de renovación de la confianza, es una parodia de equivocaciones que ha instalado la desconfianza nacional.
Incluso decisiones de alta relevancia vinculadas a la defensa nacional y a la adquisición de equipamiento estratégico son manejadas con increíble torpeza. El problema no es la decisión, es el entorno de desconfianza y de mentiras en el que se toma.
Así, hemos entrado en una inercia peligrosa. El poder funciona, pero no convence. Se mueve, sin dirección. Decide, sin legitimidad. Es la pesadilla colectiva en que estamos atrapados sin despertar a una salida. La esperanza electoral se desvanece entre maniobras oscuras.
Pero toda pesadilla tiene un punto crítico: el momento en que deja de percibirse como excepcional y pasa a ser normalidad. Ese es el verdadero riesgo para el Perú. Si nos acostumbramos al deterioro, si dejamos de exigir un camino cierto y confiable la crisis se torna permanente y de naturaleza indeseable. La advertencia está clara. Si este proceso continúa, el Perú enfrentará un proceso de degradación institucional que puede abrir la puerta a salidas autoritarias o a formas de control informal del poder.
La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos de cómo las democracias débiles pueden derivar en sistemas híbridos o en capturas del Estado por intereses espurios. El Perú no está condenado pero tampoco está inmunizado. Salir de esta pesadilla exige una reconstrucción profunda de la legitimidad. Esto implica restablecer la capacidad del Estado para garantizar seguridad y defender el primer derecho que es el de la vida.Sin orden, no hay democracia posible.
Exige transparencia total en la toma de decisiones. La sociedad no solo quiere resultados: quiere comprender cómo y por qué se decide. Requiere liderazgo político con responsabilidad histórica. No basta con administrar la crisis. Es necesario asumirla y enfrentarla para poder confiar. Sin confianza, no hay comunidad política. Ni Estado que pueda representar dirección, coraje y verdad. El Perú no está sin salida, está sin conducción.
















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