Dos décadas atrás, cuando el Perú adquiría...
La discusión sobre la Adenda 3 de Majes-Siguas II vuelve a poner en evidencia uno de los grandes problemas del Perú: la dificultad para convertir las oportunidades de inversión y desarrollo en proyectos concretos. Como ha explicado el exministro de Agricultura Carlos Amat, lo que está en juego en Arequipa no es solamente la incorporación de 40,000 hectáreas a la agricultura, sino la posibilidad de construir una nueva plataforma agroindustrial, tecnológica y exportadora capaz de transformar la economía del sur. ¿Cómo entender que, después de décadas de esfuerzos e inversiones, las autoridades regionales todavía no comprendan la magnitud de esta oportunidad?
La experiencia peruana debería ser suficiente para despejar cualquier duda. El milagro agroexportador se ha desarrollado sobre aproximadamente 250,000 hectáreas, apenas el 5% de las tierras agrícolas del país, y ha convertido al Perú en una potencia mundial en la producción y exportación de alimentos. Si una superficie relativamente pequeña ha producido semejante transformación, resulta evidente el potencial de incorporar nuevas tierras a una actividad que genera inversiones, empleo formal, divisas y encadenamientos productivos. Las 40,000 hectáreas de Majes-Siguas II podrían extender ese proceso hacia el sur y abrir una nueva etapa de crecimiento para Arequipa.
Pero el proyecto tiene una dimensión adicional que suele perderse en la discusión política. Majes no nació como una iniciativa improvisada. Desde la década de 1960 fue concebido como uno de los grandes proyectos de desarrollo regional. Majes I permitió incorporar unas 15,000 hectáreas, principalmente dedicadas a la producción de alfalfa que abastece a la industria láctea. Alrededor de esa actividad surgió El Pedregal, una ciudad de aproximadamente 50,000 habitantes que hoy constituye un importante centro comercial, bancario y de servicios. Es decir, la agricultura no solamente produjo alimentos: también creó una economía urbana y oportunidades para miles de personas.
Sin embargo, Majes I tuvo una limitación que el nuevo proyecto busca superar: el minifundio. La fragmentación de las tierras en pequeñas unidades productivas restringió las posibilidades de atraer grandes inversiones, incorporar tecnología y desarrollar economías de escala. Majes-Siguas II plantea predios superiores a las 200 hectáreas, capaces de convocar capitales y desarrollar una agricultura moderna orientada a los mercados internacionales. No se trata de reproducir el modelo anterior, sino de aprovechar sus enseñanzas para dar un salto productivo.
También existe una razón económica fundamental para exigir la continuidad del proyecto: el Perú ya ha invertido aproximadamente US$ 1.300 millones en infraestructura hidráulica vinculada a Majes. Allí están la represa de Condoroma, los 97 kilómetros de túneles, los canales y las obras de captación, diseñados para conducir hasta 36 metros cúbicos de agua por segundo. Actualmente se utiliza apenas una tercera parte de esa capacidad. La incorporación de la represa de Angostura, con una capacidad aproximada de 1,100 millones de metros cúbicos, y las inversiones adicionales previstas permitirían aprovechar esa infraestructura. Se contemplan US$ 550 millones para Angostura y otros US$ 104 millones para la modernización tecnológica y el entubamiento del sistema de distribución.
Esta modernización es particularmente importante porque Arequipa se encuentra en una zona desértica, donde el agua constituye un recurso extraordinariamente valioso. El nuevo modelo contempla riego presurizado por goteo, agricultura de precisión y fertilización mediante los propios sistemas de irrigación. El consumo podría reducirse de los actuales 23,000 metros cúbicos por hectárea a unos 8,000. La eficiencia hídrica no es, por tanto, un argumento secundario: es una condición indispensable para desarrollar una agricultura sostenible y competitiva en una región de elevada radiación solar.
Las consecuencias económicas podrían ser extraordinarias. Se proyectan 186,000 puestos de trabajo vinculados a esta nueva plataforma productiva, que requeriría profesionales, investigadores, técnicos y trabajadores especializados. Si se considera que cada hogar tiene en promedio cuatro integrantes, estaríamos hablando de unas 744,000 personas vinculadas a esa transformación. La región necesitaría nuevas viviendas, colegios, hospitales, transporte, servicios comerciales e infraestructura urbana. En otras palabras, Majes-Siguas II podría impulsar el nacimiento de una nueva ciudad y de un complejo agroindustrial de grandes dimensiones.
La producción de frutales y hortalizas de calidad mundial, acompañada de procesamiento industrial, permitiría superar la exportación de materias primas agrícolas y desarrollar cadenas productivas más complejas. Arequipa podría convertirse en un polo de conocimiento, inversión y empleo calificado, con efectos que alcanzarían también a Puno, Cusco y Apurímac.
¿Por qué, entonces, tanta resistencia? Durante años se ha difundido la idea de que Majes-Siguas II beneficiaría exclusivamente a grandes empresas y multinacionales. Este prejuicio confunde la dimensión de las inversiones privadas con sus efectos económicos y sociales. Una plataforma agroindustrial moderna no beneficia únicamente a quienes producen y exportan. También genera demanda de servicios, transporte, comercio, educación, investigación y empleo para pequeños y medianos empresarios. Pretender que el desarrollo debe sustentarse en el minifundio significa ignorar las condiciones de competitividad que exige la economía contemporánea.
El Perú no puede darse el lujo de desperdiciar inversiones ni de postergar oportunidades de gran magnitud. Majes-Siguas II no es solamente una obra de irrigación: es una apuesta por la modernización productiva, la generación de empleo y el futuro económico de Arequipa.
















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