Hugo Neira

El criollismo

Un complejo proceso que aún no ha concluido

El criollismo
Hugo Neira
19 de octubre del 2026

 

¿Es el siglo XX un siglo criollo? La pregunta encierra una de nuestras mayores interrogantes. En los primeros decenios del presente siglo, lo criollo evoluciona tan alejadamente del país que habían descubierto los primeros indigenistas, que todavía Mariano Iberico escribe sus “notas sobre el paisaje de la sierra”, con una concepción que podríamos llamar metafísica o religiosa, cerca de Novalis y la filosofía alemana, tan desconectada del Perú que habla del “alma enigmática de los indios”, a los que compara con los adoradores de Mirta, el genio de la luz. Este orientalismo de peruanos se repite, es un “leitmotiv”, y la “montaña”, y no la sierra, resulta un lugar de misterio y fábula. Pero el criollismo como expresión cultural tiene otras manifestaciones más felices y menos distraídas.

Por un lado, será una corriente literaria, aunque comience desde el novecientos a batir el ala. Todavía discurre con Valdelomar, pero su tristeza provinciana empieza a ser una melancolía de mal agüero para los amos del Perú, el reclamo de la fiebre socialista que llegaría de la mano de su amigo, José Carlos. En cuanto a los versos de José Gálvez exaltando al caballo de paso y a su jinete, “el chalán que es un negro musculoso y garboso”, ya no le gusta a Juan Croniqueur. Encimarán (peruanismo por levantar) los poetas del postmodernismo, José María Eguren, César Vallejo, Martín Adán, y con ello, un nuevo espacio de simbolismo, ya no criollo, peruano. Pero no hay que pensar que como literatura el costumbrismo criollista se muere dado que pierde el apoyo de las vanguardias estéticas, en realidad, sólo se adelgaza, para seguir fluyendo de “las estampas mulatas” de José Diez Canseco a los relatos muy recientes de Antonio Gálvez Ronceros y Augusto Higa.

Criollismo-literatura. Hay el otro, el de la vida corriente, y en ella los trasvases y modificaciones de una parte de la élite. Es el caso de las familias de origen europeo, los Dammert por ejemplo. El aprendizaje de lo peruano no es el mismo que el de los migrantes de los años sesenta estudiados por Patch en La Parada, lo que no quita que exista. De esa transculturización de blancos venidos del viejo mundo se habla poco, y ya es tiempo de que deje de ser sólo un asunto de los herederos. El antropólogo José A. Lloréns, para la Lima de 1900 a 1940, habla de “la cultura criolla popular”. En efecto, entre los trabajadores, en especial los obreros textiles, se van a incorporar componentes culturales que proceden del medio ambiente de su tiempo, es decir, fuera de su propia clase, a menudo cosmopolitas como el deporte y la música.

Rafael Tapia, que reflexiona acerca de la cultura del trabajo, no sólo andina sino criolla, dice que somos un país “de invasiones sucesivas”. Ahora bien, una de esas invasiones, destinada a formar una comunidad emocional, a la vez laboriosa y festiva, se logra con la apropiación proletaria del vals, y en el deporte, del fútbol. ¿Qué otro modelo podían tener los líderes de artesanos y obreros, sino el dominante? Para colmo, y como es sabido, no faltaron entre los primeros líderes del sindicalismo ácrata, en las mutualistas y utópicas sociedades de pan y libertad, un buen número de italianos o hijos de éstos. Mayor razón para aperuanarse, el criollismo fue el camino. Mariátegui se apresura cuando entierra al criollismo, en realidad rechazaba la versión culta. Sin el relumbrón de los poetas de salón había los otros, los bardos de callejón, anónimos y potentes. Un cantar de juglaría, la guardia vieja.

Para nuestros días, ante un proceso que no ha concluido, no cabe una tajante respuesta sino algunas conjeturas. O la herencia iberocatólica sigue siendo predominante pese al reclamo contemporáneo de lo andino y lo mestizo, o por el contrario, somos ya un país de diversas tradiciones culturales. Obviamente, preferiría personalmente lo segundo. Entretanto, se sigue enterrando con apresuramiento al criollismo. Pero de la misma manera como el fin de la oligarquía no significó el fin de las clases dominantes —que por el contrario, se renovaron—, la invasión de lo andino no significa el ocaso de un sistema de valores y de una cultura que tiene tantas formas de expresión. Sigue siendo Lima una ciudad con olores de anticuchos en cada esquina, aunque la vendedora ambulante ya no sea una negra. Por mi parte, coincidiendo en otros aspectos, no comparto el punto de vista de José Guillermo Nugent, “el criollismo como desgracia” (El laberinto de la choledad, 1992). En muchos casos fue burla, estigmatización, modalidad para huachafear a los intrusos, privilegio de clase. No, el problema no radica en la pérdida de hegemonía de lo criollo, sino en las carencias de una cierta etnología. 

Para un observador exterior, como Dollfus, la cosa es clara. “Los etnólogos han buscado en los Andes las raíces precolombinas, la especificidad de la organización social y política de los indios, fiestas, danzas, músicas, vestidos, pero se termina por olvidar la huella de España; que ha sido decisiva”. Hay una cultura específicamente peruana —sostiene— hecha de confluencia y asimilación de aportes diversos, hispánicos como precolombinos, norteamericanos como antillanos. Es un sistema de valores —prosigue—, una cultura, que se traduce por formas de expresión, de prácticas, de manera de ser y comportamientos, que se transmiten por diversos canales. Entre sus vectores, Dollfus señala las novelas de Vargas Llosa, y la radio, la TV, los periódicos, el fútbol, la cocina. Es la historia aprendida en las escuelas. Es el fervor popular en los partidos de fútbol. Es un comportamiento: compadrazgos, clientelas. Un arte del “bricolage” social (¿de la improvisación?). La firme creencia, tan peruana, de que todo puede arreglarse, aun si la situación es tensa o dramática. Y concluye con una fórmula que deberíamos retener: “la cultura criolla es la antitragedia”.

Ese “arte de vivir”, según Dollfus, ¿en cuánto viene a mezclarse con “la ética del trabajo y el esfuerzo” que traen consigo los migrantes andinos, según Norma Adams (IEP, 1987)? ¿Quién podría decirlo? Tal vez se produzcan nuevos equilibrios entre choledad y criollidad, como los que descubre Artemón Ospina Salinas en una sociología de la vida cotidiana practicada, incluso al interior de un microbús. “Vivimos en una sociedad que nunca reconoció a sus semejantes como iguales”. ¿Quién, en los eslabones del laberinto peruano, influirá en quién? Me temo que la plebe urbana no esté inmunizada, contrariamente al optimismo de Carlos Franco y de Hernando de Soto.

Como en otros escenarios, los individuos salidos de clases ascendentes pueden adquirir la mentalidad de los dominadores con resultados catastróficamente pequeño-burgueses como en el viejo continente. Yo me fijaría un poco más en ese mundo, todavía potente y seductor, en el tipo ideal del limeño de arriba, capaz de inspirar mecanismos de mímesis social en los adolescentes de barriadas y zonas populares. El nuevo estereotipo del limeño revela la feroz lucha por las ventajas de la modernización en las capas altas y medias, al tiempo que pone en circulación, por desgracia, tipos modélicos, el pendejo, el chucha, el chamullador (Julio Hevia). Resulta innecesario decir quiénes son los mensos o indefensos, los mongos o ingenuos. “Las jerarquías se establecen sobre las habilidades y torpezas”. Manda la ley del mínimo esfuerzo y el compromiso, la última hora, o sea, la impuntual “hora peruana”. 

Pitucos y achorados, pendejos y conchudos, deformaciones gregarias de un estilo que restablece el reparto de amos y de esclavos, invariantes de una conducta del 900 a la fecha. Es cierto que la diferencia entre lo andino y lo occidental tiende a disolverse. Pero me veo, en el estado actual de la información y de la evolución misma de las mentalidades, en la imperiosa obligación de postergar la respuesta a un par de cosas. Por una parte, quién prevalecerá en la formación de identidades nuevas. En segundo lugar, si ese peruano dejará de “coquetear con la impaciencia, de propiciar el descontrol”, como dice lindamente Julio Hevia. No es evidente que se formen en el Perú los empresarios-schumpeterianos necesarios para un mínimo capitalismo. Ni que se imponga la mejor pauta, es decir, la más austera.

¿Vendrá de la diáspora, de las centenas de millares de peruanos que se fueron a vivir al extranjero? ¿Vendrá de la parte más cosmopolita de lo peruano, que casi ya no es criolla, porque sus normas de exigencias, precisamente, las alejan de las pautas todavía picarescas que anteriormente hemos descrito? No por vivir fuera, ni Ribeyro ni Alfredo Bryce perdieron su alma. Ni la docena de pintores y artistas que por el mundo han ido. ¿Habrá un día —como hay creadores— industriales e inventores?

Lo peruano como criollidad tal vez luzca su mejor lado en la guerra que todos libramos, nos guste o no, con las pautas dominantes de una metacultura cada vez más transnacional y mundial. Es de alguna manera, esa curiosidad por lo nuevo, una voluntad barroca que todo lo integra, nuestro contacto proliferante, lo mejor de nosotros mismos, desde don Pablo de Olavide. Una manera de ser de aquí y ser de allá. Criollidad, raíz y vuelo. En el ojo de la tormenta, percepción de la globalidad indefinible del caos mundial. Vehículo de la dimensión inédita que consiste en ser americano sin dejar de asimilar lo universal. Criollización. Desorden creador. Anticipo de la civilización del XXI. Todos criollos, todos mestizos. Universo cimarrón, concluido el antagonismo entre identidad y alteridad que nos ha devorado en este siglo provinciano y feroz. ¡Tiempos nuevos, a la vez del arraigo y la apertura a la globalidad inabarcable del mundo, salud!

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “La esquinada herencia”, pp. 461-464 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018, y editado.

Hugo Neira
19 de octubre del 2026

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