Diversos observadores han señalado que el gobierno de Keiko Fuj...
En las últimas dos décadas el Perú ha atravesado una situación que desde la psiquiatría individual podría ser caracterizada como una esquizofrenia sin control. Luego de las reformas económicas de los noventa, la aprobación de la Carta Política de 1993 y el respectivo régimen económico constitucional, el PBI del país se multiplicó por cinco y la pobreza se redujo del 60% de la población a 20%, antes de la pandemia y del gobierno de Pedro Castillo. Sin embargo, la política, las instituciones y la cultura avanzaron en contra de este proceso, en sentido absolutamente contrario.
Mientras crecía el PBI y se reducía la pobreza se desarrollaron seis procesos electorales nacionales, de los cuales en cuatro balotajes –es decir, en segundas vueltas– se enfrentaron una propuesta que defendía la Constitución y el Estado de derecho y otra que planteaba la instalación de una asamblea constituyente. De pronto, la polarización fujimorismo versus antifujimorismo comenzó a dominar la escena pública y en los últimos tres balotajes antes del triunfo de Keiko Fujimori se volvió el factor determinante.
El antifujimorismo se convirtió en el partido dominante en la sociedad porque, de una u otra manera, definió el triunfo de las últimas elecciones antes de la victoria de Fuerza Popular. El antifujimorismo se convirtió en una religión profana en el que un conjunto de creencias –como verdades reveladas– podía llevar a un sector de la sociedad, incluso, a optar por Pedro Castillo como el mal menor, no obstante que era el peor candidato de la historia republicana, el menos preparado y el único que había expresado abiertamente todos lo despropósitos que luego cometería.
El antifujimorismo no se convirtió en una religión profana de manera espontánea. Este tipo de relatos nunca surgen de esa manera. Tuvo sus profetas, obispos y sacerdotes en todos los sectores de la izquierda nacional, ya sean los comunistas o los progresistas, que padecieron el devastador trauma del rechazo masivo del pueblo. Estos sectores, durante los noventa, contemplaron cómo los peruanos se inclinaban masivamente por la figura de Alberto Fujimori, convertido en un caudillo carismático, imbatible en las elecciones, que redujo a la izquierda a un solo representante en las elecciones de 1995. El pueblo, los oprimidos y los excluidos estaban con el caudillo que había materializado una alianza inédita entre el Estado, los pobres y los ricos.
Los textos religiosos del antifujimorismo repartidos en diversas oenegés –que reclamaban un lugar en la industria de la ciencia política– se alimentaron de los yerros de ese fujimorismo de los noventa. La interrupción constitucional del 5 de abril que duró apenas ocho meses y algunos excesos en la lucha contra el terrorismo comunista de Sendero Luminoso abonaron a la revelación. Ese mismo antifujimorismo tendría su nuevo evangelio en los errores cometidos por Keiko y los jóvenes de Fuerza Popular luego de la elección de Pedro Pablo Kuczynski en el 2016.
El antifujimorismo poco a poco se desbarrancó en una creencia de la determinación genética. Los errores de Fuerza Popular con PPK demostraban que Keiko tenía la carga genética autoritaria de los noventa, a pesar de haber participado en tres balotajes –antes de su reciente victoria–, pese a haber construido el mayor partido organizado luego de las experiencias partidarias del siglo pasado, y no obstante haber soportado la persecución más brutal a la que se somete un político cuando se instrumentalizan las instituciones del sistema de justicia en contra del adversario.
A pesar de todas estas barbaries, Keiko se mantuvo en la institucionalidad y nunca siquiera imaginó el asilo o la fuga repentina. En otras palabras, se sometió a las luces y sombras que suelen haber en los estados de derecho. En cualquier sociedad con mediana salud política y sin el fundamentalismo religioso del antifujimorismo esos hechos habrían sido suficientes para cancelar la creencia y buscar los demonios y males en otros lados. Sin embargo, en el Perú la religión antifujimorista se mantuvo.
El triunfo de Keiko en las elecciones del 2026 cambia las cosas para siempre. Ella únicamente necesita desarrollar todas las cosas positivas materializadas en el régimen de los noventa, sobre todo la alianza del Estado con los pobres y los ricos, pero en plena democracia, en plena vigencia del Estado de derecho, respetando la pluralidad y las disidencias, para difuminar para siempre la densidad de la religión antifujimorista.
Las religiones profanas tienen esa naturaleza volátil cuando el infierno artificial y los demonios imaginarios se demuestran inexistentes, falsos y absurdos.
















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