Cecilia Bákula

La democracia frente a la oclocracia

El Perú tiene una nueva oportunidad de dejar atrás a los políticos demagogos

La democracia frente a la oclocracia
Cecilia Bákula
22 de junio del 2026

 

En estos días en que se vislumbran serios nubarrones sobre nuestro panorama político, es conveniente recordar algunos principios de política básica que han normado desde hace siglos las relaciones entre los ciudadanos y que se considera son el sustento de la vida en sociedad. En ese sentido, el Perú no ha de buscar nunca ser un caso en donde el caos y la oclocracia primen, sino en donde el respeto a las leyes y a su correcta interpretación, sean el fundamento de nuestra existencia. Solo en la seriedad del análisis y la aplicación jurídicas es posible sentar las bases de una existencia legítima y con posibilidades de crecimiento y desarrollo futuro.

Hoy vemos que por la indecisión y lentitud de las entidades obligadas a concluir con transparencia el proceso electoral que recientemente hemos vivido, nos enfrentamos a una condición de cuasi inseguridad jurídica y, por qué no decirlo, al caprichoso y muy peligroso uso de las leyes. No es posible que estando por terminar el mes de junio, no se conozcan aún los resultados definitivos y que, a pesar de que las propias entidades responsables han señalado una importante diferencia de votos entre los dos contendores, nos enfrentamos a la posibilidad de que se intente descartar, en beneficio de quien no supera la cifra final, el voto que, en uso de su derecho ciudadano, han ejercido los peruanos. Argucias hay miles y no deben ser esos los argumentos que tome en consideración la autoridad.

Me parece necesario y pertinente traer a colación el pensamiento de Jean Jacques Rousseau, autor de dos obras fundamentales para el conocimiento de la historia política de Occidente: Emilio y el Contrato Social.

Emilio o de la educación[1] es una obra escrita por Rousseau en 1762 y se centra en la importancia de una adecuada educación y formación de los jóvenes. El personaje central se llama Emilio y en esa figura el autor desarrolla todo su planteamiento sobre la educación. Este tema es y debería ser de gran actualidad pues Rousseau pretende orientarnos hacia la reflexión respecto a la educación de los jóvenes que serán las nuevas generaciones que conducirán los destinos de nuestras sociedades. Hoy, en el Perú, vemos lamentablemente que la educación, es precisamente, el mayor y más grave problema al que se enfrenta nuestro país y, al tener una población mayoritariamente poco instruida y con formación humana intelectual y de valores de ínfimos niveles, es que enfrentamos la situación política que hoy vivimos. Aquello que Rousseau formuló como la urgencia de una educación que condujera a la existencia de ciudadanos íntegros, capaces de razonar y por lo tanto aptos para hacer buen uso de la libertad, que significa el ejercicio de los propios derechos, nos golpea con una crudeza sustantiva. Nuestra gran masa electoral, por voluntad expresa de los últimos gobiernos y por desidia de quienes debieron ser actores en este tema, carece mayoritariamente de herramientas de formación y de educación que le facilite el tomar las correctas decisiones en el campo político y no el ser arrastrada por palabras vacías, tristes quimeras y ofrecimientos imposible de ser cumplidos. De esa penosa situación es que se aprovechan tantos irresponsables, de los que hoy abunda nuestra clase política y que pretenden dirigir los destinos de nuestro pueblo.

Por otro lado, en su obra cumbre, El Contrato Social o Principios del derecho político[2] Rousseau nos aporta los fundamentos del derecho político que luego desarrolla en cuatro grandes apartados. El parte de la convicción de que la república es el sistema por excelencia, en tanto ofrece, en contra del absolutismo imperante en la Europa por entonces, el equilibrio necesario a través de la división de poderes. Pero, esa república, como sistema, requiere de algunos elementos sustantivos como el ejercicio de la democracia que debe vivir respetando un pacto o contrato social que sustenta el orden y garantiza el bien común. En la república, el pueblo (educado y con valores intelectuales y sociales) hace uso de su libertad para delegar el gobierno común.

Ahora bien, en una población en donde esos principios se corrompen, se da lugar a la oclocracia, palabra que viene de dos raíces griegas: ochlos, que puede entenderse como muchedumbre y kratos, que significa poder y que surge cuando la democracia degenera y el poder es tomado o cae en manos de demagogos que han convencido a un pueblo, poco o nada oculto ni maduro en formas de vida política y a quienes engañan con un barato populismo, haciéndoles creer que el poder está en sus manos, en las manos del pueblo. Eso es caos, no es gobierno ni ejercicio auténtico del poder.

No obstante es menester señalar que el peruano, hace mucho tiempo que viene esperando un gobierno que lo rescate del fantasma de la oclocracia y que lo conduzca por sendas de bienestar y desarrollo. No obstante ese clamor, son los políticos de pacotilla, igualmente ignorantes, los que actúan atacando el sistema republicano y creo que lo hacen, en mucho, para ocultar su propio bajo nivel académico, personal, moral por lo que se esconden y escudan en una población políticamente inmadura. Es por ello que debemos entender bien los conceptos y las necesidades. El nuestro es un pueblo deseoso de orden y progreso por lo que ha de ser rescatado de quienes pretenden hundirlo en la postergación y el atraso y por ello, se debe impedir que “interpretaciones auténticas y antojadizas” de las normas, puedan llevarnos a consolidar ese gobierno con matices de oclocracia que podría garantizar solo decadencia y pobreza.

Es del todo incomprensible que quienes aceptaron los resultados de una primera vuelta y que en la segunda, salen a festejar la eficiencia de los mecanismos electorales, sean los que ahora, en maniobras antojadizas y trasnochadas, rechacen eso mismo, porque los resultados les son adversos y que pretendan ejercer el poder con la oclocracia por bandera.

Todo ello pone al Perú en una encrucijada peligrosa y quien asuma el poder el próximo 28 de julio debe ser muy consciente de que el nuestro es un país dividido y que se tendrá que trabajar no por una unidad de balcón ni de arenga, sino por el desarrollo y el progreso, erradicando toda forma de latrocinio, robo y corrupción porque el nuestro, no es un país pobre. Es un país rico, es la tierra prometida cuyo futuro promisorio, lamentablemente, se ve enturbiado por la existencia de muchos ladrones.

La democracia el sistema que, a lo largo de la historia, ha dado mejores resultados y el sistema republicano se sustenta en ella; es por lo tanto una obligación del nuevo gobernante apostar con radicalidad por la educación formal, en política, en historia y en valores para que el futuro sea prometedor y mejor para las grandes mayorías que hoy, confundidas, pudieran optar por el facilismo del engaño. 

En estos días en que se vislumbran serios nubarrones sobre nuestro panorama político, es conveniente recordar algunos principios de política básica que han normado desde hace siglos las relaciones entre los ciudadanos y que se considera como el sustento de la vida en sociedad. Ello porque el Perú no ha de buscar nunca ser un caso en donde el caos y la oclocracia primen, sino en donde el respeto a las leyes y a su correcta interpretación, sean el fundamento de nuestra existencia. Solo en la seriedad del análisis y la aplicación jurídica es posible sentar las bases de una existencia legítima y con posibilidades de crecimiento y desarrollo futuro.

Hoy vemos que por la indecisión y lentitud de las entidades obligadas a concluir con transparencia el proceso electoral que recientemente hemos vivido, nos enfrentamos a una condición de inseguridad jurídica y, por qué no decirlo, al caprichoso y muy peligroso uso de las leyes. No es posible que estando por terminar el mes de junio, no se conozcan aún los resultados definitivos y que, a pesar de que las propias entidades responsables han señalado una importante diferencia de votos entre los dos contendores, nos enfrentamos a la posibilidad de que se intente descarta, en beneficio de quien no supera la cifra final, el voto que, en uso de su derecho ciudadano, han ejercido los peruanos en el extranjero.

Es necesario traer a colación el pensamiento de Jean Jacques Rousseau, autor de dos obras fundamentales para el conocimiento de la historia política de occidente: Emilio y el Contrato Social.

Emilio o de la educación[3] es una obra escrita por Rousseau en 1762 y se centra en la importancia de una adecuada educación y formación de los jóvenes. El personaje central se llama Emilio y en esa figura él desarrolla todo su planteamiento sobre la educación. Este tema es y debería ser de gran actualidad pues Rousseau pretende orientarnos hacia la reflexión respecto a la educación de los jóvenes que serán las nuevas generaciones que conducirán los destinos de nuestras sociedades. Hoy, en el Perú, vemos lamentablemente que la educación, es precisamente, el mayor y más grave problema al que se enfrenta nuestro país y, al tener una población mayoritariamente poco instruida y con formación humana intelectual y de valores de ínfimos niveles, es que enfrentamos la situación política que hoy vivimos. Aquello que Rousseau formuló como la urgencia de una educación que condujera a la existencia de ciudadanos íntegros, capaces de razonar y por lo tanto aptos para la libertad que significa el ejercicio de los propios derechos, nos golpea con una crudeza sustantiva. Nuestra gran masa electoral, por voluntad expresa de los últimos gobiernos y por desidia de quienes debieron ser actores en este tema, carece mayoritariamente de herramientas de formación y de educación que les facilite la correcta decisión y no el ser arrastrados por palabras vacías, tristes quimeras y ofrecimientos imposible de ser cumplidos. De esa penosa situación es que se aprovechan tantos irresponsables, de los que hoy abunda nuestra clase política y que pretenden dirigir los destinos de nuestro pueblo.

Por otro lado, en su obra cumbre, El Contrato Social o Principios del derecho político[4] Rousseau nos aporta los fundamentos del derecho político que desarrolla en cuatro grandes apartados. Partiendo de la convicción de que la república es el sistema por excelencia, en tanto ofrece, en contra del absolutismo imperante en Europa por entonces, el equilibrio necesario a través de la división de poderes. Pero, esa república, como sistema, requiere de algunos elementos sustantivos como el ejercicio de la democracia que debe vivir respetando un pacto o contrato social que sustenta el orden y garantiza el bien común. En la república, el pueblo (educado y con valores intelectuales y sociales) hace uso de su libertad para delegar el gobierno común.

Ahora bien, en una población en donde esos principios se corrompen, se da lugar a la oclocracia, palabra que viene de dos raíces griegas: ochlos, que puede entenderse como muchedumbre y kratos, que significa poder. Se entiende que esa situación es la degeneración de la democracia pues el poder es tomado o cae en manos de demagogos que han convencido a un pueblo, poco o nada culto ni maduro en formas de vida política y a quienes engañan con un barato populismo.

No obstante es menester señalar que el peruano, hace mucho tiempo que viene esperando un gobierno que lo rescate de la oclocracia y que lo conduzca por sendas de bienestar y desarrollo y que son los políticos de pacotilla, igualmente ignorantes, que para ocultar su propio bajo nivel, se esconden y escudan en una población políticamente inmadura. Es por ello que, en esta oportunidad, debemos rescatar a ese pueblo postergado e impedir que “interpretaciones auténticas y antojadizas” de las normas, puedan llevarnos a consolidar ese gobierno que podría garantizar decadencia y pobreza.

Es del todo incomprensible que quienes aceptaron los resultados (por demás cuestionados) de una primera vuelta y que en la segunda, salen a festejar la eficiencia de los mecanismos electorales, sean los que ahora rechazan eso mismo, porque los resultados les son adversos y que pretendan ejercer el poder al que desean acceder con fraude y con la oclocracia por bandera.

Todo ello pone al Perú en una encrucijada peligrosa y quien asuma el poder el próximo 28 de julio debe ser muy consciente de que el nuestro es un país dividido y que se tendrá que trabajar no por una unidad de balcón ni de arenga, sino por el desarrollo y el progreso, erradicando toda forma de latrocinio, robo y corrupción porque el nuestro, no es un país pobre. Es un país rico, es la tierra prometida cuyo futuro promisorio, lamentablemente, se ve enturbiado por la existencia de muchos ladrones.

La democracia es así y el sistema republicano se sustenta en ella, es por lo tanto una obligación nuestra la de apostar por la educación formal, política y en valores para que el futuro sea promisorio y mejor para las grandes mayorías que hoy, confundidas, pudieran optar por el facilismo del engaño.


[1] Emilio o de la educación, es un tratado sobre la realidad del hombre, que apareció editado en 1762.
[2] https://www.secst.cl/upfiles/documentos/01082016_923am_579f698613e3b.pdf Aquí se puede leer la versión completa de esta obra que fue proclamada en un discurso en 1750, pero editada en 1762.
[3] Emilio o de la educación, es un tratado sobre la realidad del hombre, que apareció editado en 1762.
[4] https://www.secst.cl/upfiles/documentos/01082016_923am_579f698613e3b.pdf Aquí se puede leer la versión completa de esta obra que fue proclamada en un discurso en 1750, pero editada en 1762

Cecilia Bákula
22 de junio del 2026

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