Hugo Neira
Lo criollo
El concepto de “criollo” nos conduce al abordaje de nosotros mismos
¿No será criollo, como indio, otra ilusión culturalista? ¿Una de esas totalidades espirituales indefinibles? Sin embargo, el sentido común nos dice que expresa cosas, datos de la realidad. La cocina criolla, por ejemplo. ¿Una manera de decir más libre, más desenfadada, hecha con los materiales del país? Se vuelve al sentido del XVI, lo que es del país, lo que es nuestro. ¿Criollo como opuesto a europeo? Y si lo europeo es lo tradicional, el “puchero” español, entonces, ¿la cocina criolla es lo nuevo? ¿O es lo barroco ante lo clásico? Barroco de Indias en los templos, exuberancia al lado de sobriedad.
Más que lo opuesto, lo divergente. ¿De qué? Sin duda, de lo occidental. Arquitectura y religión. La fábrica monumental del monasterio del Escorial no podía ser criolla, es austera. La procesión del Señor de los Milagros no sólo es católica y multitudinaria, es criolla (tenía razón el joven Mariátegui en ocuparse de su significación). ¿No hay un catolicismo de este tipo en Europa? No, no lo hay. Hay romerías, como las andaluzas, con todo menos numerosas. Sólo la plaza de San Pedro en Roma y en las grandes ocasiones. ¿Qué tiene de especial la procesión limeña? Dejemos de lado las vivanderas y los apretujones. Tiene el fervor del corazón. El catolicismo latinoamericano es más explícito, más extravertido, más popular. Más medioeval.
La Iglesia domesticó las masas en el viejo continente, tuvo para ello todos los tiempos modernos, en cambio por aquí circulan esas corrientes íntimas y emocionales de religiosidad que están muy cerca de los seráficos hermanos de Francisco, tan singulares y cálidos que se pusieron, como todo el mundo sabe, a dos dedos de la reprobación y de los tiznes de la Santa Hermandad. Esa religiosidad tan nuestra, ¿es sentimental por criolla o criolla por sentimental? Los teólogos de la Liberación, ¿podían ser lo que son, si no fuesen criollos? Lo digo por el cuidado puesto en “la base” de pobres y marginales, por el intento de retorno al pueblo que es una idea-fuerza solicitada por los cristianos desde los días de Lutero, por el compromiso inmediato en las barriadas miserables en una liturgia de solidaridades que la iglesia europea sólo se saca de la manga para los tiempos de guerra. Puede que lo criollo sea una forma de afectividad y subjetividad que ya no se lleva en los prados hipercontrolados y racionalizados de la triste modernidad de las sociedades opulentas con altas tasas de suicidio y de colesterol.
Lo criollo, ¿en qué es distinto ya no de lo indio, sino de lo europeo? Si las modalidades que podemos examinar son históricas, porque acaso la independencia cultural comenzó mucho antes que la independencia política, los conceptos operadores son de nuestro tiempo (Ruth Benedict, 1934). Las pautas o “patterns”, es decir, “las tendencias determinantes que imprimen un aspecto la actividades e instituciones” (Dictionnaire de l'anthropologie, 1991). La realidad de una cultura avanza por encima de los individuos (Kroeber, 1952). R. Redfield (1962) nos dice que en el carácter holístico de cada cultura lo que cuenta son “les écarts”, o sea, las diferencias: Lévi-Strauss (1958). Y que hay diversas soluciones posibles para cada problema humano, habitar, comer, vincularse.
La literatura criolla, ¿es distinta en qué? ¿Y desde cuándo? En efecto, ¿a partir de qué momento, bajo la colonia, dejamos de tener literatura colonial? Sin duda, no con Juan de Espinosa Medrano, el Lunarejo, esplendor del barroco.Tal vez con Pedro de Oña, tempranamente, con El Arauco domado (1596). Y lo han dicho Porras, L. A. Sánchez, con los satíricos, Mateo Rosas de Oquendo y en el limeñísimo desengaño de Juan del Valle Caviedes. Ciertamente, los costumbristas del XIX siguen siendo sarcásticos, ingeniosos, o sea, criollos. ¿Y por qué la burla era criollista, por descontenta, ya, tan temprano? Vuelta a Lévi-Strauss, para apreciar los parecidos y diferencias en un relativismo cultural que no nos autoriza a prevalecencias. Y Flora Tristán, ¿es criolla o es francesa, o ambas? ¿Y qué hacer con nuestros románticos y bohemios que hasta se morían de tuberculosis?
El mal del siglo, dice Porras, llegó al Perú por 1850, “explosión romántica, preñada de lamentos y sollozos, de ansias lejanas, y de nostalgias sepulcrales”. El “acuérdate de mí” de Salaverry, los yaravíes de Clemente Althaus, de José Arnaldo Márquez hasta Ricardo Palma, cuyo lenguaje, con peruanismos y giros americanos tanto como peninsulares, lo salvan de la acusación de continuar una forma de casticismo, aunque festiva. Estas referencias literarias muestran la dificultad de la presente indagación, la literatura peruana tardó en desprenderse de la española y, cuando lo logra (¿con Valdelomar, con César Vallejo?), ya no es criolla, es peruana.
¿Lo criollo es una subcultura como la aprecian los anglosajones? ¿O una contracorriente? Una variante de lo occidental. Y esto, el Occidente, ¿dónde acaba y concluye? ¿Japón, es occidental? No, Japón está occidentalizado, que es otra cosa, y sólo por trozos de la sociedad nipona y por partes, como estratos del alma, en cada japonés. No hay sino que leer a Ruth Benedict, El crisantemo y el sable, de 1946, para comprender cómo una nación puede ser violenta y pacífica, cortés e impertinente, y lucir un sistema cultural rígido y a la vez innovador. Cómo se asimila lo occidental en la América española es un asunto mayor, un tema que remite al del mestizaje hispano-indio, del XVI al XIX, por entero, al mestizaje cultural. No sólo historia, una manera de enfrentar la actualidad. Puesto que nuestra relación con los centros de poder mundial, con el Occidente industrial, no ha cesado, todo lo contrario. Para bien o mal de nuestras culpas.
En otras palabras, el inocente y fútil concepto de criollo nos conduce al abordaje de nosotros mismos. Será necesario ponerse de acuerdo, es parte del porvenir. En efecto, hay una historicidad de lo criollo, vale decir, de sus múltiples sentidos y encarnaciones. Apenas expresaba en el XVI al negro nacido en la casa del amo colonial, diferente del desafortunado que los portugueses arrancaban del África. En el XVIII es un fenómeno más bien de blancos en rivalidad con los peninsulares, y el punto de partida de la conciencia americana.
Hasta aquí, las referencias clásicas. Pero el mismo concepto, alargado de criollo a criollización, tal vez pase a expresar en las calles de San Francisco y Los Ángeles, penetradas de caribeños y chicanos, la referencia básica en USA. Acaso el mundo al que vamos, no en los Andes ni en Caribe únicamente, el ancho mundo, el planeta del siglo XXI, vivirá una gigantesca experiencia de mestizaje o criollización. Y como quiera que hemos pasado demasiado tiempo inexplorando lo criollo y exaltando lo andino, ocurre entonces que si la presente hipótesis resulta correcta, todo estaría por pensarse.
Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “La esquinada herencia”, pp. 454-456 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.















