Hugo Neira

Lima: Entre ciudad y leyenda

La sola mención de su nombre es evocación

Lima: Entre ciudad y leyenda
Hugo Neira
02 de noviembre del 2026

 

Lima colonial y sus amables tópicos. Ciudad en damero, en manzanas, balcones, casonas coloniales, patios con macetas, campanas, conventos, numerosas iglesias, calles “muy derechas y empedradas” dice el judío portugués. Algunos paseos arbolados, el rumor de la calle, procesiones, carnavales, el comercio, tiendas de paños, terremotos. El Cabildo y los regidores, la dificultad para circular por la noche debido a los delincuentes. Corridas de toro, torneos a caballo y juego de cañas, comedia y la importancia de las fiestas. Eran numerosas, las de guardar, como la Semana Santa y Reyes, San Pedro y San Pablo, las de Pascuas, la del Corpus Christi, el culto a María. Y las civiles, para los natalicios del lejano rey. O recibir o despedir a un virrey.

Lima colonial, cantidad de santos locales, mucho más que otra ciudad hispano colonial: Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porras. Ciudad con reconocidas beatas y santos mal comprendidos por ser indios, como Nicolás de Ayllón, que hacía milagro, pero ni con dinero (de las cofradías indias) lograron elevarlo al altar. Juan Carlos Estenssoro ha hecho una tesis francesa sobre este tema (Del paganismo a la santidad). Poco mencionado, contradice la leyenda de la benignidad con los vencidos. A sus santos no los dejaron subirse en los altares. Ni hay virgen morena de Guadalupe como en México colonial.  

En 1614, a setenta y nueve años de que los españoles la fundaran, solo tenía 9,500 de ellos. Sobre un total de 26,000 habitantes (según Brading, retomado por Bernand). Muy poco para una Ciudad de los Reyes, su nombre original. ¿Lima española? O desde sus inicios, andaluza y ya criolla. Con Lima hay un problema, viene de que es leyenda. La sola mención de su nombre es evocación. Acuden a nuestra mente tradiciones, costumbres, remembranzas. Es real, hay una historia de su arquitectura, pero también leyenda, extremadamente azucarada como la repostería de las monjas de sus conventos que nos han legado la mazamorra y muchos dulces caseros. 

México capital tiene otro sino. Cortés no muere atravesado por una espada toledana como Pizarro, y tiene una muerte más bien española, es decir abandonado y temido por la Corona, que le impide volver a México, no vaya a ser que los vencidos aztecas lo proclamen Rey. Esa posibilidad no podía ser la de ningún virrey en el Perú. Por lo demás, la leyenda limeña detesta lo trágico. La ubicación costeña impidió su identificación en el inmenso territorio andino. Sin tragedia ni carisma, Lima se enriquece, gracias al puerto del Callao y de Potosí. Y la leyenda, con su magia y mentiras, melosa como sus dulces, trota a nuestro lado.

Lima, iglesia y calle. Ciudad pequeña, se cruzaban en sus jirones indios, negros, mulatos, mestizos y blancos, todas las castas, gente de labores distintas, domésticos y párrocos, mercaderes y cargadores, dignatarios y desocupados, frailes y damas transportadas en silla de mano, cocheros negros para los carruajes, frailes por las calzadas, e hilera de colegiales rumbo a algún colegio de jesuitas. Se supone que esto produjo una suerte “de igualitarismo espontáneo”, de ahí la capacidad de broma y de picardía (tengo mis reservas). Como ante el adjetivo de “jacarandoso” (quiere decir alegre, desenvuelto), uno de los más repetidos estereotipos de la vida limeña colonial.

Esa no es sino una mirada retrospectiva bastante autocomplaciente. Los viajeros, que realmente vieron la Lima colonial, la encontraron más bien conventual, con vida pero de puertas para adentro. En la calle, se podía uno tropezar con alguna procesión, y regalarse con el espectáculo de las cofradías, claramente distintas unas de otras, de negros, mulatos. Para los indios, había el cercado, un barrio especial. Y para judíos y portugueses sospechados de judíos, la Inquisición. En cuanto al judío portugués que Riva-Agüero comenta largamente, no pudo dejar de admirar a las criollas y sus gargantillas y cintillas de diamantes y amatistas. Y los hombres vestidos con sedas de Segovia, siempre a caballo, y cuando se ausentaban de Lima hacia los valles cercanos, lo hacían “con buenas mulas, vajilla de plata, cama dentro de un almofrez y séquito de esclavos”.

¿Es tan cierta esa ciudad monacal? Varios viajeros, en especial los marinos, dan otra versión. La vida criolla era solapadamente libertina, y había una calle con burdeles que se llamaba la Calle del huevo. Por lo demás, una fuente no sospechable de aplaudir las malas costumbres de la época, la Santa Hermandad, a juzgar por los procesos inquisitoriales, los más frecuentes eran sobre bigamias, adulterios y “proposiciones escandalosas” —la que más de un varón le insinuaba a alguna monja— y eran de lejos más numerosos que brujerías y luteranismos. En la beata Lima, la tentación de la carne era la preferida de los pecadores, y no la herejía. Los registros a los que aludimos van de 1570 a 1635. Justo en el tiempo en que, en Europa, y también en España, hervía el debate sobre Iglesia, religión, Estado y política. Devota, sin duda, pero, en cuatro siglos, ¿cuál fue nuestro teólogo local?

 

Extracto de El mundo mesoamericano y el mundo andino, Editorial Ricardo Palma, Lima, 2016, pp. 192-194.

 

Hugo Neira
02 de noviembre del 2026

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