La discusión sobre la Adenda 3 de Majes-Siguas II vuelve a pone...
Dos décadas atrás, cuando el Perú adquiría velocidad crucero en inversiones en cobre y avanzaba a convertirse en el primer productor mundial de este metal clave de la IV Revolución Industrial, de las energías renovables y de la industria eléctrica automotriz, de pronto empezaron a multiplicarse oenegés que desarrollaban narrativas en contra de la minería moderna. Semejantes relatos pretendían señalar que las inversiones mineras eran una amenaza para los recursos hídricos destinados al consumo humano y la agricultura.
Las narrativas y las mentiras fueron eficaces. Detuvieron el ciclo de inversiones mineras. Hoy, cuando las agroexportaciones se consolidan, igualmente han comenzado a surgir oenegés que difunden narrativas en contra de los avances y logros sociales que han generado las inversiones agrarias. Y de alguna manera, están ganando algunas batallas en contra del milagro agroexportador.
Por ejemplo, con el argumento acerca de que las agroexportaciones no crean empleo ni reducen pobreza se ha creado el Bono Especial de Trabajador Agrario (BETA) que, en la práctica, buscó restarle todo tipo de productividad a las empresas agroexportadoras y reducir el ciclo de inversiones y reinversiones. ¿Por qué? El BETA establece que al salario agrario se le debe agregar el 30% de la remuneración mínima vital.
Considerando que las empresas agroexportadoras tienen costos laborales que representan entre el 50% y el 70% de los costos totales, el BETA, que se creó luego de la derogatoria de la Ley de Promoción Agraria (Ley 27360), es un verdadero misil contra el avance y crecimiento de las agroexportaciones. Los más afectados: el 80% de pequeñas empresas que forman parte de las cadenas agroexportadoras que han surgido en el sector.
Ningún sector de la economía del Perú tiene una estructura salarial de este tipo. El objetivo contra el sector agroexportador, pues, es clarísimo. Es evidente entonces que la agenda de las nuevas oenegés que desarrollan propaganda en contra de las inversiones agroexportadoras avanza con firmeza.
En el lustro pasado los sectores a favor de la inversión desarrollaron una incansable batalla para restablecer el régimen promocional tributario (15% en renta) que había sido derogado por el gobierno progresista de Francisco Sagasti. Finalmente se aprobó una nueva ley promocional tributaria sin abordar el asunto laboral. Sin embargo, las oenegés que se multiplican en contra de las inversiones agrarias –financiadas por los competidores del sector, tal como sucedió en minería– hoy sostienen que las agroexportaciones ya han alcanzado madurez porque los envíos al exterior han llegado hasta los US$ 15,000 millones. Y, por lo tanto, el régimen promocional debe ser derogado.
¿Cómo se puede sostener semejante tesis? Hay un desconocimiento de la realidad o mala fe en la argumentación. El milagro agroexportador se desarrolla en 250,000 hectáreas en la costa, sobre todo en tierras ganadas al desierto. Una extensión que representa el 5% del total de la superficie dedicada a la agricultura. Sin embargo, mediante 23 proyectos hídricos, el país tiene la posibilidad de incrementar en un millón de hectáreas más el milagro agroexportador.
Si en las 250,000 hectáreas actuales se invirtieron más de US$ 20,000 millones se necesitaría que la inversión se multiplicara por tres o cuatro veces. Si hoy se crean alrededor de 1.5 millones de empleos entre directos, estaríamos hablando de más de cuatro millones de empleos por lo menos. Sin embargo, ¿cómo se avanza con esa rapidez en esas inversiones?
Hoy se puede sostener que en el Perú ha surgido una burguesía agraria que tiene el conocimiento, la tecnología y el capital para avanzar rápidamente en un nuevo ciclo de inversiones que nos acercaría al desarrollo, por los efectos multiplicadores de las agroexportaciones en el empleo, en la sierra y la selva; e igualmente por los efectos constructivos en el surgimiento de nuevas industrias manufactureras y de servicios, y también por la reforma de la educación, sobre todo en investigación en biotecnologías. Incluso sería posible hablar del surgimiento de ciudades intermedias cercanas a los proyectos agroexportadores, creándose un nuevo proceso de urbanización nacional que posibilitaría transformar la tugurización de la capital.
Cuando estaba en vigencia la ley de Promoción Agraria derogada por Sagasti y el progresismo el ciclo de inversión y reinversión nunca se detuvo, fue un momento en que el derecho creaba capital, riqueza.
Defendamos, pues, el sueño agroexportador de la amenaza oenegera.
















COMENTARIOS